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El
quinto año del tercer milenio se abrió en medio de melifluas
relaciones entre gobierno y oposición, en una danza amorosa entre el
presidente Tabaré Vázquez, su oponente Jorge Larrañaga y su
antecesor mediato Julio Ma. Sanguinetti. El año se cierra con lo que
apunta a nuevas melifluas relaciones gobierno-oposición, con el
apretón de manos y las sonrisas cruzadas entre el presidente Vázquez
y su antecesor más mediato Luis Alberto Lacalle. Quien desde un
lejano país viese esas dos fotos, creería que 2005 fue un año de
relaciones casi incestuosas en el sistema político, visión
corroborada por la noticia de que la Cámara de Representantes aprobó
por unanimidad el Tratado de Inversiones con los Estados Unidos de
América. Ver solo el principio y el final de la película es
peligroso, porque se pueden sacar consecuencias equivocadas, porque
a poco de andar, entre el 15 de febrero y los primeros días de
marzo, dos sucesivos cortocircuitos provocados por la misma falla
eléctrica, generaron un distanciamiento entre ambos lados del
mostrador político.
Vale la pena resumir las etapas. Uno, durante los últimos tres
gobiernos de partidos tradicionales, la izquierda fue
sistemáticamente marginada de toda participación administrativa.
Dos, el gobierno electo –pese a esos antecedentes– resuelve ofrecer
al Partido Nacional participación en el gabinete y en la
administración, y a los partidos Colorado e Independiente ofreció
participación en la administración. Tres, a mediados de febrero los
cuatro partidos formalizaron acuerdos programáticos en materia de
política exterior, política económica y política educativa. Cuatro,
en el ínterin el Partido Colorado hizo saber que su interés
exclusivo era su participación con un cargo en el Consejo Directivo
Central de la enseñanza pública general (ANEP). Cinco, a los pocos
días de la firma de los acuerdos, el gobierno electo anuncia que el
Partido Colorado no será incluido en ANEP, lo que determina la
ruptura con el mismo. Seis, en los 15 días finales de la transición
el vicepresidente de la República acuerda con el Partido Nacional la
participación de éste en la administración autónoma y
descentralizada (que incluye 2 de los 5 directores del Banco de la
República). Siete, el Partido Nacional remite su nómina de
candidatos. Ocho, apenas instalado, el gobierno electo anuncia que
designará de su seno a 4 de los 5 directores del BROU y reduce la
participación del Partido Nacional de 2 a 1, lo que determina el
retiro del nacionalismo de la participación autónoma. Octavo, se
abren instancias de negociación; cuando las mismas no habían
concluido, el presidente de la República fija un plazo perentorio (2
de mayo) para que el Partido Nacional acepte o se excluya, ante lo
cual el nacionalismo se excluye definitivamente.
Todo indica algunas cosas. En primer lugar que el gobierno electo,
pese a tener toda la legitimidad para gobernar por sí sin tentar
acuerdo alguno con quienes lo excluyeron por tres lustros, optó por
la búsqueda de gobernabilidad, seguramente inspirado en que la
sociedad uruguaya premia la consensualidad y penaliza la
confrontación; Vázquez necesita tener un espacio de negociación,
apertura y apoyos externos que le faciliten el dominio interno
(principalmente en el área económica y de política exterior);
fortalecer al país hacia el exterior al presentar un gobierno de
izquierda respaldado y en diálogo con todo el sistema político. En
segundo lugar, que parecería que la ruptura de la incipiente
gobernabilidad fue más bien producto de una sucesión de torpezas,
malentendidos y decisiones aisladas de responsable de áreas
específicas. En tercer término, que pese a ello al ya presidente
Vázquez y al oficialismo le sedujeron gobernar sin necesidad de
diálogo o entendimiento con la oposición, actitud acorde al periodo
de omnipotencia y embriaguez que afecta a buenas parte de los
gobernantes (al menos de esta comarca) en los primeros días, semanas
o meses de gobierno.
De entonces a acá hubo un gobierno de imposición de la mayoría y
(como dicen los jóvenes) “ninguneo” de la minoría. Una breve
interrupción fue la especial visita presidencial al despacho del
líder de la oposición. Entonces el senador Larrañaga recibió al
presidente con figuras máximas de los tres sectores nacionalistas.
Allí el presidente hizo un conjunto de planteos que luego no
tuvieron consecuencia alguna y promovió, como comienzo del
entendimiento, integrar la Corte Electoral y el Tribunal de Cuentas,
los dos únicos organismos cuya renovación se espera en cada cambio
de gobierno y que necesita imperiosamente el acuerdo de buena parte
de la oposición. Los blancos interpretaron la visita como una jugada
simple del presidente quien habría creído que con su seducción y la
zanahoria de gobernabilidad podía cortar el nudo gordiano de la no
integración de la Corte y el Tribunal. Este juego de zalamerías y
zanahorias le sirvió mucho a Vázquez en la interna. Pero la externa
es difícil, porque allí no están deslumbrados con su carisma, no lo
necesitan para si mismos y además son viejos zorros. El Partido
Nacional no mordió el anzuelo de entregar a cambio de zanahorias la
única prenda de negociación que por ahora les queda.
¿Por qué esta nueva mano a la oposición? Hay varias interpretaciones
posibles y no excluyentes. Una es el dar una señal hacia adentro,
porque invocar la necesidad de respaldo a la figura presidencial y
apelar por dos veces consecutivas al mandato imperativo, tienen sus
límites, desgastan y terminan siendo fungibles; el presidente puede
buscar dar la señal que si adentro le siguen incomodando el juego,
los votos que le falten los puede encontrar afuera. Otra señal es
abrir una etapa menos excluyente y más inclusiva de la oposición, lo
que requiere un cambio muy fuerte de actitud no solo del presidente
sino de varios ministros. La forma de despejar esta incógniota con
que se abre el 2006 será determinante de lo que en el terreno
política ocurra en el año.
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