|

Desde hace un corto tiempo hay una constante referencia a la
existencia de una onda política hacia la izquierda en Sudamérica (en
realidad se habla de “en América Latina”, aunque el fenómeno de
marras no excede de los límites del continente sudamericano). Por un
lado esta ola – que en Uruguay algunos la llaman “de gobiernos
progresistas” u “ola progresista” – es considerada como un único
gran movimiento de corrientes políticas relativamente coincidentes
en sus propósitos y, por ende, capaces de aplicar un mismo modelo
hacia el interior de los países, hacia la integración continental y
en un diseño común de política internacional. Para otros, la
mencionada ola directamente no existe, sino que hay diferentes
empujes de ideas también diferentes y algunas de ellas opuestas. Y
quizás como variante de lo anterior, hay quienes consideran perimido
el eje izquierda-derecha, cuya caducidad entienden operó con la
caída del Muro de Berlín.
La
idea de que con el desmoronamiento del sistema soviético quedó
obsoleto el eje izquierda-derecha, presupone que este eje y esta
terminología devienen de la dicotomía entre las ideas socialistas de
la segunda mitad del siglo XIX y su contracara, es decir, que
izquierda y derecha sería un eje en uno de cuyos extremos estaría la
máxima adhesión a la revolución comunista (en los términos
planteados por Marx y Engels) y el otro extremo la mayor oposición a
esa revolución, expresada en términos autoritarios, cuya mayor
encarnación sería el conjunto de movimientos clasificadas como
fascistas. Esta definición del eje izquierda-derecha es correcta,
como reformulación hecha de ese eje para el periodo que va más o
menos desde la mitad o los tres cuartos del siglo XIX hasta el
despunte de la última década del siglo XX.
Pero
el eje izquierda-derecha como tal no nace allí, sino que como bien
se sabe, con esta terminología, nace en relación al posicionamiento
ideológico en la Revolución Francesa y las palabras surgen de la
ubicación física de los convencionales vistos de la Mesa de la
Convención; de izquierda son los convencionales sentados a la
izquierda del presidente y de derecha los sentados a la derecha del
mismo. En términos ideológicos, va desde las posturas más radicales
en lo político (igualitarismo, republicanismo), lo religioso
(laicismo anti-religioso) y lo social (defensa de la baja burguesía,
el incipiente proletariado y las masas campesinas), a las tesituras
más conservadores en los tres terrenos (monarquismo, clericalismo
particularmente asociado al alto clero, defensa de la gran
burguesía). El eje como tal se reformula permanentemente, pero no
por ello desaparece. Pero más allá de la voluntad de cada quien, su
uso continúa con toda fuerza en el terreno de las ciencias sociales
y en Europa también en el uso político, tanto de actores políticos
como de analistas.
En
Europa los partidos se clasifican en de izquierda y de derecha, con
los matices correspondientes. En Italia el gobierno así mismo
denominado de centro-derecha fue desplazado por una coalición
autodenominada de centro-izquierda, que comprende partidos de
centro, de centroizquierda, de izquierda moderada y de izquierda
radical, todos términos usados por los adversarios y por los
propios. En España, en ese peculiar uso que se hace del plural, los
de izquierda se llaman de izquierdas y los de derecha se denominan
de derechas. El problema es que en Uruguay la palabra derecha no fue
de buen recibo, más bien ha sido un término denigratorio; por eso
siempre ha existido un peculiar eje donde en una punta está la
izquierda y en la otra punta el centro. De centro se autocalificó un
grupo inequívocamente de derecha (en la terminología europea) como
el pachequismo, y de centro derecha son en esa misma terminología y
fuera de toda duda el herrerismo y la Lista 15 de Jorge Batlle. Pero
como los de derecha no aceptan usar el término, se tiende a
descalificar el eje. Por otro lado, un grupo que en Europa sería de
centro o centroizquierda (como el Foro Batllista), la izquierda y el
grueso de la opinión pública lo consideran de derecha.
Hecha esta precisión. Cabe otra. En la reformulación del eje
izquierda-derecha subsisten buena parte (no todas) de las bases
clasificatorias que aporta la segunda mitad del siglo XIX y la
primera mitad del siglo XX. Y aquí sí permite ver los elementos
comunes y los elementos divergentes en la ola sudamericana. Como
elementos comunes (con la única excepción de Chile) surge: Uno, que
casi todos los movimientos suponen un fuerte cambio político en
relación a la situación pre existente en los respectivos países.
Dos, un relativo recelo a la política exterior de los Estados Unidos
y a su hegemonía en el hemisferio. Tres, que promueven políticas en
cuyo discurso hay un fuerte apoyo a lo social y a lo popular y una
relativa desconfianza del mercado o búsqueda de freno al libre
mercado puro. Pero esos elementos en común no deben hacer olvidar
distinciones extraordinariamente fuertes, que tienen que ver con dos
niveles: el análisis de las ideologías de los presidentes, y la
correlación entre las ideologías de los presidentes y las mayorías
parlamentarias que los soportan.
Presidentes de izquierda, en la definición clásica del término, son
los de Brasil, Chile y Uruguay. De los cuales solamente el uruguayo
entra en la clasificación de un gobierno de izquierda, en tanto
composición plenamente de izquierda de las fuerzas políticas que
participan en el gabinete y en la conformación de una mayoría
parlamentaria. Brasil es un gabinete predominantemente de izquierda,
con una mayoría congresional de centro a derecha. Chile tiene un
gabinete de coalición de partidos de centro, centroizquierda e
izquierda, con mayoría legislativa de la misma paleta. Chávez es
difícilmente clasificable como un hombre de izquierda y responde más
a los patrones clásicos de los populismos latinoamericanos circa
mediados del siglo XX, así como Kirchner aparece como el populismo
peronista redivivo de la primera mitad de los años cincuenta. Los
populismos tienen muchos puntos en común con la izquierda, como
también tienen muchos puntos en común con la derecha extrema; en
general los populismos tienen poco y nada en común con las posturas
del liberalismo político, y en particular del liberalismo político
de centro. Y en ninguna de ambas clasificaciones entra un movimiento
que responde a una realidad muy profunda, semimilenaria, como lo es
el etnicismo indigenista de Evo Morales, más allá de que algunos
alineamientos internacionales y medidas políticas puedan
emparentarlo o con izquierdistas o con populistas.
|