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El tema del fuero sindical, las ocupaciones de empresas, el poder
sindical y la regulación laboral (consejos de salarios, mayores
controles) han aparecido como una fuente de fuertes controversias
entre gobierno y empresarios, entre sindicatos y empresarios, entre
gobierno y sindicatos, y entre gobierno y oposición. El debate es
confuso por varios aspectos. El primero, porque se realiza cada vez
sobre un tema estrictamente puntual; y cuando se sale de lo puntual
se entra de una u otra parte (entre fundamentalistas de una u otra
parte) en algún desafine, como por ejemplo, de un lado: hasta ahora
Uruguay ha tenido un siglo de injusticias y opresión de los
trabajadores, y del otro: este es el ejemplo de un modelo
marxista-leninista que quiere imponer una dictadura. Segundo, porque
si bien hay un hilo conductor, son cuatro temas absolutamente
separados y separables, que no admiten una única solución para un
lado o una solución unívoca para el otro. Tercero, porque la
discusión muchas veces se hace sobre lo formal (lo jurídico o
antijurídico) y no sobre lo sustancial: el modelo social y
económico, el modelo de país y el modelo de sociedad al que cada
cual aspira. En cuarto término porque no se abarca en profundidad,
sustancia y seriedad la divergencia de fondo que existe a través de
un debate que llegue a la conclusión lógica de un debate: a
distinguir las discrepancias accesorias de las principales, y a
enumerar cuáles son y en qué se fundamentan esas discrepancias
fundamentales. Finalmente, porque apenas se escarbe, no muy lejos de
la superficie aparece que las divergencias profundas atraviesan los
partidos y lo que es más relevante, atraviesan al oficialismo: es
uno más de los temas conceptuales que constituyen asignatura
pendiente en el Frente Amplio.
¿Cómo se llega a esta situación? Se llega porque en los 15 años
anteriores Uruguay vivió lo que puede llamarse una liberalización
desprolija, descuidada. Ocurre que esa tímida liberalización del
mercado laboral fue acompañada de un fuerte cambio en la estructura
productiva del país, caracterizado por la fuerte disminución de las
grandes estructurales laborales, el gran desarrollo de la actividad
en pequeñas empresas, el trabajo por cuenta propia y la actividad
informal. Para un importante sector del país ello fue producto
deliberado de las políticas neoliberales; de allí derivó la
generación de un imaginario según el cual un modelo correcto,
socialmente justo, es el que encuadra toda la actividad productiva
en grandes conjuntos laborales y formaliza las relaciones laborales
a través de claros patronos de un lado y del otro trabajadores en
relación de dependencia agrupados en sindicatos. La conjunción de
factores ha confundido mucho cuánto ha sido producto de políticas
específicas en busca de la flexibilización laboral y cuánto es
producto de un cambio de la estructura productiva del país, asociado
a fuertes cambios en las estructuras productivas a nivel mundial.
Pero la flexibilización laboral en Uruguay no ha sido el producto
de reformas normativas, sino más bien de la no aplicación de las
normas. La desregulación salarial fue la consecuencia de que el
gobierno Lacalle dejó de convocar los Consejos de Salarios y
homologar con valor genérico los convenios colectivos. La baja de la
sindicalización fue producto de los cambios en la estructura
productiva, en un periodo (1992-98) en que la economía presionó al
alza los salarios, con lo cual el propio mercado cumplió un factor
que no requirió esencialmente de la demanda sindical. La sustitución
del trabajo en relación de dependencia por la contratación de
empresas unipersonales surgió como necesidad de una flexibilización
laboral, aunque pronto derivó en una forma de rebaja de las
obligaciones previsionales. Las empresas (muchas, no todas) se
acostumbraron a manejar las relaciones laborales con lógica de
mercado abierto, de oferta y demanda, y no de negociaciones con una
contraparte de igual poder negociador. Lo que mucha gente califica
de excesos regulatorios de la ley de aportes de la Construcción no
es producto de este gobierno de izquierda, ya que la ley permaneció
inmodificada durante todas las administraciones Lacalle, Sanguinetti
bis y Batlle Ibáñez. Bastó que el BPS se decidiese a aplicar la ley
tal cual existe, para que ardiese Troya. El complemento de cuota
mutual que ha encarecido sustancialmente la contratación de mano de
obra, y es uno de los grandes alicientes a la informalidad, surgió
en el liberal gobierno de Lacalle, y no hubo en los dos gobiernos
siguientes ningún intento de modificación.
La izquierda llega al poder con un imaginario popular, de los
sindicalistas y del nuevo oficialismo, de que podría retornarse
inmediatamente a los esquemas laborales y productivos idealizados de
los años cincuenta. Y con cierta visión de lucha de clases. Así
desde el inicio se proclamó la disposición oficial a inclinar la
balanza, a poner el dedo en el platillo de los trabajadores, se
desreguló la intervención estatal en ocupaciones de empresas y se
propiciaron normas altamente protectivas de la actividad sindical.
Poco a poco vino el viraje, comenzó a comprenderse que las cosas son
más complicadas y se empezó a sacar el dedo de aquel platillo, hasta
llegar el Ministerio de Trabajo a una postura de bastante
neutralidad, de mediación, equilibrio y arbitraje entre ambas
partes.
Los empresarios de grandes empresas con sindicatos fuertes, no
han percibido ningún cambio en la situación. Los empresarios
acostumbrados a funcionar sin sindicatos han recibido los efectos
del cambio operado en el país. Pero como muchos miembros del
gobierno remarcan, les cuesta entender que se ha ganado la
izquierda. Una cosa es que le reclamen a la izquierda que sea
moderada, sensata y acorde a los tiempos, y otra cosa es que no se
hayan enterado – cosa que denotan muchos dirigentes empresarios –
que en este país ganó la izquierda. Y la izquierda aquí y en Europa,
tanto en Uruguay como en Francia, Italia, España, Dinamarca o
Suecia, tiene una visión sobre el papel sindical y las regulaciones
laborales diferente a las concepciones de derecha.
Solo a partir de entender que hay visiones diferentes sobre el
país y modelos diferentes de sociedad, es que puede prosperar el
diálogo. Pero como punto de partida necesita que toda la izquierda
avance hacia posturas más realistas (en particular sindicalistas y
algunos parlamentarios), que comprenda que no está ni haciendo una
revolución ni en medio de una lucha de clases. Y que los empresarios
entiendan que la lógica política que emerge de las elecciones del 31
de octubre, por voluntad de la mayoría del país, es de una mayor
regulación de las relaciones laborales.
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