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Hace 30 años la izquierda identificaba el poder económico con la
tenencia de la tierra y la producción agropecuaria. La “oligarquía
ganadera” era la tipificación de dicha elite sociopolíticoeconómica,
la reforma agraria el instrumento para su derrota, expresado en el
rebelde “A desalambrar” de Daniel Viglietti, cantautor portavoz de
la veta “ultra” (según la terminología de la época), “radical”
(según la terminología actual) o pro-tupamara, en una clasificación
de geografía política. José Mujica Cordano, alias “El Pepe”, pasó de
alzarse en armas para derrotar a la “oligarquía ganadera”, a ser el
vocero de los reclamos de la Federación Rural hacia las elecciones
de 2004 y durante el primer año de gobierno, al punto que su
discurso en el pasado Congreso de la gremial agropecuaria fue una
especie de rendición de cuentas ante sus mandantes, un lamento por
las promesas que no ha podido llevar adelante y una amenaza de
renuncia a su dicasterio proferida en medio de sapos y culebras. En
realidad Mujica invoca en su favor los compromisos asumidos por el
Frente Amplio en la campaña electoral (por buena parte pero no por
todo él), pero sí por el presidente de la República; en particular
por el discurso del 1° de marzo en la escalinata del Palacio
Legislativo. En ese escenario peculiar, en el medio de la gran
escalinata marmórea, televisado desde abajo, agigantando por el
juego de luces, con la banda presidencial puesta, Tabaré Vázquez
pronunció aquella frase que no deja lugar a dudas: en este país
nadie va a perder sus bienes por haberse endeudado trabajando.
Este giro de Mujica es correlato de dos hechos de características
históricas. El primero, ocurrido en esos 30 años, es la pérdida de
poder político, económico y social de las elites ganaderas,
reflejado en el endeudamiento del sector y en una Federación Rural
que clama y protesta, porque ya no tiene la capacidad de antaño de
imponer y amenazar. El segundo hecho es que el agro, tradicional
baluarte político-corporativo del Partido Nacional (aunque quizás un
baluarte mucho más simbólico que efectivo) dejó de serlo: buena
parte de los productores rurales, y de los grandes, buscaron cobijo
bajo los paraguas del Frente Amplio. La dirigencia blanca quedó
prácticamente sin ningún sector corporativo al cual representar en
forma primordial o exclusiva. Y este último proceso ocurrió ante la
mayor pasividad de esa dirigencia nacionalista, que no atisbó a
ningún contraataque efectivo.
En este gobierno, una de las praxis del oficialismo fue jugar toda
la disputa política posible al interno del mismo, sin dejar espacio
alguno para la oposición. El tema del endeudamiento agropecuario es
un claro ejemplo, donde en el Frente Amplio y en el gabinete
conviven desde la posición más ortodoxamente defensora de la
intangibilidad de los créditos bancarios hasta la postura
contestataria de la modificación de los contratos por ley. Como
quien dice, con algo de caricaturesco, desde la ortodoxia
libremercadista hasta el paradigma del intervencionismo estatal.
Como es de notoriedad, la política económica ha sido concebida,
planificada, profundizada, aterrizada y ejecutada por Danilo Astori,
con el apoyo invalorable y totalmente coincidente del subsecretario
Mario Bergara y del jefe de la Asesoría Macroeconómica Fernando
Lorenzo. Ni en la política agropecuaria, ni en la industrial, ni en
la energética, ni en salud, educación o políticas sociales, se ha
podido desviar un solo centavo de los objetivos y metas del equipo
económico a largo, mediano, corto e inmediato plazo. Y José Mujica,
al cabo de casi 9 meses de férrea colaboración y juego en equipo con
el ministro de Economía, rompe ese eje, se enfrenta, patea y amenaza
con la renuncia. El presidente abre entonces un espacio para buscar
el mantenimiento del ministro en el gabinete, para evitar el riesgo
de un líder del MPP suelto en el Senado sin ninguna atadura; ese
espacio es una nueva instancia de negociación que en los hechos
debería terminar en algunas concesiones del Equipo Económico y
algunas ganancias del ministro de Ganadería; más acá o más allá
dentro de los margenes trazados por el viejo Salomón.
Lo que rompió el juego, lo que pateó el tablero, es que el
presidente del Partido Nacional apareció con un inesperado jaque a
Mujica, cantado delante de todos los congresales de la Federación
Rural. No hay nada más elemental que sumar 36 y 20 para dar 56; 36
diputados blancos más 20 del Espacio 609 son una cantidad que supera
en 6 la mayoría absoluta de la Cámara de Representantes. Y la otra
suma es 11+5 ó +6, que da también mayoría absoluta en el Senado. El
nacionalismo desafía a sumar los votos de ambos grupos políticos
para sancionar una ley que contemple todas o la mayoría de las
aspiraciones de los rurales endeudados, ley que solo podría no
promulgarse de jugarse Tabaré Vázquez a la otra punta, a la
ortodoxia astorista, y vetarla. Con esta inesperada movida, el
presidente del Directorio blanco dejó sin espacio al ministro de
Ganadería, porque habiendo votos para sancionar una ley, todo lo que
se aparte de esa solución será visto por los rurales como
debilidades o concesiones de Mujica. Larrañaga marcó la cancha de
donde Mujica no pierde ante los rurales, y de allí hacia cualquier
punto de entendimiento con Astori es la distancia en que Mujica
pierde más o pierde menos. A esta altura, en ningún terreno
realmente gana: empata o pierde.
Pero esta jugada del líder blanco va más allá del juego concreto del
ministro de Ganadería y el endeudamiento agropecuaria: es una jugada
de largo aliento, estratégica, la primer jugada para buscar el
comienzo de un proceso de recuperación de su tradicional sostén, de
los socios que perdió, que son los productores rurales, al menos los
ganaderos de la Federación Rural.
Para que la jugada nacionalista sea completa requiere que el jaque
continúe con una ofensiva, lo que supone aunar posiciones dentro del
nacionalismo y en pocos días presentar un proyecto de ley con el
respaldo de los 36 diputados y 11 senadores blancos. Si ese acuerdo
nacionalista no aparece, si ese proyecto no se presenta, entonces el
jaque puede diluirse, como muchos jaques, en una amenaza que pasa, y
entonces Mujica ya no estará tan acorralado, tendrá más espacio de
juego, no necesariamente perderá con una transacción, y hasta puede
ganar.
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