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El célebre florentino Niccolo’ dei Macchiavelli escribía: el
príncipe debe ser como el zorro y como el león, tener la astucia del
zorro y la fuerza del león. La imagen maquiavelista del zorro y el
león fue aplicada a Franklin Roosevelt en relación a varias facetas
de su vida política, pero en particular para ese gran esfuerzo que
fue llevar a un país desde una postura claramente aislacionista a
ser un partícipe fundamental en la Segunda Guerra Mundial y, a
partir de allí, proyectarse en el epicentro del escenario mundial.
Como señala Henry Kissinger: “Para los dirigentes políticos
contemporáneas que gobiernan dejándose influir por las encuestas de
opinión pública, el papel de Roosevelt al llevar a un país
aislacionista a participar de la guerra es como una lección objetiva
del liderazgo en una democracia”
El
liderazgo es una forma de conducir difícil que supone evitar los dos
riesgos extremos: el del conductor conducido y el del precursor que
no conduce. El conductor conducido es aquél que por seguir los
estados de la opinión pública, se mueve al reflejo de ésta sin
aventurar nuevos caminos. El precursor es quien puede ver el camino
muy a lo lejos, pero se distancia tanto de la opinión pública que no
logra que ésta lo siga. El líder efectivo es aquél que está lo
suficientemente delante de la gente como para trazarle el camino y
guiarla, pero lo suficientemente cerca como para que la gente lo
entienda y lo siga. Ese difícil matiz es el que logran los líderes.
Pero cuando la meta trazada por el líder dista mucho y puede ser
hasta opuesta al punto de partida de la sociedad, es cuando ese
líder requiere de toda la astucia del zorro. Esa astucia se expresa
muchas veces en el uso de un lenguaje impreciso, deliberadamente
ambiguo, que permita reflejarse en él a quien viene del punto de
partida y a quien busca la meta. En el comienzo ese lenguaje debe
estar más cerca del punto de partida y al final debe estar más cerca
de la meta. Debe hacerlo al compás del seguimiento de la mayoría de
la opinión pública y de la dirigencia política y social, para
arribar al propósito deseado con las menores deserciones posibles.
Tabaré Vázquez es probable que no tenga muy claro cuál es la meta
que persigue, porque desde que se erigió en candidato presidencial
hasta hoy han cambiado y mucho sus puntos de referencia. Concibió
una política exterior con un Uruguay anclado en el Mercosur y a
partir de allí ese bloque asociado, insertado o imbricado con otros
bloques o países, de regiones diferentes, e inclusive con un
Mercosur posiblemente agrandado, con más países en su seno. La mar
de contradicciones e inconsecuencias en el funcionamiento del pacto
regional llevaron a que el otoño austral de este 2006 presente un
panorama regional casi opuesto al que se vio cuando la cumbre
hemisférica de Mar del Plata. Lo que el presidente oriental sabe es
qué es lo que ha cambiado y con qué cosas no puede contar. No sabe
con precisión ni a dónde debe ir ni con qué puede contar. Comienza
así un proceso de tanteo, de exploración, de búsqueda de caminos. Lo
que sabe es la voluntad de su gobierno de conseguir la mayor
cantidad de acuerdos comerciales posibles, en la latitud y la
longitud que fuere, sin mirar regímenes, ideologías o
posicionamientos internacionales. Este es sin duda el cambio más
significativo en la política exterior del presidente; habrá que ver
hasta dónde es la política exterior compartida por todo el gobierno
y todo el oficialismo.
El
1° de marzo de 2005, al instalarse el gobierno, partió de una
concepción ideologizada, basada en que la comunidad ideológica o
política es lo que sedimenta los entendimientos entre las naciones;
de donde: no hay mejor marco para un gobierno progresista en Uruguay
que estár rodeado de gobiernos progresistas, y por tanto afines y
amigos, en la región y más allá de ella, en casi todo el resto del
continente sudamericano. En doce meses descubrió que en las
relaciones internacionales pesa más la raison d’Etat que las
ideologías, religiones o filosofías, y que para Uruguay es lo mismo
que en Brasil haya un gobierno de izquierda que un gobierno de
derecha, y que en Argentina importa más la capacidad y estructura
psicológica del virrey de turno, que su discurso o su ideología real
o presunta. Llegó pues la hora de la realpolitik. Es además una
realpolitik sin un libreto determinado, sino que el mismo se va a ir
escribiendo al son de los éxitos y los fracasos en esas
exploraciones.
Pero
un problema grave es que el cambio hacia la realpolitik que va
experimentando el presidente, buena parte de sus ministros y
asesores, no va acompasado ni en el ritmo ni en la dimensión por
toda la dirigencia de izquierda ni por buena parte de su militancia.
En general en estos cambios el presidente logra buena sintonía con
los ciudadanos de a pie, con el conjunto de ellos pero en particular
con la abrumadora mayoría de sus votantes, una sintonía que es mayor
que la que obtiene con los militantes de izquierda y con una parte
nada menor de la dirigencia, ministros, senadores y diputados
incluidos.
El
tema Estados Unidos es crucial. No es un país que despierte la mayor
simpatía de los uruguayos, aunque tampoco que exalte fuertes
animosidades. Pero en militantes de izquierda ese país es mala
palabra, despierta animosidades; hay un antinorteamericanismo
visceral, profundo, ideológico, que responde a visiones del mundo y
concepciones históricas muy arraigadas. No proviene de ninguna moda
pasajera ni de ningún reflejo incomprensible. Por eso mismo, es un
antinorteamericanismo difícil de enfrentar. En este tema es donde el
presidente debe jugar con toda la astucia del zorro combinada con
toda la fuerza del león. En ese doble juego sutil, de sorpresa,
convencimiento y autoridad, es donde juega toda la suerte del apoyo
en la izquierda a este nuevo enfoque de la política internacional,
caracterizado no por un cambio de bando, no por la adhesión a la
política norteamericana, sino por salir de los esquemas ideológicos
y navegar en medio de las filias y las fobias con Estados Unidos,
Venezuela, Colombia, Irán, la Unión Europea, Cuba, más la región,
los países árabes, Israel y los países asiáticos.
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