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El futuro del Uruguay de cara al exterior, que es decir también
de cara a sí mismo, depende mucho de lo que haga y otro tanto de lo
que ocurra más allá de su voluntad. Hay temas en que el país (su
gobierno, sus elites, su gente) tiene las cosas claras y - en medio
de las confusiones que dominan la región – al menos tiene cierta
idea de los distintos rumbos que puede tomar o por donde tantear; y
también hay claridad en las diferencias que hay dentro del país, y
que requieren que se discutan o al menos que sedimenten con el paso
del tiempo.
En
lo sustancial es importante esperar qué ocurre en cuatro esferas: la
medida cautelar requerida por Argentina ante la Corte Internacional
de Justicia con sede en La Haya; los créditos solicitados por Botnia
y Ence a la Corporación Financiera Internacional; las elecciones
presidenciales y legislativas en Brasil; y el grado de avance que se
logre en las negociaciones comerciales con Estados Unidos. Y un
quinto tema: qué diablos se le ocurrirá hacer contra Uruguay a un
gobernante tan poco racional como Néstor Kirchner, investido además
de poder absoluto.
La
Corte Internacional puede ir por tres caminos: aceptar la medida
cautelar solicitada por Argentina y disponer la suspensión de las
obras hasta determinado momento; rechazar la medida cautelar dentro
de los próximos seis meses; no pronunciarse en ese lapso. La primera
alternativa es un claro triunfo argentino y una fuerte derrota
uruguaya, ya que una suspensión si llegase a ser hasta el fallo
definitivo, comprometería los propios emprendimientos. La segunda
opción, a la inversa, es una feroz derrota argentina y un claro
triunfo uruguayo; a partir de allí no hay quien pueda obligar por
medios pacíficos a que las obras se detengan. La tercera opción
mantiene el problema en vilo, pero otorga una ventaja a Uruguay, ya
que cuanto más se dilate la definición del tema, particularmente en
lo cautelar, mejor para este país.
Uruguay ya logró dos puntos importantes en relación a la Corporación
Financiera Internacional, subsidiaria del Banco Mundial: que el
fuerte planteo del presidente Vázquez al presidente del Banco
llevase a esta institución a acelerar los ritmos y que la Unión
Europea juegue a la par de Uruguay en empujar a la Corporación a
rápidas definiciones. Si esto termina en que al cabo del semestre se
concedan los créditos, es un gran triunfo para el país, tan grande
como lo sería en tanto derrota la no concesión de los créditos. A
diferencia del tema anterior, en el caso de la Corporación los
tiempos juegan a favor de Argentina: la no resolución opera en
contra de los intereses orientales. En la combinación de ambos
factores, el sí o el no a las medidas cautelares y el sí o el no a
los créditos, se juega el triunfo de uno o de otro, o la posibilidad
de algún empate.
Las
elecciones en Brasil pueden ayudar a despejar el camino sobre el
futuro de la región, al menos por el solo hecho que el nuevo
presidente (o el actual presidente en un nuevo mandato) tienen
despejado el camino por cuatro años. Lo que no hay claridad alguna
es qué significa para la integración regional, para el Mercosur y en
especial para Uruguay, el que Lula sea reelegido o el que Lula sea
rechazado. Porque del actual presidente se sabe lo que ha hecho y lo
que no ha hecho, se conocen sus fortalezas y sus debilidades. De sus
adversarios no es posible deducir nada claro ni interesante en
materia de integración o de política exterior. Por lo tanto, a
diferencia de los otros dos temas, aquí lo que importa es que va a
haber una definición electoral y tras ella habrá que esperar los
primeros pasos presidenciales para recién entonces atisbar algo.
Y
por último es de alta relevancia a dónde arriban en octubre las
negociaciones uruguayo-norteamericanas, cuando se reúna en
Montevideo la comisión bilateral que estudia la profundización y
ampliación del comercio entre ambas naciones. Lo más importante es
qué gana Uruguay y qué es lo que concede, y a la inversa qué cosas
le quedan por el camino y qué pierde con el acuerdo. Porque en todo
tratado comercial, en absolutamente todos, dentro de un mismo país
hay ganadores y perdedores, y quienes son unos (cuántos, con qué
nombres, cuánto pesan) y quienes son otros va a ser sustancial a la
hora de definir los apoyos y las oposiciones al tratado, acuerdo,
convenio, concordato o pacto de libre comercio, o de comercio, o de
intercambio de bienes y servicios. Como viene la cosa, tan
importante como el contenido va a ser el continente, el cómo se va a
llamar la cosa.
Parece entonces que al país le queda otear el horizonte, seguir
abriendo caminos, explicar sus razones y esperar la definición de
estos cuatro puntos. Pero en esta espera debe estar necesariamente
vigilante de los pasos argentinos, porque si en algo es maestro el
presidente de la vereda de enfrente es en hacer provocaciones,
generar conflictos y levantar temperaturas. Y sería bueno que
quienes tengan en sus manos la previsión estratégica, vayan trazando
en el pizarrón todas las opciones de agresión que se le puede
ocurrir al virrey si su todopoderoso ego recibe dos heridas
narcisistas en simultáneo, como pudieren ser un rechazo a las
medidas cautelares y la concesión de los créditos.
Quizás al país le convenga (además de planificar, prever, establecer
todas las hipótesis de conflicto y seguir auscultando a la región,
el hemisferio y el mundo) seguir zurciendo con la mayor discreción
una red de apoyos y por otro lado bajar el tono, eludir la
controversia. La continuidad silenciosa e ininterrumpida en la
construcción de las plantas sirve más a Uruguay que el boxeo verbal.
Y además, tratar de separar lo que Argentina juntó y la
desprolijidad uruguaya ayudó a juntar: que una cosa es bloquear la
libre circulación y otra diferente construir plantas de celulosa;
que lo uno y lo otro no van de la mano. En unir los temas y
presentarlos como uno solo con dos caras reside el éxito transitorio
del país vecino.
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