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Había
un profesor cuyo nombre no viene a la memoria, que cuando se hablaba
de impuestos finalistas y otros fiscalistas, decía: todos los
impuestos son finalistas y su finalidad es recaudar.
Los impuestos no se ponen con la exclusiva y primordial finalidad de
cumplir otros objetivos diferentes al objetivo sustancial de
recaudar, de obtener dinero para las arcas fiscales. Lo que
diferencia una concepción política de otra son dos cosas: una es el
cómo se utilizan esos recursos obtenidos y el segundo es quién paga,
cómo paga y por qué paga.
En principio no hay políticas tributarias correctas o políticas
incorrectas, sino políticas que provocan efectos más fuertes para
unos que para otros, o políticas más fuertes para los otros y más
leves para los unos.
Por supuesto que hay cosas correctas y otras incorrectas: hay textos
legibles y otros ilegibles, claros y confusos, hay fórmulas de
cálculo matemáticamente correctas y otras matemáticamente
incorrectas, hay impuestos de fácil recaudación y otros de difícil
recaudación, hay tributos de bajo costo de recaudación y
fiscalización y hay otros cuyo costo es superior a la recaudación.
Las políticas tributarias pueden medirse de diferente manera.
Una de ellas es mediante el cálculo de cuánto es el pago que en el
correr del año realiza cada individuo, cada pareja o cada núcleo
familiar.
Y luego comparar ese pago con diferentes elementos. Se puede
establecer el ratio en función del ingreso del individuo, o en
función del ingreso de la pareja, o en función del ingreso del
núcleo familiar (que son tres cosas diferentes); se puede establecer
el ratio en función de las obligaciones de cada individuo o núcleo
familiar en cuanto a cantidad de personas a su cargo; se puede medir
según la composición del hogar; se puede establecer el ratio en
relación a la calificación de las personas, al tiempo que dedican al
trabajo, al capital que invierten.
Hay muchas formas de buscar efectos.
No hay políticas tributarias neutras, porque siempre alguien va a
pagar más o va a pagar menos en función de algo. A lo sumo será
neutro en función de una variable determinada.
Por ejemplo, que todos paguen exactamente la misma tasa por todos
los bienes y servicios que consuman o que ahorren.
Pero lo que para unos será neutro para otros no lo será, porque para
unos esa tasa pesará demasiado sobre el presupuesto básico familiar
y para otros será pecata minuta.
Lo interesante es admitir que toda política tributaria provoca
efectos. Y el cambio de política tributaria es un cambio de efectos.
No para saber si el cambio es bueno o si es malo, porque será bueno
para unos y malo para otros.Lo que vale la pena determinar, y eso es
técnicamente posible con neutralidad científica, es establecer un
conjunto de mediciones y de allí extraer un conjunto de conclusiones
cuantitativas.
Cuánto se habla de pago de tributos, vale la pena considerar todos,
no solamente algunos, porque para el bolsillo de cada uno poco
importa el nombre del tributo ni su destino.
Así cabe sumar: los impuestos a la renta o al ingreso (ya existentes
o por existir), los impuestos al consumo como se llamen (IVA, Imesi,
Cofis), los tributos de aduana (aranceles incluidos), los montepíos
y otros aportes a la seguridad social, DISSE, los impuestos y
contribuciones municipales (Contribución Inmobiliaria, Patente de
Rodados, tasas por servicios reales o presuntos, con
contraprestación equivalente real o presunta), el Impuesto de
Primaria, el IMABA, los timbres y sellos de varias veces centenaria
existencia, y ainda mais.
Los tributos que un individuo o un hogar pagan deben ser todos ellos
sumados.
La reforma tributaria que va a impactar sobre los uruguayos no es
una sino al menos dos y posiblemente tres: la llamada reforma
tributaria (que comprende los tributos que recauda la DGI más
algunos de seguridad social), la segunda reforma tributaria (que
comprendería los tributos destinados a contraprestaciones de salud)
y como terceras las reformas o retoques que cada intendencia
municipal hace varias veces al año.
No está demás que alguien cuantifique y difunda masivamente los
resultados, sobre los impuestos que pagan distintas categorías de
individuos.
Y además cuánto va a pagar con cada una de las reformas, o con el
conjunto de las mismas.
Sin que pretenda ser un inventario, importa saber cuánto crece o
decrece el peso tributario de: individuos y de hogares, en función
de la composición de los hogares: individuales, monoparentales,
biparentales, simples, extendidos, con un hijo o persona a cargo,
con dos, con tres, con más de tres.
Clasificar los individuos y hogares según renta del salario, de la
actividad informal, de la actividad formal independiente, de la
actividad empresaria micro, pequeña, mediana y grande, de la
actividad profesional, de la renta inmobiliaria, de la renta
financiera, de otras rentas.
Y también clasificar los individuos y hogares según niveles de
renta, al menos en cuatro o cinco grandes escalones.
Así y solo así se podrá discutir en serio sobre los efectos de la
reforma tributaria, sobre su justicia o equidad, porque no cabe duda
que los cambios van a impactar a casi todos, en grado mayor o en
grado insignificante, para bien (pagar menos) o para mal (pagar
más).
Solo así se podrá ver el impacto de las reformas tributarias, de
todas. Y sería deseable que desde el punto de vista tributario se
discutiese sobre todas las reformas a la vez, pues de nada sirve
debatir sobre la reforma tributaria a secas (la que anuncia Astori)
sino sobre la reforma tributaria completa (es decir, con el otro
impuesto a la renta, el que por ahí diseña Olesker).
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