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El
ciclo electoral 2004 produjo cambios importantes entre los partidos
y al interior de los partidos. Uno de ellos es el retorno al
bipartidismo (entendido como que el Número Efectivo de Partidos sea
apenas superior a 2.0), que podrá ser transitorio o definitivo, pero
que deja para los próximos 5 años una arquitectura bipartidista.
Otro es el papel de mayoría absoluta del Encuentro
Progresista-Frente Amplio, la calidad de segundo partido del Partido
Nacional y la ubicación del Partido Colorado como partido auxiliar
del sistema, como el mayor de los partidos menores. Un tercer cambio
es la nueva correlación de bloques y de sectores al interior de la
nueva mayoría política. Y un cuarto significativo es el recambio de
elencos, de sectores y de correlación de fuerzas al interior de la
colectividad blanca. De los tres pilares de la nueva arquitectura
blanca, la Corriente Wilsonista aparece sólida y consolidada tras el
liderazgo de Francisco Gallinal: dos 2 senadores, 8 diputados y al
momento 5 intendencias. El herrerismo obtuvo un resultado neutro,
porcentualmente inferior al del 27 de junio, logrando los 3
senadores apetecidos, pero con solamente 7 diputados; y a la vista,
una fuerte disputa por el liderazgo entre Luis Alberto Lacalle de un
lado y los senadores electos del otro (Heber, Chiruchi, Penadés).
El larrañaguismo merece un capítulo especial. Como grupo político,
está en fase de construcción. Casi ninguno de los legisladores
electos eran adherentes directos de Larrañaga cinco años atrás. Los
más antiguos dieron su apoyo entre el 2000 y el 2002, y la gran
mayoría se sumó dentro del último año, particularmente entre fines
de 2003 y marzo del corriente. El liderazgo de Jorge Larrañaga
también está en construcción, porque hasta ahora lo que ha sido es
un candidato exitoso; viene la difícil tarea de transformar una
candidatura en liderazgo, que son cosas esencialmente diferentes. La
candidatura de Larrañaga se construyó en etapas:
Uno - Primero como soporte de la corriente acéfala y golpeada que
respaldó la pre-candidatura presidencial de Ramírez en abril de 1999
Dos - Tras el fin del pasado ciclo electoral, se posicionó
rápidamente en la Encuesta Nacional Factum como la segunda figura
del nacionalismo, distanciada del primero (Lacalle) pero también
distanciada de todos sus posibles competidores. El mantener
indisputada esta posición a todo lo largo del 2000, 2001, 2002 y
2003, lo dejó en inmejorables condiciones para el lanzamiento. Las
encuestas jugaron un rol fundamental en la construcción de su
candidatura
Tres – Paralelo a ese posicionamiento de opinión pública, rastrilló
el país de manera sostenida, con lo que fue captando las dirigencias
inferiores y medias de todo el no-herrerismo
Cuatro – Con ambos elementos, posicionamiento en la opinión y en los
caudillos, se presentó como el único en condiciones de disputar la
candidatura a Lacalle y el único en condición de ganarle. Y el
efecto acumulativo generó la imagen que inclusive podría disputarle
la Presidencia a Vázquez. Así logró que en marzo cayeran en su favor
todas las fichas del dominó: desaparecieron todas las demás pre-candidaturas
no herreristas, y todos los desistimientos fueron en su favor.
El método elegido fue el trabajo permanente hacia abajo y hacia la
opinión pública, y sobre todo el posicionarse como un ganador. Jamás
dejó margen de dudas sobre su capacidad ganadora, ni aún cuando la
realidad indicaba otra cosa. Y en general este método funcionó. Fue
el método de un gran apostador.
Ahora viene otra etapa. Su liderazgo y candidatura tiene de afuera
la competencia tanto del herrerismo (si zanja temprano la disputa
por la conducción) y de Correntada Wilsonista, cuyo líder tiene la
característica de esperar sin apresurarse, a ver si la fruta madura
o no madura. Pero también tiene de adentro el desafío de consolidar
un sector, de transformar en hombres suyos a este conjunto de
personas que adhirieron casi a último momento, y en donde hay
dirigentes que han pretendido la candidatura presidencial y se
sienten con capacidad para ello, para la candidatura y para el
cargo.
Jorge Batlle construyó un liderazgo de tipo profético. Sus
seguidores fueron tales no porque creyeran en sus virtudes
ganadoras, sino en su visión de país; siguieron a un profeta, y por
eso lo pudieron seguir en los duros años de la travesía del
desierto. A Jorge Larrañaga se le ha seguido hasta ahora por su
capacidad de obtener votos, por su condición ganadora. Y eso sirve
para una candidatura pero es insuficiente para un liderazgo.
Construir el liderazgo significa ejercer la conducción política.
Ello supone por un lado conducir la oposición, posicionarse en
relación al gobierno en una actitud constructiva pero no obsecuente,
dirigir sus propias huestes, apoyar a su gente, evitar rebeldías y
sobre todo construir un camino, un perfil. Va a tener en contra de
un lado al gobierno y del otro a un Partido Colorado necesitado de
recrearse y reperfilarse.
Hay muchos aspectos en común y algunas diferencias entre Vázquez y
Larrañaga. Ambos nacieron como candidatos y luego tuvieron el
desafío de construir un liderazgo. Vázquez en la construcción del
liderazgo gastó una década: el primer lustro fue esencialmente
intendente de Montevideo y candidato presidencial mientras el
liderazgo estuvo en las manos del general Seregni; en el segundo
lustro tuvo entradas y salidas, presencias y ausencias, renuncias y
licencias sucesivas, y solo tuvo continuidad en el año en que volvió
a la candidatura presidencial. Su liderazgo verdaderamente lo
comenzó a ejercer hace menos de 5 años, apenas pasado el balotaje.
Larrañaga no viene de afuera de la política, sino del nivel
departamental. Y su primer lustro lo pasó no en la construcción de
un liderazgo sino de una candidatura. Ahora, gastando 5 años menos
que Vázquez, tiene el desafío de construir el liderazgo. Y al igual
que Vázquez, la construcción debe hacerla desde la conducción de la
oposición.
Pero a diferencia de Vázquez debe reperfilar su partido. Porque el
Partido Nacional ha tenido importantes oscilaciones ideológicas a lo
largo de las últimas décadas. Y el último viraje que dio Larrañaga
lo superpuso con las propuestas del gobierno electo. Entonces, o
mantiene este rumbo y busca diferenciarse en los métodos y los
resultados (y de ello dependerán los éxitos y fracasos del próximo
gobierno), o se diferencia por los postulados, y esta diferencia es
por los caminos programáticos o por algo más profundo, como son los
valores y las visiones del mundo y la sociedad. Hay pues desafíos de
fondo, de forma y de tiempos los que tiene por delante Jorge
Larrañaga como presidente del partido, y el Partido Nacional como un
conjunto
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