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En
los últimos dos meses se ha producido un importante cambio en el
espíritu de la sociedad uruguaya en relación al lugar del país en el
mundo, a su inserción internacional. No toda la sociedad tiene la
misma visión sobre la relación entre el país y lo que hay
extramuros.
Pero a partir de los noventa surgió un pensamiento dominante que
puede denominarse mercosuriano, con matices nada menores en cuanto a
la naturaleza del Mercosur (unión política, económica y social o
solo asociación comercial), su amplitud geográfica y su asociación
con otros bloques o regiones.
Las iniciales reticencias al Mercosur provinieron de ciertos
sectores del liberalismo económico y de algunos sectores de la
izquierda, pero a poco de andar se redujeron bastante. Puede decirse
que el proyecto mercosuriano pasó a ser el gran proyecto nacional y
la gran esperanza de la sociedad en su conjunto. Una vez más cabe
insistir en algo que pasa desapercibido: Uruguay incluyó
tempranamente la palabra Mercosur en los pasaportes (hacia fines de
1995), en el lugar reservado para el nombre de los países o
macropaíses.
Así como el pasaporte italiano dice: "Unione Europea- Repubblica
Italiana", el de por acá dice "Mercosur-República Oriental del
Uruguay" (dicho sea de paso, a más de a uno le ha pasado al
trasponer una frontera ver al oficial de migraciones buscar si el
país Mercosur necesita o no visa de entrada, y las dificultades para
explicar que el país no se llama Mercosur).
El gran cuestionador del Mercosur a nivel de líderes políticos,
hasta mediados de diciembre pasado, había sido exclusivamente el
anterior presidente. Jorge Batlle propuso enfáticamente no casarse
con nadie y seguir el camino poligámico chileno, o enlazarse con
Estados Unidos (con o sin matrimonio, o quizás como casa chica);
además manifestó un formidable escepticismo hacia el Mercosur,
lindante en el rechazo. Conviene recordar lo aislado que estuvo en
esas posiciones, aún dentro de su propio partido.
Al igual que le ocurrió en la vereda de enfrente a Arturo Frondizi,
rara vez sus palabras fueron escuchadas y seguidas en el momento de
su conducción.
No hay que confundir la postura de Batlle con la de Lacalle, cuyos
cuestionamientos al Mercosur fueron más bien en cuanto al intento de
otorgarle naturaleza de asociación política y, por ende, caminar
hacia una cesión de soberanía. Batlle fue el primer presidente
uruguayo en cuestionar abiertamente al pacto regional.
Con él el país giró de ser el defensor por excelencia a ser un socio
no solo menor sino además marginal.
Esa postura de Jorge Batlle llevó a que la izquierda explicase los
torpedeos de Brasil y de Argentina como una consecuencia de las
actitudes del gobierno uruguayo.
Además todo ello acentuado por las diferencias ideológicas.
A partir de esta lectura, el acceso al gobierno de Montevideo de una
fuerza política inequívocamente de izquierda y profundamente
mercosuriana, en medio de un gobierno de izquierda en Brasil y de un
gobierno calificado de progresista en Argentina, solo podían augurar
el fortalecimiento de las relaciones recíprocas, la consolidación
del bloque y por supuesto, el más fluido funcionamiento.
La realidad golpeó las puertas y por las rendijas se colaron la
realpolitik y la razón de Estado.
Por aquí se descubrió que Brasil persigue sus propios intereses con
un gobierno de izquierda que con uno de derecha, civil o militar,
elegido por los votos o puesto por las botas, con república o con
monarquía, y además que persigue sus intereses inmediatos y no
necesariamente sus intereses de largo alcance, y los persigue hasta
el último detalle, se trate de arroz o de carne de ñandú.
La mayor diferencia entre Lula y sus predecesores, es que el antiguo
líder metalúrgico cada pocas semanas envía de visita a un hombre de
izquierda, que con lenguaje de izquierda hace promesas de matrimonio
progresista y buena conducta, a la vez que justifica que justo
ahora, en este preciso momento y por esta sola vez, ese matrimonio
no se puede consumar.
También se descubrió que Argentina sigue siendo tan impredecible con
un peronista progresista, como con un peronista conservador o con un
peronista oscilante, y como ya se sabe los no peronistas, si son
civiles y elegidos, son aves de paso en la Casa Rosada.
La comunidad de presidentes progresistas ha llevado a la peor
situación entre los países rioplatenses desde la primera mitad de
los años cincuenta, con el poderoso vecino ejerciendo un parcial
bloqueo en el ingreso al territorio uruguayo (bloqueo de personas,
no se sabe si de aftosa).
Cabe la aclaración: la peor situación en lo político, porque fuera
de lo político los vecinos ya exportaron para acá con gran suceso
primero la aftosa y luego la crisis financiera.
El estado de ánimo predominante en el país - que no necesariamente
implica una decisión política asumida - es de profunda decepción con
la región.
Como dijo con otras palabras el ministro Mujica, en su peculiar
lenguaje, el Mercosur no le ha servido al uruguayo para nada.
Esta percepción supone un impacto emocional muy profundo, para el
país, para la sociedad, para los distintos segmentos políticos y
sociales.
Porque Uruguay debe afrontar una discusión que puede resultar
angustiante, ya que es un debate que se abre desde la soledad y la
lejanía, en la última periferia del mundo: cómo, cuándo y dónde se
inserta el país, de manera segura y confiable.
Es un debate que se abre en este 2006 con la ventaja de encontrar al
país unido, con todo el sistema político jugando por lo alto y
respaldando en bloque al presidente de la República.
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