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El
Consejo de Iglesias Cristianas del Uruguay (CICU) ha incursionado de
manera fuerte en la cam- paña electoral y lo ha hecho en
confrontación con los principales actores políticos. El CICU lo
integran la Iglesia Católica y las iglesias protestantes más
tradicionales: Anglicana, Evangélica Luterana, Evangélica Metodista,
Evangélica del Río de la Plata, Evangélica Valdense y Pentecostal
Naciente. Tradicionalmente las diferentes iglesias se han
pronunciado durante las campañas electorales con perfil bajo y con
el objetivo de exponer a sus feligreses las orientaciones a tener en
cuenta a la hora de decidir el voto. Esta vez han salido en forma
conjunta en tono fuerte y de admonición a los actores
político-electorales. El tema central es su llamado "a no hacer del
pobre y de la pobreza objetos de campaña electoral". Paralelamente
hizo un llamado a buscar salidas posibles sin esperar los resultados
electorales, es decir, a buscar esas salidas en no más allá de 50
días, porque ese es el tiempo que resta para que haya resultados
electorales.
Analizar este llamado obliga a contextualizarlo. Contextualizar
obliga a reflexionar sobre la democracia política, las elecciones y
las campañas electorales. Lo que vulgarmente se denomina democracia
política es lo que encuadra en la definición de poliarquía hecha por
el politólogo norteamericano Robert Dahl. Un elemento esencial de la
poliarquía lo constituye la elección de los gobernantes en
elecciones libres y competitivas, mediante la confrontación de
partidos y candidatos, que exponen y contraponen sus principios,
ideas y propuestas, con la finalidad de obtener el apoyo de los
electores, apoyo que se expresa a través de un mecanismo formal
denominado voto. La confrontación de partidos y candidatos, las
respectivas exposiciones y contraposiciones de ideas y propuestas,
se realizan a través de un conjunto de métodos y medios, a lo largo
de un periodo determinado, llamado campaña electoral. La campaña
electoral es pues el periodo en que los actores políticos exponen
sus propuestas con la finalidad de obtener el apoyo de los electores
a fin de intentar llevar a la práctica esas propuestas. La campaña
electoral no es el único (ni quizás el principal) periodo de
captación de voluntades por parte de los actores políticos, sino el
lapso más intenso en el cual se resumen los mensajes comunicados a
lo largo de mucho tiempo. Es que los actores políticos van captando
voluntades en función de los mensajes que emiten día a día, mes a
mes, durante todo el tiempo de gobierno, intermediado por los
tiempos electorales.
Los mensajes de los actores políticos son de diverso tipo: mensajes
racionales, de tipo cartesiano, traducibles en palabras; y mensajes
psicológicos, no necesariamente emocionales, que suponen el
establecimiento de una relación de representación entre el ciudadano
y el político. El ciudadano se adscribe a un grupo político, o sigue
a un líder político, porque siente que ese grupo o ese líder refleja
lo que ese ciudadano siente sobre su relación con la sociedad, sobre
el funcionamiento de la sociedad, sobre el país y el mundo. Hay pues
una cierta comunidad instintiva y profunda de cosmovisiones.
Existe un punto de vista que se puede llamar lego, simplificado, que
cree que una campaña electoral debe ser una discusión académica en
el plano exclusivamente racional sobre planes, programas y hasta
articulados de proyectos de ley. Curiosamente una abrumadora mayoría
de lo que creen eso, serían incapaces de seguir un debate en tales
términos, al menos sobre todos los temas. Los mensajes se exponen
ora en forma académica, ora mediante slogans, ora mediante discursos
emotivos y convocantes. A veces desde un plano intelectual esto no
se entiende, y se llega al extremo de creer por ejemplo que en la
presente campaña electoral faltan propuestas y no se discute de
propuestas. Las propuestas abundan, de todos los partidos, cuesta
seguirlas y analizarlas. Hay de todo, como en botica, algunas muy
elaboradas y sofisticadas, otras elementales, alguna colección de
propuestas poco coherente, otras demasiado coherentes y por tanto
muy rígidas. Pero todas ellas expresan con bastante claridad maneras
de ser y de sentir el país y la gente, de ver la política, la
economía y la sociedad.
Como se dice desde la Grecia antigua, la democracia puede devenir en
demagogia. En toda democracia y en toda campaña electoral hay mayor
o menor dosis de demagogia, en todo actor político hay siempre
alguna cuota de demagogia. Pero no hay que confundir demagogia con
voluntarismo. Demagogia es la acción deliberada de enviar mensajes
con la única intención de obtener los votos y la también manifiesta
intención de no atenerse a dichos mensajes. Otra cosa es
voluntarismo: la creencia de todo dirigente político, que no es
diferente a la creencia de todo dirigente religioso, social,
empresarial o del tipo que fuere, que valora sus propias capacidades
y fuerzas por encima de lo real y de lo posible. Eso no es
demagogia. Tampoco es demagogia la moderación de propuestas a la
hora de acercarse al gobierno, que ocurre siempre y en todo partido.
Eso es pragmatismo. Las propuestas de Lacalle fueron mucho más
radicales que lo que impulsó desde el gobierno, y lo que pudo lograr
– frenos mediante – fue bastante menos de lo que impulsó. Esto que
puede decirse aquí y desde un ángulo libremercadista, cabe decirlo
en otros lados y desde un ángulo opuesto: hay una fuerte distancia
desde el discurso del Felipe González dirigente clandestino y la
acción del Felipe gobernante.
Los pobres y la pobreza componen un conjunto sobre el cual muchos
dirigentes y fuerzas políticas consideran que debe ser priorizado en
el país. Es una postura, y esa postura la trasmiten a la ciudadanía.
Para empezar no se gana ninguna elección y menos un balotaje con el
voto exclusivamente de los pobres. Las iglesias revelan una visión
especial de la campaña electoral, como un gran show donde se juega a
decir cosas para captar los votos, al parecer de gente ingenua y
desprevenida. Es una visión muy extendida, pero no por extendida muy
superficial que no capta los aspectos profundos de la comunicación
entre electores y aspirantes a elegidos. Tan superficial como otra
visión muy en boga hasta no hace mucho, de que las iglesias son
máquinas de engañar a la gente para captar prosélitos. Y la visión
de que la acción social de las iglesias y de otras instituciones,
como la masonería, no tienen otra finalidad que la de dar limosnas
para captar conciencias. Siempre hay que tener mucho cuidado, de
todos y en todo tiempo, con leer sus propias acciones en función de
las intenciones y las acciones de los demás según las intenciones
que a esos demás uno les adjudica. Y también hay que tener mucho
cuidado en creer que hay temas cuyo abordaje es patrimonio de
algunas instituciones y vedado a otras. |