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En este segundo año de gobierno frenteamplista se ve un poco más
de campo y de visibilidad de la oposición. Sin embargo, es un campo
extremadamente pequeño, una visibilidad muy escasa y resultados
exiguos si se comparan con el campo, la visibilidad y los resultados
de la oposición a los gobiernos anteriores. Ello no es explicable
por el hecho de que este gobierno cuenta con mayoría absoluta en
ambas cámaras, porque los dos gobiernos anteriores (Batlle Ibáñez y
Sanguinetti bis) contaron casi todo el tiempo con una clara y férrea
mayoría absoluta en ambas cámaras. El que en un caso la mayoría se
conforme con legisladores de un solo lema y en los otros casos con
la conjunción de parlamentarios de dos lemas, no hace a la cosa.
Importa más la disciplina al interior de los grupos y la disciplina
del conjunto, que la geometría electoral de la cual devienen.
¿Por qué entonces los gobiernos anteriores tuvieron mayor
necesidad de contemplar a la oposición o, si no la contemplaron, de
ser frenados por esa oposición? La respuesta parece provenir del
conjunto de fuerzas de las que dispuso la izquierda cuando fue
oposición y de las que hoy disponen los partidos tradicionales
cuando en conjunto y en simultáneo están ambos, por primera vez en
la historia, en ese rol opositor. Para la izquierda la oposición
parlamentaria fue uno de los escenarios de juego en oposición al
gobierno, no el único. Contó con un sinnúmero de escenarios y de
actores, más o menos interrelacionados, con visiones similares y
propósitos relativamente comunes. Corresponde enumerar esos
escenarios y actores:
Uno. Los actores político-parlamentarios, que juegan en tres
grandes tipos de escenario: los hemiciclos parlamentarios, los
medios de comunicación y el pie a tierra, la comunicación
personalizada con la gente. Con este tipo de actores y escenarios
cuentan hoy los partidos tradicionales en la misma dimensión y con
igual fuerza con las que hubo contado la izquierda.
Dos. Los actores corporativos de corporaciones con alto número de
integrantes o con alto peso efectivo. En tal sentido ha sido
determinante el juego de los sindicatos y en menor grado, pero no
por ello menos importante, de cuerpos sociales como el
cooperativismo de vivienda por ayuda mutua.
Tres. La acción político-ideológica, o de construcción de
imaginarios, asumida por buena parte de la intelectualidad, con la
Universidad de la República en un papel central en cuanto a
autoridad intelectual, y buena parte del magisterio y la docencia
media como operadores de ideologización y politización.
Cuatro. Una capacidad militante, mediante la conjunción del
activismo político-partidario, sindical, cooperativo, social y de
ONGs, capaz de impulsar referendos y plebiscitos que, en algunos
casos con su sola amenaza y en otros casos mediante su conclusión en
las urnas, paralizaron la acción o el rumbo de los gobiernos. En tal
sentido son significativos el referendo contra la Ley de Empresas
Públicas de 1992 (aunque en la definición del mismo participó un
sector relevante de los partidos tradicionales como el encabezado
por Julio Ma. Sanguinetti), el referendo sobre la Ley de Asociación
de Ancap de 2003 o el logro de las firmas para convocar a referendum
también en 2003 sobre una nueva ley relacionada con Antel y Ancel
(que para evitar el referendum llevó al oficialismo a derogar la
ley).
El actual gobierno cuenta con una oposición
político-parlamentaria en el Partido Nacional y el Partido Colorado,
pero por otro lado se mueve en un juego de oposición y transacción
con el poder económico que dimana de las cámaras empresariales. Pero
a diferencia de lo ocurrido en periodos anteriores, en este caso no
hay un entramado que coordine o yuxtaponga el juego opositor
político-partidario y el juego de presión del empresariado. Los
partidos tradicionales no cuentan con escenarios sociales o
político-sociales diferenciados y complementarios del
político-partidario, no cuentan con fuerzas sociales que jueguen en
consonancia con ellos y tampoco cuentan con la capacidad militante
de amenazar con plebiscitos o referendos paralizantes para el
gobierno. Aquí pues aparece una gran diferencia entre el poder
opositor de unos y de otros, y en la eficacia en cuanto a
resultados.
Cabe añadir además que la izquierda logró un gran éxito en el
debate ideológico, o para ser más preciso, en el debate sobre
imaginarios. Obtuvo que se asumiese mayoritariamente la
confrontación entre el imaginario de una sociedad fuertemente
protegida y sostenida desde el Estado en un proyecto productivo
versus una sociedad a la intemperie, desprotegida, cuya
sobrevivencia económica dependía de proyectos especulativos. Hoy los
partidos tradicionales no han logrado articular un debate, ni a dos
bandas ni a tres, en que claramente se confronten proyectos,
imaginarios o ideologías, en una confrontación que resulte sentida,
comprendida y aceptada por la gente.
Por aquí pues pasa el desnivel de la anterior oposición y de la
actual oposición. Esto lleva a que este gobierno cuente con un mayor
margen para cometer errores y desaciertos, o para no producir
resultados, que cualquiera de los gobiernos anteriores. En grandes
líneas sigue siendo un gobierno que juega en solitario, donde los
éxitos son producto de sus aciertos y los fracasos productos de sus
solos errores, sin que la oposición logre ni provocar errores ni
sacar provecho de los errores que el gobierno cometa por sí solo.
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