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El estilo de conducción de Tabaré Vázquez, como se ha escrito en
varios análisis, se caracteriza esencialmente por una delegación
plena de la conducción en las áreas respectivas, el juego pendular
entre las posiciones de los diversos actores de segunda línea, el
arbitraje de las disidencias y en ocurrencias la imposición de una
línea propia. Casi todo el juego político del gobierno se centra en
el juego de poder al interior del gabinete, y ese juego es tan
absorbente y dominante, que ahoga la posibilidad del juego de la
oposición. Más bien hay que decir que se juega en el gabinete y en
los entornos presidenciales, entornos que actúan fundamentalmente
mediante la incidencia sobre el propio primer mandatario, los
trascendidos de prensa o la orquestación de campañas de rumores.
En
el primer semestre fue clara la existencia de un conjunto de líneas
que se agrupaban y reagrupaban según los temas. Basta recordar los
alineamientos iniciales respecto al Tratado de Inversiones con
Estados Unidos. De un lado estuvieron el vicepresidente Nin Novoa,
Astori y Lepra, que anunciaron la ratificación del tratado antes de
fin de año, tal como estaba, sin modificaciones. Del otro
aparecieron, en una conjunción que ya no se repetiría más, Mujica y
Marina Arismendi, en el rechazo frontal. Y en el medio Gargano, que
postuló modificaciones al Tratado como condición para su aprobación.
Fue la línea triunfante, así lo remarcó específicamente el
presidente de la República. Sin embargo, operaciones desde el equipo
económico y el Edificio Libertad, más un periodismo muy pronto a
amplificar todo lo que debilitase al canciller, presentaron los
hechos de manera diferente, como un triunfo del equipo económico. En
ese entonces se impuso el canciller, con el explícito apoyo
presidencial, a mitad de camino entre Mujica y Astori.
El
segundo semestre marca un escenario diferente. Al promediar el año
de gobierno se consolida una línea de entendimiento y colaboración
política entre los líderes de las dos principales fracciones,
medidas desde el punto de vista electoral: el titular de Economía y
el ministro de Ganadería (que es más un jugador libero que una
verdadera cabeza de dicasterio). Mientras jueguen en yunta,
constituyen una fuerza de extraordinario peso, a la cual cuesta le
cuesta contrabalancear al presidente, al menos por si solo.
En
este segundo semestre se han producido en el Consejo de Ministros
varios debates de mucha profundidad política, que han tenido de un
lado a este eje dominante y como contraparte, en una línea
ideológicamente más dura o más tradicional, a los titulares de
Relaciones Exteriores y de Interior, es decir, a dos figuras que
tienen o han tenido muy fuerte peso político en el Partido
Socialista en las últimas cuatro décadas. Hasta aquí el equilibrio
actual. Ideológicamente Marina Arismendi tiende a coincidir con esta
línea más ideológica, pero por un lado se corre cada vez más a la
izquierda y por otro juega su propio juego en solitario (ella con su
partido), en el Ministerio, en el movimiento sindical y en el
Parlamento.
En
principio a Vázquez le sirve que haya equilibrio, que el poder no
decante hacia un ministro o conjunto de ministros en particular,
porque eso refuerza su papel arbitral. Máxime cuando se visualiza
una creciente pérdida de peso del vicepresidente de la República,
cuyas palabras cada vez con más frecuencia requieren de aclaraciones
o contradeclaraciones. Aunque el presidente cuenta siempre con una
baraja de ministros que le responden personalmente y que en
principio cada cual se ocupa de su juego.
Sin
duda en todo este juego de poder hay un jugador tapado, que pasa
deliberadamente inadvertido, como lo es el titular de Transporte y
Obras Públicas. Más tarde o más temprano, quizás ya empieza a
acercarse el momento, es de esperar un salto suyo al medio de las
candilejas. Puede operar exclusivamente hacia la opinión pública sin
entrar en los juegos de poder, equilibrios y desequilibrios del
gabinete. O puede además operar en los juegos de poder. No hay que
olvidarse que en sus manos estuvo el peso de la Intendencia
Municipal de Montevideo a lo largo de casi toda la administración
Vázquez.
Este
año seguramente van a haber recambios en el gabinete, más tarde o
más temprano. A esta altura más que noticias hay presuntas noticias
que son parte de operaciones políticas para desplazar a alguien o
afirmar a algún otro. Pero esos recambios van a tener que ver con
muchos factores y no solo con uno. Porque no se trata del relevo
gerencial en una empresa, sino del cambio de una jefatura política
en un departamento político, y el cambio de un asiento en un Consejo
de Ministros que ha tomado un rol cada vez más fuerte, en una más
intensa colegialización del funcionamiento ordinario del gobierno
(el extraordinario queda reservado al poder personal y solitario del
presidente). Las salidas y entradas en escena pues van a tener en
cuenta cuatro elementos: Uno es sin duda el desempeño habido y el
esperado desde el punto de vista funcional al frente de la cartera.
Dos, el desempeño desde el punto de vista político en relación a
diversos actores (la interna de la izquierda, los movimientos
sociales, la oposición). Un tercer factor fundamental es cómo afecta
el conjunto de cambios ministeriales dentro de cada una de las siete
corrientes principales del Frente Amplio y en el juego entre esas
siete corrientes. Y como cuarto factor cuánto se mantiene de
equilibrio y cuánto se desequilibra el gabinete, sobre todo cuánto
el recambio pueda contribuir a la conformación de un centro de poder
ministerial que limite la incidencia presidencial y cuánto se
mantienen los equilibrios de poder para dejar al presidente ese
poder decisorio que le resulta fundamental a su estilo de
conducción.
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