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Así como el 11 de marzo en Santiago de Chile hubo un cambio
significativo de etapa en el conflicto entre Argentina y Uruguay,
ahora con el cierre de las negociaciones se produce un nuevo giro.
En la primera etapa el país sostuvo la absoluta separación de dos
temas y un orden determinado en los mismo: como punto primero y de
especial pronunciamiento, el corte de los puentes, entendido más
bien como un acto de agresión del Estado argentino al estado
oriental mediante el bloqueo de sus fronteras terrestres; y en
segundo término, como un segundo punto solo abordable a partir de la
resolución del anterior, negociar en torno a la preocupación
argentina sobre eventual contaminación de las aguas del río Uruguay
como efecto de la instalación de dos plantas de celulosa. En el giro
producido públicamente horas antes de la asunción de Michelle
Bachelet a la Presidencia de Chile, Uruguay aceptó la tesis
argentina de poner en el mismo plano y hacer intercambiable el
levantamiento del bloqueo fronterizo contra la paralización de la
construcción de las plantas en discordia. Ahora, tras el sucesivo
fracaso de dos cumbres presidenciales, la cosa vuelve a fojas cero o
a menos cero.
Hecha la descripción de las tres etapas habidas durante la
administración Vázquez a partir del corte de los puentes, cabe
analizar qué cambios ha producido la segunda etapa. Del lado
uruguayo cabe observar: Uno, la ruptura del frente interno y la
división del país, como contraposición a un frente interno y un país
unido en la etapa primera. Dos, el debilitamiento de la
confiabilidad en el presidente de la República en relación a este
tema y en líneas generales la caída fuerte del peso presidencial:
Tabaré Vázquez pasa de tener el nivel más alto el 10 de marzo a
tener circa 5 de abril el nivel más bajo de lo que lleva demandado.
Tres, el desgaste de figuras significativas para el gobierno como el
secretario de la Presidencia de la República (persona de especial
importancia para el presidente), el canciller y el vicepresidente de
la República (aunque éste fundamentalmente por otras causas y
lateralmente por el conflicto de marras). Cuatro, cierto nerviosismo
en Fray Bentos y aledaños ante el riesgo de frustrarse una vez más
sus expectativas de proyectos de desarrollo local y regional.
¿Qué viene con la nueva etapa? Vienen dos cosas diferentes y por
carriles separados. De un lado la pelota del lado occidental del río
Uruguay, en cuanto a si le interesa continuar o no la controversia
en torno a la instalación de las plantas de celulosa y, en tal caso,
cómo piensa continuar la controversia; donde lo más probable es que
recurra al largo camino de la Corte Internacional de Justicia con
sede en La Haya. Este camino por sí mismo hace que el conflicto
mengüe en sonoridad y reste larvado hasta tanto hubiere un
pronunciamiento cortesano. Cuando en La Haya llegase a haber una
definición, las plantas estarán en plena producción y exportación de
celulosa, y probablemente hasta abasteciéndose de madera también
desde Argentina.
La otra cosa y el otro carril tienen que ver con el corte de los
puentes. Salvo que Argentina lleve a algo tan difícil como poner
tanques para cerrar los puentes, todo indica que buscará el bloqueo
por interpósitas personas. Y deberá sostenerlo por largo tiempo, con
todo lo que ello implicaría de desgaste también para el litoral
argentino, porque los puentes se cierran en doble dirección y se ha
detectado que estos cierres generan perjuicios a importantes
sectores argentinos, de Gualeguaychú en primer término. Pero aquí
Uruguay debe decidir qué hace frente a la continuidad del bloqueo. Y
este sí es un tema primordial al empezar esta etapa: cómo se encara,
cómo retoman las decisiones y por dónde se va.
Al concluir la segunda etapa caben dos situaciones dentro del
país y del gobierno. Una es el cobro de cuentas, cobro al interior
del gobierno entre entorno presidencial de un lado y cancillería del
otro, cobro entre gobierno y oposición. La otra es un borrón y
cuenta nueva, asumir los costos que hubo, en todo caso hacer un
prolijo inventario de errores (que los hubo en todos lados,
oposición incluida) para evitar su repetición y no para saldar
deudas, y empezar a caminar de nuevo en busca de un país que
funcione con un frente interno unido, a través de una política
consensuada por todos los actores políticos, encolumnado el país
entero detrás del presidente de la República, de un presidente que
actúe como líder y cabeza de ese consenso, lleve adelante esa
política consensuada y evite la seducción por salirse de libreto.
También significa una oposición que pretenda llegar a esa política
de Estado y no entre a un juego, que a esta altura del partido y tan
lejos de las elecciones, poco o nada le redituaría.
El gobierno debe dejar la tentación de afrontar la política
exterior por sí solo, al menos hasta que se demuestre que entre el
Frente Amplio y los partidos de oposición, todos o algunos, hay
diferencias irreconciliables. Mientras ello no ocurra, le sirve no
solo al país sino al gobierno mismo la búsqueda de los consensos. Y
la búsqueda de un camino en política exterior va más allá de cómo
afrontar el bloqueo argentino, sino estudiar qué hacer y cómo con el
Mercosur, qué caminos independientes tentar, hacia dónde y cómo. Hoy
la discusión de la inserción internacional del país no es un debate
para definir la política de un gobierno y ni siquiera de la próxima
década o década y media. Es afrontar el futuro de Uruguay por largo
tiempo, quizás encontrar el lugar en el mundo no encontrado desde la
implosión del Imperio Británico, en cuya órbita se desarrolló este
país hasta comienzos de los años sesenta del siglo XX.
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