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El
ex presidente argentino Eduardo Duhalde se encuentra impulsando
varias iniciativas tendientes a promover la renovación de los
elencos políticos, en la Provincia de Buenos Aires y en los cargos
federales. Una es establecer una cuota de candidaturas por edad: que
la mitad de los candidatos deban obligatoriamente contar con menos
de 35 años de edad. La otra es que en ningún cargo electivo se
permitirá más de una reelección, es decir, un tope de dos periodos
en total. “Hay que seguir el ejemplo de España –razona– donde sus
líderes se retiran antes de que los echen”. Según analistas, Duhalde
piensa que hay que cambiar antes de que retorne el “que se vayan
todos”.
La experiencia de los países que cuentan con lo que genéricamente se
denomina democracias pluralistas (más estrictamente, poliarquías),
cuentan con distintas modalidades. A nivel parlamentario predomina
el sistema de la reelección ilimitada de los parlamentarios. Son
pocos los países que establecen límites a este respecto. El pionero
ha sido Costa Rica, que hace medio siglo prohibió la reelección de
los miembros de la Asamblea Legislativa unicameral.
A nivel de jefatura de Estado o de jefatura de Gobierno cuando las
mismas no son electivas predomina, hasta llegar a casi la
unanimidad, el principio de reelección o redesignación indefinida.
Así se ha visto en estos tiempos los 16 años consecutivos de Helmut
Kohl al frente del gobierno alemán federal y los 14 años de Felipe
González en la conducción del gobierno español. La excepción la
constituye José María Aznar, que se impuso un límite de dos
periodos, ocho años en total, al frente del gobierno y a su vez
estableció la simultaneidad en el cese de la Presidencia del
Gobierno y el liderazgo de su partido.
A nivel de jefaturas de Estado electivas hay en principio cinco
categorías principales:
a) Reelección indefinida. Caso Francia, donde Mitterrand llegó hasta
los 14 años (dos periodos de 7 años cada uno)
b) Prohibición de reelección hasta pasados dos periodos de su cese.
Caso Venezuela en la primera reforma de la Constitución de 1958.
c) Prohibición de reelección inmediata pero posibilidad ilimitada de
mandatos, siempre que sean intermediados. Caso Uruguay
d) Posibilidad de reelección inmediata limitada. Caso Argentina (dos
periodos de 4 años cada uno). O Estados Unidos que establece dos
limitaciones: ser elegido como presidente un máximo de 2 veces y
ocupar el cargo como máximo 10 años (es decir, si el vicepresidente
accede a la presidencia dentro de los dos primeros años, solo puede
ser elegido directamente una vez; si accede en los últimos 2 años,
puede ser elegido directamente 2 veces)
e) Prohibición de todo tipo de reelección, que es el viejo modelo
mexicano y el todavía vigente en Colombia.
El tema tiene un ángulo referido al liderazgo del Estado o del
Gobierno, otro ángulo referido al liderazgo del partido y uno
tercero referido a todos los demás cargos públicos, electivos o por
designación. Y además es harto complejo, porque pasa por otro tema
cual es el de la profesionalidad de la actividad política. Si la
política es una actividad transitoria y coyuntural de personas
primordialmente dedicadas a otros menesteres y por consiguiente se
entiende que no requiere habilidades ni formaciones específicas. O
si la política es una actividad que necesita formación y habilidad
específica y por tanto es una actividad para profesionales de la
misma. A lo cual debe agregarse una pregunta o mejor dicho dos
preguntas, uno como reverso de la otra: ¿la renovación es en sí
mismo una virtud? ¿la continuidad de líderes y elencos es en sí
mismo una virtud?
Además, establecer una renovación obligatoria, por imperio
constitucional, plantea otra interrogante: ¿puede obligarse a los
pueblos a no seguir el liderazgo o no poder votar a quienes desean
votar? ¿No puede ello ir en contra de los deseos y sentimientos de
la gente? ¿Hubiese tolerado la gente que Herrera, Batlle, Luis
Batlle o Wilson se hubiesen ido para la casa en el momento de su
apogeo, solamente porque se impone la necesidad de renovar los
cuadros políticos?
En Uruguay se ha generado la idea de una escasa renovación de los
elencos políticos. Sin embargo, los datos respaldan ese imaginario.
Más bien ha habido una muy fuerte renovación quinquenal de los
cuadros políticos en casi todos los partidos. Basta un dato: en este
momento hay solo dos diputados que iniciaron su actuación
parlamentaria en la primera legislatura post-interrupción
institucional. Es alto el porcentaje de gente con entrada y salida
en los cargos políticos, al compás de los cambios políticos que se
operan elección tras elección. Porque no ha sido estable en los
cuatro periodos habidos hasta ahora, y las cifras de las encuestas
auguran una menor estabilidad todavía. En parte porque no han sido
estables los resultados electorales de los partidos, pero mucho
menos los resultados al interior de los partidos, que son los que
determinan la estabilidad o rotación de los elencos.
En cuanto a los liderazgos partidarios, ya fuere de los grandes
sectores o de los lemas, tampoco puede decirse cono norma genérica
que en Uruguay ha sido de una predominancia total la no renovación.
La izquierda procesó un recambio de liderazgo a comienzos de los
años noventa, producto de que el general Liber Seregni fue perdiendo
apoyos políticos hasta quedar casi en solitario y esos apoyos se
trasladaron hacia el nuevo liderazgo de Tabaré Vázquez; es pues un
recambio dentro del proceso político-biológico más natural. En el
Partido Nacional hubo primero el liderazgo de Wilson Ferreira, tras
el vacío generado por su muerte aparece el de Luis Alberto Lacalle,
más tarde hay un co-liderazgo entre este (como referente de la
segunda fracción) y Alberto Volonté (como referente mayoritario), el
retorno al liderazgo pleno de Lacalle, y ahora su sustitución por
Jorge Larrañaga, mediante el normal procedimiento de que en las
urnas uno tuvo casi el doble de votos que el otro. Donde la
renovación no ha operado es en el Partido Colorado. La última
renovación ocurrió a comienzos de los 80, cuando aparece en el
primer plano Julio Ma. Sanguinetti, en un papel confuso de sucesor
de Jorge Batlle, competidor del mismo o vicario suyo; la confusión
se termina a fines de la década, cuando queda claro que uno y otro
compiten entre sí. La renovación que pudo surgir tras la designación
de un candidato presidencial diferente no operó, pues este candidato
no logró proyectarse a un liderazgo; entonces, la renovación
ocurrirá en función del devenir histórico natural; de que los
votantes de esos partidos trasladen su adhesión de los viejos
líderes a alguno que aparezca, o que la inevitabilidad biológica
obligue al recambio.
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