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La
reforma constitucional de 1996-97 introdujo cambios sustantivos en
el sistema electoral y en el sistema de partidos. Uno de ellos tuvo
que ver con lo que simplificadamente se llama la introducción del
balotaje. En realidad, la sustitución del principio de mayoría
relativa por el de mayoría absoluta invariable para la elección de
presidente y vicepresidente de la República. Desde el punto de vista
técnico, se elige un partido con una lista binominal de candidatos
en bloque, para dos cargos: presidente y vicepresidente. En la
elección nacional, la del 31 de octubre, el principio de decisión es
la mayoría absoluta expresada sobre el total de votantes; de no
cumplirse el requisito, se realiza una segunda vuelta (28 de
noviembre) entre los dos partidos más votados (con su respectiva
lista binominal), lo que determina que inexorablemente se cumpla el
principio de mayoría absoluta, siempre que se exprese sobre el total
de votos válidos (la excepción, que no tiene salida, es que haya un
empate). Este sistema ha pasado a ser conocido como el sistema de
balotaje francés, dada la popularidad que le otorgó su implantación
en la constitución francesa de la Quinta República.
Desde el punto de los efectos, muchos politólogos norteamericanos
sostienen que el sistema a doble vuelta conlleva a la fragmentación
del sistema de partidos, es decir, al aumento del número de
partidos. Esta tesis está en controversia. Pero tanto los argumentos
a favor como en contra se centran en estudios empíricos de series
estadísticas, sin que pueda determinarse cuánto influye en sí el
sistema y cuánto influyen otra variables socio-político-culturales.
Pero lo que resulta claro, aunque tomando la conclusión con pinzas,
es que el sistema de mayoría relativa tendencialmente es más
reductor del número de partidos que el sistema a dos vueltas, o más
concentrador del electorado. La razón: que en el sistema de mayoría
relativa la decisión se produce en el único turno electoral,
mientras que en el sistema a dos vueltas permite al elector dividir
su voto entre una primera y una segunda instancia. En otras
palabras, en el sistema a único turno los partidos terceros, cuartos
y demás pueden sentir la presión de una polarización entre los dos
primeros, polarización que los asfixie y conduzca a la pérdida de
espacios. En el sistema a dos vueltas, no hay razón alguna para que
se produzca polarización entre los dos primeros candidatos o los dos
primeros partidos, dado que siempre hay una segunda instancia para
expresar esa polaridad. En criollo y en el presente: en sistema de
mayoría relativa, con estos actores y estos guarismos que presentan
las encuestas, sería inevitable la polarización entre Vázquez y
Larrañaga, pues la única forma de impedir el triunfo de Vázquez
sería el voto a Larrañaga; en términos partidizados, lo inevitable
sería la polarización entre el EP-FA y el Partido Nacional, pues la
única forma de impedir el triunfo de la izquierda sería si fuese
superada por el nacionalismo. En cambio, el sistema a dos vueltas
impediría la polarización, dado que o el EP-FA y Vázquez triunfan
por sí solos, porque captaron más de la mitad del total del
electorado, o la izquierda y su candidato van al balotaje, y recién
allí, en esta segunda vuelta, ocurriría la polarización.
¿Qué es lo que ha ocurrido? Ha ocurrido como si el sistema fuese de
mayoría relativa. Se ha instalado una lógica de balotaje anticipado,
donde se vota a Vázquez o se vota a Larrañaga para impedir el
triunfo de Vázquez. Naturalmente que esta dicotomía es funcional al
Partido Nacional. Mientras haya una lógica de balotaje adelantado,
el nacionalismo se beneficia en bancas parlamentarias por dos vías:
por los que quieren dar su adhesión al Partido Nacional y por
quienes primordialmente se quieren oponer a Vázquez.
Con estos guarismos, es decir, sin ninguna duda en cuanto a qué
partido y candidato va a resultar primero, cuál segundo y cuál
tercero, la verdadera dicotomía del 31 de octubre es o resulta
elegido Vázquez o hay balotaje. En términos del Sacro Colegio de
Cardenales uno diría que hay fumata bianca (“habemus presidente”) o
fumata nera (“habemus balotaje”) (con el perdón de la mezcolanza de
italiano, latín y español). El Encuentro Progresista-Frente Amplio
para lograr la fumata bianca necesita captar al menos medio voto o
un voto por encima de la mitad del total de votantes; y ello depende
de sí mismo. Para la fumata nera basta que el Encuentro
Progresista-Frente Amplio no obtenga un número de votos que supere
la mitad del total de votantes, es decir, que los votos que no son
para el EP-FA sea exactamente iguales o sean más que los votos a
favor del EP-FA. De donde, para votar por el balotaje, es
indiferente si ese voto va para el segundo, el tercero, el cuarto,
más abajo o para ninguno. Es indistinto el voto al Partido Nacional,
al Partido Colorado, al Partido Independiente, a los partidos
menores (Intransigente, Unión Cívica, Liberal, de los Trabajadores),
si el voto es en blanco o también si el voto tiene un contenido que
resulte nulo; todos ellos, sin excepción, son votos positivos a
favor del balotaje y por ende en contra del EP-FA y de Vázquez...
Esto, que es la lógica pura del sistema, no es la lógica dominante
en el electorado y es mortal para colorados, independientes y demás.
Hay una lectura dominante cuando la gente razona en términos de
determinada lógica. Que la lectura dominante de la lógica del
sistema sea la dicotomía Vázquez-Larrañaga, es una formidable
ganancia estratégica para el Partido Nacional. Y en parte es la
causa de la asfixia que sienten los demás. En lo que es una lucha
por posiciones parlamentarias, le va la vida a todos los partidos
que no sean la izquierda y los blancos, en convencer a la gente de
cuál es el escenario y cuál es la lógica del sistema electoral de
mayoría absoluta invariable, o de sistema a dos vueltas, o de
balotaje.
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