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El filme “Lo que queda del día”, protagonizado por Anthony
Hopkins y Emma Thompson, es un relato presumiblemente inspirado en
el “Círculo de Cleveden”, ese núcleo de aristócratas y grandes
burgueses británicos, franceses y alemanes aficionados a los juegos
diplomáticos que giró en torno a Lady Astor en los años treinta. En
una de las escenas, al final de una cena, un joven millonario y
congresista norteamericano (actuado por Christopher Reeve) dice algo
así como “en estos tiempos la diplomacia no es para gentlemen
amateur” y brinda por los diplomáticos profesionales.
La diplomacia supone el manejo de las relaciones exteriores desde
la conducción del Estado y del gobierno, la conducción del servicio
diplomático y la política exterior, y la ejecución de la diplomacia.
Esta última supone el establecimiento y mantenimiento de una red de
relaciones personales que sirvan de canales de información y
comunicación, la capacidad de obtener información adecuada (y su
correcta valoración) y la capacidad de negociar. Negociar en
diplomacia supone el uso de todos los métodos y técnicas, como
reuniones, conversaciones, diálogos, diálogos al pasar en medio de
un cóctel, sesiones formales de trabajo y negociaciones formales.
Diplomacia profesional supone realizar todo ello con el rigor y
conocimiento de un profesional, ya fuere profesional en la política
o profesional en la diplomacia propiamente dicha. Y profesionalidad
política supone no sólo la ejecución por parte de quienes ejercen el
gobierno, sino también la capacidad de entendimiento, vigilancia,
colaboración y crítica de quienes se sitúan en la oposición.
Políticos de todos los partidos, sindicalistas, actores sociales,
empresarios, intelectuales, formadores de opinión y ciudadanos de
todo tipo convergieron en un espontáneo consenso nacional. Pero ese
consenso nacional presentó fisuras derivadas esencialmente de la
falta de profesionalidad de los unos y los otros en el manejo de las
cosas.
Por un lado, no hubo un manejo colectivo de la crisis con
Argentina por parte del sistema político, es decir, reuniones
diversas, de ida y vuelta, entre el presidente de la República y los
presidentes o secretarios generales de los demás partidos, como
ocurriese durante la primera presidencia de Sanguinetti para manejar
la transición, o del presidente con los líderes de todos los
sectores como lo hizo Lacalle para procesar la creación del Mercosur.
Hubo una foto en Suárez para enviarle a Argentina como señal de
unidad nacional y nada más que una foto. Un frente nacional supone
necesariamente que todo paso es consensuado por al menos todo el
sistema político y que el consenso se rompe, si ocurre, sólo cuando
dentro del sistema no hay posibilidad alguna de consensuar caminos o
pasos. Obviamente no hay consenso que sobreviva a la decisión
unilateral del presidente de la República de virar 180 grados el
sábado 11 de marzo en Santiago de Chile, y luego volver a virar
otros 180 grados desde la mañana del lunes hasta completar el giro.
Un principio fundamental de un manejo profesional, regla válida
urbi et orbi desde hace no menos de 200 años, es que en medio de un
conflicto exterior no se cambia ni se pide ni se insinúa el cambio
del jefe del gobierno o del jefe de la diplomacia, ni de un primer
ministro ni de un canciller, ni tampoco al embajador u embajadores
en los países con quienes se tiene conflicto ni en las sedes donde
se diriman o arbitren los conflictos. Cualquier cambio o insinuación
de cambio es necesariamente una señal de que se piensa cambiar de
rumbo, de objetivos o de firmeza. En ese momento y solo para eso se
efectúan los cambios. Esta regla no se cumplió en el país. De un
lado de la oposición política: desde el Partido Nacional, la lista
15 y o alguien del Foro Batllista se pidió la renuncia del canciller
en medio del conflicto, que más o menos quiere decir que se pidió un
cambio de rumbo, porque esa es la señal que se da y se entiende en
el lenguaje diplomático. Pero también desde el entorno presidencial
se deslizaron rumores a la prensa, semana a semana, sobre la
sustitución del canciller.
No es profesional abrir un abanico de negociaciones en distintos
planos y niveles, donde un ministro de Ganadería de un país se reúne
con un canciller del país enfrentado para discutir temas
diplomáticos y no ganaderos. Donde asesores presidenciales se reúnen
con asesores presidenciales. Donde diversos gestores de buenos
oficios hablan con otrols gestores de buenos oficios, sin que todo
ello fuese parte de un operativo absolutamente coordinado y
concertado. Y por supuesto, en medio de un conflicto internacional
no hay espacio para los juegos chicos de poder, ni en el gobierno ni
en la oposición. Solamente una Francia en descomposición pudo
exhibir al mundo interpelaciones al gobierno y cambios de primer
ministro mientras las tropas alemanas irrumpían y avanzaban en su
territorio; el juego de poder terminó cuando la bandera nazi ondeó
sobre la Torre Eiffel.
Si la jefatura de la diplomacia falla, si la embajada en el país
en conflicto fallan, eso se dirime al finalizar el conflicto, o
cuando se cambia de rumbo, pero no antes. Y ahí, recién ahí, se
cobran todas las cuentas habidas y por haber. Sin duda cuando todo
esto termine, el país necesita un desapasionado debate sobre temas
de fondo como el de su inserción internacional. Pero necesita
imperiosamente, si es posible con la misma frialdad, un profundo
análisis sobre mucho temas de comportamiento y procedimiento, que
abarcan la forma de operar del presidente de la República (y la
propia estructura de personalidad del primer mandatario), el
funcionamiento del canciller y la cancillería, el papel y los juegos
de poder del entorno presidencial, lo correcto o incorrecto de la
representación diplomática en Buenos Aires, la forma de operar de
los diversos sectores políticos de oposición.
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