|
Toda
crisis es crisis de comando. Este aserto militar tiene su correlato
político: toda crisis es crisis de liderazgo. El Mercosur no solo no
funciona, sino que funciona un sistema de entendimientos bilaterales
entre los dos grandes (Argentina y Brasil) al margen de y en clara
violación de la letra y el espíritu del Tratado de Asunción. No
funciona lo más elemental, el artículo primero de dicho tratado, que
establece la libre circulación de bienes y personas. Si el Mercosur
no funciona, está en crisis; si está en crisis es porque hay crisis
de liderazgo. El liderazgo del Mercosur corresponde obviamente y sin
discusiones a Brasil, por tamaño territorial y poblacional, por
magnitud de su economía y en particular de sus exportaciones, sus
importaciones y su mercado interno. Si hay crisis de liderazgo es
porque Brasil no lidera y no lo hace porque ha demostrado
incapacidad para hacerlo, en particular fuerte inmadurez para un rol
tan significativo.
Alguien (un país, una empresa, una persona, un grupo) puede ejercer
el predominio sobre otros por liderazgo o por dominación. La
dominación se hace por la fuerza, supone la derrota pero no la
aquiescencia del dominado, y tiene sus reglas y sus costos. El
liderazgo es lo opuesto a la dominación, supone la conducción o
predominio de uno con el apoyo del otro o de los otros. El liderazgo
es un ejercicio de consensualidad. Requiere que el líder tenga
alguna superioridad sobre los liderados, en uno o varios planos:
moral, cultural, intelectual, educativo, tecnológico, industrial,
militar, económico, estratégico, o tener más peso o
prestigio en el concierto mundial. Y requiere que los liderados
obtengan algo a cambio del reconocimiento del liderazgo. No es un
quid pro quo, sino un juego la más de las veces sutil, en que el
líder otorga algo a los liderados, un algo que puede ser poco para
el líder que es un mucho para cada liderado: puede ser seguridad
militar, tecnología, financiamiento, inversiones, mercado, apoyo en
educación, salud o desarrollo social; puede ser una sola de estas
cosas o más de una, o todas. Esto supone necesariamente que todo
liderazgo, si lo es tal y no una mera dominación, supone costos para
el líder. No hay liderazgos gratuitos. No hay posibilidad de
liderazgo si no se está dispuesto a asumir los costos de un
liderazgo. Y aquí está el quid de la cuestión: Brasil ha demostrado
en forma consistente que no está dispuesto a pagar ningún costo a
cambio del liderazgo, que lo quiere gratis.
Hasta ahora para sentarse en forma permanente en el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas el único requisito es haber sido
una potencia militar seis décadas atrás y ser hoy una potencia
nuclear, como Estados Unidos, Reino Unido, Rusia en sucesión de la
Unión Soviética y China (Francia es más bien una concesión de los
poderosos, aunque luego devino en nuclear). Y para sentarse en el G8
(donde no está China, pero sí Alemania, Canadá, Japón e Italia) hay
que ser una potencia industrial. Para entrar a uno u otro club
exclusivo hay que tener fuerza propia en el campo correspondiente, o
ejercer el liderazgo de un bloque significativo. Aquí viene otro
problema de Brasil: la pretensión de sentarse en el club del Consejo
de Seguridad sin ser potencia militar de primer orden, ni potencia
industrial, sino en función de un liderazgo, lo cual es correcto,
pero pretende ese liderazgo a cambio de nada para los liderados, lo
cual es la mejor forma para no conseguirlo.
Brasil tiene una estrategia muy clara para sí, e Itamaratí es una
diplomacia de alta escuela, con fina definición de objetivos y
tácticas muy afinadas. Lo que falla no son las herramientas sino las
premisas: pretender llevar adelante una fina política en pro de su
liderazgo sobre la base de defender su interés nacional en todos y
cada uno de los terrenos, sin concesión alguna a ninguno de los
pretendidos liderados. Esa es su falla de base, donde la premisa se
detona falsa. Pretender un arancel externo común del Mercosur para
que sus socios sean brasildependientes y los productos brasileños
sean más competitivos dentro de la región que los europeos,
norteamericanos o asiáticos. Torpedear muchas veces con chicanas el
libre comercio, con intervenciones judiciales de ignotos jueces de
pueblos desconocidos. Defender su interés nacional inmediato en lo
grande y también en lo pequeño y en lo micro, hasta llegar a la
carne de ñandú, plumas incluidas.
Quizás la culpa no sea en particular de nadie identificable, sino
que Brasil no puede ejercer el liderazgo hacia fuera porque no ha
consolidado un liderazgo hacia adentro. La diversificación del poder
político y económico, diversificación política entre fuerzas
políticas pero también entre feudos regionales, la diversificación
del poder económico entre poderosos grupos rivales pero también
entre señoríos económicos estaduales o regionales. Es un quizás, no
una tesis, es más bien una hipótesis, una tentativa de explicación
de una falla tan grande. Cuando se miran los últimos 400 años en el
mundo, se observa que todos los países que lograron un fuerte
liderazgo o una clara hegemonía, lo hicieron a partir de poderes
centrales consolidados, de grandes liderazgos nacionales, de elites
dirigentes con vocación de grandeza estratégica, elites políticas,
empresariales o militares. Porque imponer a un pueblo los objetivos
estratégicos y hacerle pagar los costos inmediatos, requiere de una
gran fuerza y una formidable capacidad de liderazgo.
Si a una gran falla de liderazgo se suma una segunda potencia
regional inestable, oscilante, con objetivos cambiantes, parece
fácil explicar por qué el Mercosur anda como anda, o mejor dicho, no
anda como no anda.
|