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En el filme “Una giornata particolare”, Marcello Mastroianni
representa un ex locutor de la radio estatal italiana (el Eiar), que
ha perdido el puesto por homosexual. Relata a Sofía Loren que se
defendió con una carta que llevaba siempre en el bolsillo, en la
cual un médico certificaba que no era homosexual. Esa es la prueba
de que lo es, le contestaron: ningún hombre de verdad anda con un
certificado de que es hombre.
Esta escena viene a cuento de la campaña publicitaria del
gobierno argentino, que proclama “Argentina. Un país en serio”.
Según la definición de que se haga de lo que es un país en serio, en
el mundo hay unos cuantos. Si se considera por país en serio uno en
que haya seguridad jurídica y política, respeto a los compromisos
asumidos en el interior y hacia el exterior, estabilidad política,
inequívoco funcionamiento de un sistema de derecho basado en
conceptos democráticos, en el mundo debe haber no menos de una
treintena de países que merezcan tal calificación. Que se sepa,
ninguno de los que efectivamente revisten tal calidad llevan en el
bolsillo certificados médicos de que son serios, ni necesitan hacer
campañas publicitarias en tal sentido. Es inverosímil pensar en una
campaña que diga: “Finlandia. Un país en serio”. Lo es y eso basta,
sin necesidad de certificados médicos de hombría. A su vez Finlandia
considera que Uruguay es un país en serio, que asegura certeza
jurídica, seriedad de gobierno y estabilidad política, reglas de
juego claras y justicia independiente y honesta para dirimir los
conflictos. Esta pequeña república no necesita hacer campaña por el
mundo “Uruguay. Un país en serio”. Sin duda necesita grandes
promociones, pero para que se le conozca, no para que se reconozca
su seriedad.
Estas crisis binacional ha permitido que los muchos argentinos y
otros tantos uruguayos comiencen a descubrir que pese al origen
común y a la aparente similitud, Argentina y Uruguay son países
diferentes con culturas diferentes, donde seguramente cada cual debe
creer que la suya es la mejor. Aunque quizás el mundo tienda a
coincidir más con la visión que los uruguayos tienen de su país que
la que los argentinos tienen del suyo. Aunque por tamaño, fuerza e
importancia, quizás por un tiempo y dentro de determinados
parámetros a los vecinos no les afecte demasiado la imagen que se
tenga de ellos.
El presidente Kirchner, que es un hombre muy trasparente, ha
expresado muchos elementos diferenciadores de la cultura de su país
respecto a la oriental. Una es el concepto de poder, reglas de juego
y límites al poder. El, su jefe de Gabinete, su ministro del
Interior, no logran comprender qué poder tiene un presidente como
Tabaré Vázquez que no logra detener las obras de una empresa
privada. Creen pues sinceramente que o es un hombre débil o los está
engañando. Porque no cabe en esas cabezas, en esa cultura, que un
presidente esté limitado por un Parlamento, que los partidos y
grupos políticos jueguen libremente, que no haya compraventa de
legisladores, que los activistas sindicales o sociales sean
espontáneos - no solo sin sujeción al poder, sino sin ser comprados
por el mismo -, que los jueces en el error o en el acierto actúen
con independencia y honestidad. Tampoco cabe la idea de que el
Derecho puede limitar los poderes de un presidente y que las
empresas privadas, las extranjeras pero también las nacionales,
gocen de la garantía e independencia que les da el contrato.
A su vez, a los uruguayos les cuesta entender que los cientos de
piquetes que se arman a los largo y a lo ancho de Argentina sean
organizados, protagonizados y dirigidos por activistas a sueldo del
gobierno nacional, que forman piquetes contra gobernadores,
intendentes, jerarcas y empresas que no se sometan al poder central,
con algunas y raras excepciones: una es la de los piquetes de
Castells, quien es perseguido y encarcelado porque los piquetes sin
venia presidencial son ilegales; otra es la los actividades de Gualeguaychú (todos o al menos la gran mayoría), que son militantes
ambientalistas o vecinos bien inspirados, en el error o en el
acierto creen en su causa.
Semanas atrás, en ese juego de ping-pong en que la pelota
sobrevuela de ida y vuelta el Río de la Plata, Néstor Kirchner dijo
que a él jamás se le ocurriría plebiscitar la amnistía a los
violadores de los derechos humanos. Cuando uno se mueve en una
cultura determinada, le cuesta darse cuenta de todas las cosas que
exhibe en una sola oración. En Uruguay la Ley de Caducidad de la
Pretensión Punitiva del Estado, que en los hechos y por
interpretación de la Suprema Corte de Justicia es una ley de
amnistía, fue sancionada como toda la ley por el Poder Legislativo y
promulgada por el Poder Ejecutivo. La ciudadanía, el 25% de los
inscriptos en el Registro Cívico Nacional, ejercieron su derecho a
un recurso contra la ley, y en ese recurso triunfó en una relación
de casi 6 a 4 la convalidación de la ley. En el error o en el
acierto los uruguayos apoyaron la ley. El gobierno no convocó al
referendum, sino lo hace una magistratura independiente llamada
Corte Electoral; quizás en el error el gobierno no quiso el referendum, fue la
oposición quien lo promovió, y el pueblo decidió. En la España de
Francisco Franco Bahamonde, el plebiscito era un mecanismo de
consulta y convalidación de los actos del jefe de Estado; era el
caudillo quien convocaba a plebiscito y así obtenía siempre la
legitimación popular para sus decisiones trascendentales. Jamás
convocó un plebiscito sobre un tema inconveniente o que no le
resultase claro el resultado. Así es la concepción plebiscitaria de
Franco, que ahora exhuma Kirchner.
Los uruguayos creen en lo que dimana de las urnas, les guste o
no. Los argentinos en general creen que las urnas son uno de los
varios métodos para llegar o cambiar al poder, no el único ni el
principal. El último presidente electo, el predecesor de Kirchner,
no perdió el cargo en una elección o en un referendum, sino por el
libre juego de los piquetes, cacerolazos y ladrillazos. Hay una
larga lista de diferencias entre dos países muy parecidos, con
troncos comunes, pero uno de ellos hace mucho tiempo que dejó de ser
“la provincia que perdimos”, como se enseña en la escuela a los
niños argentinos sobre Uruguay.
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