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El 16 julio de 1950 la entonces capital de Brasil, Río de Janeiro,
amaneció engalanada con guirnaldas y luces para festejar la
obtención del IV Campeonato Mundial de Fútbol. Fue programado hasta
el penúltimo detalle del festejo; el último detalle se pasó por
alto, se olvidó que para festejar un triunfo primero hay que jugar y
luego ganar, y el partido todavía no había ni empezado. Como ya es
leyenda que los padres uruguayos cuentan a los hijos, y los hijos a
sus hijos, Río de Janeiro y Brasil enmudecieron; no hubo festejo.
Esto viene a cuento no porque se haya inaugurado una nueva edición
del Campeonato del Mundo, sino porque se han echado a tañer las
campanas para celebrar el triunfo de Uruguay en La Haya y se
especula de cómo administrar ese éxito. Al igual que medio siglo
atrás en Maracaná, conviene primero que se juegue el partido; apenas
han culminado las audiencias y los diecisiete jueces recién van a
empezar a hincar el diente. Correrá buena parte o todo el verano
boreal antes de que pueda orejearse el resultado. Como quien dice,
antes de invitar a la boda conviene saber si la novia va a dar el
sí.
Lo que aparece claro – como diría el célebre Perogrullo – es que la
Corte puede dar la razón a Uruguay, o dársela a Argentina o vaya por
una solución intermedia, más cerca de uno, más vecino al otro o más
por la línea media. También es claro que hay un breve tiempo de
espera hasta que se conozca el pronunciamiento sobre la medida
cautelar solicitada por el gobierno de enfrente, un tiempo largo
(más largo que el de este gobierno) para que haya un fallo sobre el
litigio de fondo y entre tanto la vida sigue, con Argentina y
Uruguay en un matrimonio indisoluble, porque en este planeta los
países no pueden cambiar de barrio. Entonces lo razonable es pensar
cómo van a ser las relaciones entre ambos países de aquí en adelante
y como van a afectar a las mismas los dos pronunciamientos de La
Haya más el del Banco Mundial (la decisión sobre concesión de
créditos a las dos empresas de celulosa).
Para analizar los pasos a seguir es necesario tener presente algunos
elementos sustanciales. Uno, la idiosincrasia del pueblo uruguayo y
por ende de sus elites son muy diferentes de la idiosincrasia del
pueblo argentino y mucho más de sus elites; la aparente semejanza,
comunidad de parla y similitud de costumbres conllevan muchas veces
al error de no ver diferencias profundas en los valores y las
actitudes. Dos, cada una de las partes tiene una visión diferente de
lo que ocurre (sobre las plantas de celulosa y sobre todos los demás
temas); cada una tiende a ver que la otra le jugó sucio, no cumplió
con los compromisos y emitió mensajes engañosos. Tres, es frecuente
aplicarle al otro el estilo, los valores y las formas de acción de
uno, y eso conlleva a errores profundos de estrategia. Cuatro,
también es frecuente incurrir en el error opuesto, saber que el otro
es diferente y verlo no a través de cómo es sino de la caricatura
que uno cree que es. Quinto y fundamental, tener presente que los
intereses de cada uno son diferentes y que cada cual puede arriesgar
cosas diferentes y rifarse cosas también diversas. Sobre el segundo
elemento sustancial, corresponde ampliar: en Uruguay se percibe que
Argentina jugó sucio, de manera prepotente y por malas razones; pero
Argentina percibe (y en particular Kirchner siente) que Batlle le
jugó sucio al menos dos veces de manera fuerte, que Vázquez lo
engañó al menos dos veces y le mintió. Si se quiere negociar de
verdad, hay que entender claro lo que siente el otro, aunque se
considere que esté profundamente equivocado.
Administrar cualquier resultado inmediato tanto en La Haya como en
el Banco Mundial, los resultados que fueren, es muy difícil para
cualquiera de las dos partes. Por lo pronto para Uruguay son claros
los efectos catastróficos de dos resultados adversos (en verdad no
necesitan ser administrados, sino que se requiere una terapia
nacional para repensar lo que se va a hacer), pero no son claros los
efectos de resultados completamente favorables ni tampoco de
decisiones tendencialmente favorables al país, equilibrados o
tendencialmente contrarios. Entonces, lo primero que cabe es pensar
caminos de acción para cada uno de los escenarios posibles.
Dos grandes riesgos en que puede incurrir el Uruguay, especialmente
si es total o parcialmente favorecido, son uno la soberbia y
desconfianza, y otro la ingenuidad y debilidad. Con ninguno de los
dos extremos es posible negociar con Argentina, uno diría que nunca
y en ningún terreno. No hay ninguna negociación exitosa si se parte
de percepciones erróneas y de información deficiente. En la etapa
anterior, fundamentalmente en la etapa previa a que Argentina
recurriese a La Haya, la postura oficial de Uruguay evidenció
percepciones erróneas de la contraparte, análisis insuficiente de
cómo ve, siente y juega el otro. Tras la soberbia del triunfalismo
aparece la segunda soberbia que es la actitud perdonavidas; si
alguien cree que puede jugar con Argentina de perdonavidas, no ha
entendido nada ni del vecino ni de su presidente. Y la otra actitud
que aparece es la de “ganamos y perdónenos”, una mezcla de soberbia
maracanaense con debilidad.
El andarivel que le queda a Uruguay si el resultado es tendencial o
fuertemente positivo es muy estrecho, porque el país tiene mucho más
para perder en una confrontación con Argentina que la que tiene el
vecino en una confrontación con este lado. Si se confronta el que
más tiene para perder es Uruguay, y si no se confronta también,
porque el gobierno vecino no hace las paces con débiles ni
derrotados, sino que los aplasta. Y porque mientras en Uruguay se
cuida mucho el largo plazo, en Argentina (particularmente con
Kirchner) se vive al día. El entramado de relaciones
uruguayo-argentinas o mercosurianas son difíciles de desatar, ya que
van desde acuerdos comerciales o aranceles (que es lo más fácil de
deshacer) hasta acuerdos de reconocimiento de servicios con fines
jubilatorios. Y pasan por la interconexión eléctrica y el suministro
de gas natural. Más los puentes.
Todo esto obliga a ir ya trazando los diversos escenarios posibles,
que son muchos, y pensar los cursos de acción para cada uno. Pensar
ahora, tener las respuestas prontas, y no cuando los puentes
aparezcan cortados.
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