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Desde
el punto de vista de la arquitectura política, el Encuentro
Progresista-Frente Amplio como partido de gobierno presenta algunas
diferencias significativas con ambos partidos tradi- cionales. Las
diferencias fundamentales son:
Uno. Tabaré Vázquez es el líder de toda la organización política y a
su vez no es líder particularizado de ninguno de los sectores o
bloques componentes. En ambos partidos tradicionales el presidente
de la República ha sido siempre el líder de la fracción mayor, pero
no el líder de todo el partido. Aunque formalmente Vázquez es
miembro del Comité Central del Partido Socialista y el PS se
presenta como “el grupo de Tabaré”, en realidad ni el presidente
electo consulta en particular a “su partido”, ni éste sigue en forma
total e incondicional al líder, al menos en la forma en que lo hace
el Foro respecto a Sanguinetti o La 15 en relación a Batlle.
Dos. Hay en el EP-FA dos niveles claros de liderazgo, el liderazgo
común a la fuerza política y el liderazgo particularizado o la
conducción particularizada de cada sector, fracción o bloque. Esto a
su vez presenta un serio problema a la hora de cuantificar pesos y
apoyos. En el Partido Nacional no hay duda alguna que si Alianza
Nacional (es decir, la lista al Senado encabezada por
Larrañaga-Abreu-Da Rosa) obtuvo el 54% de los votos del lema, ese es
el peso específico del liderazgo de Larrañaga, mientras que el de
Gallinal es del 17% y el del herrerismo del 29%. En el EP-FA la cosa
es más complicada, porque la suma de los votos de todos las
fracciones, y por ende la suma de votos de todos los liderazgos
fraccionales es igual al total del EP-FA; de donde queda cero voto
para computar a Tabaré Vázquez, casi casi ni el suyo propio es
computable para sí. Como esto no es de realismo político viene un
problema serio: cuánto de la votación de cada sector es atribuible
al mismo y cuánto al líder de todos. No es un dilema nuevo, ya lo
padeció y con creces Liber Seregni, particularmente en su
enfrentamiento con Batalla y La 99, allá por entre fines de 1984 y
comienzos de 1989. Entonces, no hay reglas claras para contar.
Tres. La izquierda mantuvo siempre su condena al reparto matemático
de cargos y en cierto modo eludió ese criterio en sus tres
administraciones municipales de Montevideo. Opuso el criterio de
designar a la gente más capaz para cada función. En realidad es una
falsa oposición. Primero, porque se puede hacer un reparto
matemático y además elegir a los más capaces. En segundo lugar
porque es discutible que siempre y para todos los cargos el Frente
Amplio haya designado a los más capaces para cada una de todas las
funciones. En tercer lugar porque es asaz difícil establecer cuál es
el más capaz para un cargo que tiene aristas políticas, aristas
técnicas y aristas de administración y gestión. En cuarto lugar
porque el criterio de la izquierda fue y se ha reiterado que debe
ser: designar para cada cargo a la persona más capaz, siempre que
sea de izquierda; es decir, hay un a priori, que es pertenecer a la
izquierda y recién luego viene el juego de los talentos y las
virtudes. Lo cierto es que el reparto matemático frío, o al menos el
reparto compensado con elementos cualitativos, es lo aplicado urbi
et orbi, desde que el poder es un poder complejo, como quien dice al
menos desde la Roma antigua, ya sea en base a números electorales,
al peso de las elites o a la capacidad de fuego de las tropas de
cada quien. Cuando se elimina el reparto matemático o
matemático-cualitativo, aparecen los reclamos de quienes se sienten
sub-representados contra los que son acusados de
sobre-representación; juego que parte a su vez de una premisa falsa:
si no hay criterio matemático de base, no puede haber sub, sobre ni
equa representación. Entonces, no hay reglas para repartir,
distribuir, nombrar o adjudicar.
Como se ve, el tema es harto complejo, pues la izquierda llega al
gobierno sin haber resuelto a priori temas esenciales al manejo del
poder, sin tener claras a qué reglas hay que atenerse. Pavada lo que
falta. Pero no es todo. A ello hay que agregar la compleja
personalidad de Tabaré Vázquez. Es un hombre que no gusta de las
reuniones colectivas, ni cultiva demasiado el diálogo, ni tiene
afecto por los debates o los intercambios de ideas. Que en lo
sustancial decide por sí y muchas veces sin consulta. En el plano
político es un ermitaño. Que siente además el tamaño de su poder,
tiene vocación por el mismo y un fuerte sentido de autoridad. Hasta
ahora ha sabido imponer su autoridad siempre, desde que ha disputado
el mando en la Intendencia hacia dentro, el mando de la Intendencia
en relación al liderazgo del Frente Amplio (en manos de Seregni), el
liderazgo de la izquierda en oposición a Seregni, el liderazgo de la
izquierda en relación a grupos, sectores, líderes fraccionales y a
prácticas y reglas harto colectivas. Y cuando no ha logrado la
aplicación pacífica de la autoridad, recurrió a cortar el nudo
gordiano: lisa y llanamente se fue, con renuncia o con licencia sine
die, pero dejó a los demás con sus cuitas y reyertas. Así de
sencillo.
Pero el estilo de Vázquez tiene un problema y una limitación.
Funciona sin problemas cuando hay una aceptación tácita a su
autoridad y su estilo. Y cuando hay esa aceptación tácita, ese
ermitaño se transforma en un hombre que oye los consejos (sin dar
señales de haberlos oído) y los aplica (para sorpresa de los
consejeros, que creyeron haber hablado en vano). Este juego
complicado funciona cuando nadie se sale del juego. Y ahora, para
sorpresa de casi todos, analistas incluidos, la transición perfecta
dejó de serla en lo interno y en lo externo (que la forma en que
Batlle complica la transición es tema de otro análisis). En lo
interno aparecieron rechines que ponen a Vázquez en el dilema de
disminuir su autoridad o ejercerla a rajatabla. Si hace esto último
gana, como ha ganado siempre. Pero hay una ley ineluctable: cuando
alguien debe imponer su autoridad una y otra vez por el peso
exclusivo de esa autoridad, erosiona su poder, hasta que un día ya
no tiene qué imponer. Como esa ley no tiene excepciones, los que
conocen el poder saben que si hay un juego de desgaste, deben
cortarlo antes de que el desgaste ocurra. Y más temprano que tarde
el presidente electo, como electo o como titular del cargo, deberá
cortar por lo sano, o su gobierno será menos fluido y más complicado
de todo lo esperado por propios, adversarios y espectadores. |