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Hace
veinte años cambió el modelo universitario uruguayo: se pasó de una
única institución monopólica estatal a la pluralidad de
instituciones de nivel universitario. La curiosidad del sistema
anterior radicaba en que mientras no había monopolio público en la
enseñanza escolar y media, sí lo había en el nivel superior. Este
modelo surgió de la práctica y no de una decisión expresa del Estado
y sin embargo se teorizó en cuanto a la existencia de una especie de
monopolio natural del Estado en materia universitaria.
En realidad se planteó como un axioma ese monopolio natural, sin que
hubiese un razonamiento lógico exhaustivo. Porque una tesis es la
libertad de elección de la enseñanza (libertad de los padres para la
educación de sus hijos, libertad de los adultos para elegir su
propia educación). Otra tesis es que la educación debe seguir
parámetros trazados desde el Estado para garantizar una real o
presunta neutralidad, que es a lo que se denomina laicismo. La tesis
de hecho vigente en el Uruguay anterior fue mixta: a los padres de
los menores se reconoce el derecho a elegir libremente la educación
de sus hijos (además, consagrada en la Constitución), pero ese
derecho no regía para los adultos, al menos para los adultos cuya
educación corresponde a lo normal a su edad, que es la educación
superior, pues esa solo se la debería brindar el Estado. Realmente
nunca se escribió esa tesis, cuáles son los fundamentos y sobretodo
cuál es su lógica, que los padres tengan más derechos sobre los
menores que los derechos de los adultos sobre sí mismos.
Como fuere en filas de las dirigencias y militancias universitarias
se partió de un derecho natural a la existencia en Uruguay de una
única universidad estatal monopólica. Y se vio la pluralidad
universitaria como un designio neoliberal, antinacional y
antipopular. Con el tiempo las cosas fueron cambiando y la
pluralidad universitaria ganó aceptación en la izquierda. El actual
presidente de la República (primero como candidato, luego como
primer mandatario) hizo un llamado al fortalecimiento y colaboración
de la educación y la investigación universitarias, de la pública y
las privadas, a la necesidad de una interacción entre todas ellas.
El reciente documento del Ministerio de Educación y Cultura
“Desafíos de la educación uruguaya”, resalta que el sistema
universitario privado “ha definido e implementado distintos perfiles
académicos y profesionales, consolidando la tendencia a la
diversificación del sistema de educación superior en el país”,
Esta pluralidad defendida e impulsada desde el gobierno, los
anteriores pero significativamente el actual, no encuentra consenso
en la institución universitaria oficial, donde hay áreas de fuerte
resistencia a aceptar la mera existencia de las instituciones
privadas en el Uruguay. Se observan conductas de un extremo al otro.
De un lado hay varias reparticiones como la Facultad de Ciencias
Sociales (una de las que está en esta posición, pero no la única)
donde conviven armónicamente docentes e investigadores exclusivos de
la Universidad de la República, con otros con actividad en la
pública y en la Universidad Católica o en el Instituto Universitario
Claeh, y hasta con actividades directivas en la órbita universitaria
privada. La convivencia llega al punto de la realización de algunas
actividades comunes, o la difusión por los servicios universitarios
públicos de las actividades de instituciones privadas.
En el otro extremo hay varias reparticiones en pie de guerra, en
abierta persecución a la existencia de instituciones y carreras
privadas que les resulten competitivas. Lo más paradigmático sin
duda es la Facultad de Medicina y en particular su Escuela
Universitaria de Tecnología Médica, donde se instaura un clima
actitudinalmente fascista, maccarthysta o stalinista (a gusto de
cada quien), sin el menor reparo en la caída de la calidad docente
pública, en salvaguardia de lo que sería una especie de pureza
ideológica. Las carreras e instituciones privadas son habilitadas
por el Poder Ejecutivo previo asesoramiento de un Consejo de
Educación Terciaria Privada, donde la Universidad de la República
cuenta con 3 miembros en 8 y hoy ocupa la presidencia. La
persecución alcanza inclusive a quienes ocupan cargos en
instituciones habilitadas por este gobierno y con el voto favorable
de la propia Universidad de la República. Lo curioso es que ese
combate a la enseñanza privada en el país, no tiene correlato
externo: porque sus directivos hacen convenios con universidades
privadas extranjeras (laicas y religiosas), asisten a cursos y
conferencias dictadas por las mismas y aceptan pagos de las mismas
(al menos de pasajes y estadía).
La persecución tiene un tanto de ideológica, pero también es la
defensa de espacios de poder en las respectivas disciplinas. Algo
común a situaciones actitudinalmente fascistas es que las razones
ideológicas sirven para vestir intereses personales o grupales, de
pequeños grupos y de personas pequeñas que solo satisfacen su
necesidad de importancia a través de detentar posiciones
burocráticas. Es normal que en ambientes fascistizantes,
maccarthystas o stalinistas, se instaure el reino de la mediocridad.
Si las persecuciones pueden ser graves para la libertad de
enseñanza, el reino de la mediocridad es más grave aún para la
calidad universitaria.
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