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Toda
campaña electoral supone riesgos. El primero de ellos es el no
arriesgar, pues puede implicar perder la iniciativa, quedarse sin
objetivos y ser prisionero de la estrategia de los contrarios.
Arriesgar es necesario y ello supone la posibilidad de cometer
errores; más bien, errores se van a cometer inevitablemente, lo que
importa es el balance en cantidad y calidad de los errores propios y
de los errores ajenos. A 63 días de las elecciones nacionales se
abre una etapa caracterizada por: prácticamente cerrado el cuadro de
ofertas electorales de nivel nacional (fórmulas presidenciales,
listas senatoriales), definidas las estrategias electorales,
posicionados los actores en la cancha y claro el escenario de la
intención de voto actual (al día de hoy) y de voto futuro (al 31 de
octubre). Etapa que dura unos 33 días y tiene como elemento central
a los propios actores políticos, en los medios de comunicación y en
la comunicación personalizada, a través de las recorridas y actos
por los pueblos y barrios. Luego vendrá la etapa final, de 30 días,
donde se mezclarán los productos publicitarios en medios
electrónicos con la comunicación de los actores políticos, tanto la
masiva como la personalizada.
Lo más significativo en el Partido Colorado es la entrada en la
cancha como primer actor de Julio Ma. Sanguinetti. Por su
trayectoria, por la fuerza de su personalidad, por su eficacia en el
manejo comunicacional, esta entrada desplaza inevitablemente al
segundo plano al propio candidato presidencial, hombre de perfil
bajo que no logró despegar desde que se acordó su candidatura. Entra
a la cancha con el coloradismo en el peor nivel de adhesión de su
historia (apenas un 11%, del cual solo el 9% está firmemente
decidido a votarlo en octubre) y lo hace con ruido. En esencia la
estrategia del ex-presidente repite en parte la seguida al final de
la campaña de 1994, cuando estuvo a punto de perder con el
nacionalismo. Allí practicó un juego a tres bandas: atacó
fuertemente a la izquierda para captarle al Partido Nacional el voto
más a la derecha. No es claro si el objetivo es el mismo. Pero más
allá de la intención, parece que los efectos son los mismos: muy
difícilmente Sanguinetti va a incidir en que un indeciso entre la
izquierda y los partidos tradicionales se vuelque o se deje de
volcar a la izquierda; en cambio puede llegar a incidir en que un
votante potencialmente blanco, de derecha, prefiera el voto a un
coloradismo claramente enfrentado a la izquierda que a una
candidatura blanca cuyo discurso se izquierdiza. No necesariamente
el objetivo lo va a lograr, pero alguna posibilidad tiene. En
relación a la izquierda el riesgo es que la transforme en víctima,
con un discurso que para una gran mayoría del electorado suena como
antiguo, en base a ejes más propios de décadas pasadas que de la
actualidad. Lo más es claro es que es un discurso que tiene un
importante nicho de mercado, que puede estimarse en la tercera parte
del electorado, y ese nicho es muy importante en la correlación
entre el Partido Colorado y el Partido Nacional. En definitiva la
meta colorada es salir del nivel actual y llegar a algo de mayor
importancia, como por ejemplo aspirar a las cinco bancas
senatoriales. Y con ese objetivo la estrategia podría dar
resultados.
En el EP-FA los riesgos están a cada paso. En general desde el 27 de
junio están bastante controlados, pero siempre aparecen focos de
señales diferenciales. Parece que cuando se apaga un fuego nace
otro; es que no solo puede haber los errores propios de un candidato
presidencial o vicepresidencial, sino que no es nada fácil lidiar
con al menos siete grandes corrientes en competencia entre sí. En
las últimas semanas surgen dos señales fuertes. Una desde el
candidato vicepresidencial. Nin Novoa creció como el perfecto número
dos, sin diferenciación con el número uno y como apoyatura plena al
mismo; ahora ha exhibido en dos oportunidades fuertes divergencias:
cuando la designación de Astori primero y con el tema del
endeudamiento agropecuario después, donde ha pesado más la
incorporación a su sector del ruralismo combativo que la adhesión
incondicional a Vázquez. La otra señal sale del intendente de
Montevideo, en lo que no queda claro si es una decisión pensada de
cambio de perfil o algo fuera de libreto. Lo cierto es que se pasa
del Arana moderado y consensualista a este Arana confrontador e
intolerante, al punto de llegar a romper normas protocolares al no
invitar a la inauguración del Teatro Solís a los únicos dos
ex-presidentes de la República vivientes, a varios ministros y a
asignar lugares inadecuados o no invitar a otros dirigentes
políticos no identificados con la izquierda. Y la confrontación de
mayor soronidad se da una vez más en el tema de las patentes. El
intendente arquitecto es un gran amante de la ciudad de Montevideo,
y este amor por la ciudad capital genera un mensaje que muchas veces
es visto desde el interior como anti-interior. Por lo pronto en
ningún manual de campaña está la recomendación de que para ganar una
elección hay que dedicarse a perseguir automovilistas y propietarios
de mascotas.
El tema de las patentes es de esos en que hay razones para todos
lados, porque en el fondo se trata de distribuir un recurso
extremadamente escaso y móvil entre municipios deficitarios. Pero
más allá del controversial fondo del asunto, resulta extraño elegir
este momento (a dos meses de las elecciones) para generar esta
confrontación, que permite al Partido Nacional un contraataque en
regla: posicionar al Frente Amplio como la fuerza montevideana que
no entiende y se opone al interior y posicionar al nacionalismo como
el defensor por excelencia del interior ante el centralismo
montevideano.
Claro que esto también tiene sus riesgos para el Partido Nacional.
Los mismos que tiene el que Larrañaga centre su campaña electoral en
el interior y abandone Montevideo. Lo mismo hizo Volonté en 1994,
cuando en el último mes descuidó la capital y el área metropolitana.
En la capital el Frente Amplio tiene la impresionante adhesión del
60%, nivel que por sí mismo genera una porción de electorado lo
suficientemente volátil como para que su pérdida o ganancia defina
la elección. La recorrida por una sola feria metropolitana permite
el contacto con más gente que tres o cuatro pueblos chicos. El
riesgo del nacionalismo es que por posicionarse demasiado fuerte en
el interior se aleje del país metropolitano, de Montevideo y de su
área metropolitana, y además que no logre captar afuera lo que deja
de captar en la metrópolis.
Cuando una elección se pierde o se gana por algunas decenas de miles
de votos, la jugada correcta y la incorrecta, el hacer algo en el
momento adecuado o dejar de hacerlo, puede ser la diferencia entre
la victoria o la derrota.
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