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El presidente de la República vive un particular momento, producto
de un conjunto de problemas personales y de problemas políticos: al
interior del gobierno y del partido de gobierno, de las más diversas
organizaciones sociales y empresariales con el gobierno, del país
con el país vecino y del país en el mundo, y del presidente con los
principales medios de comunicación.
Desde la noche de la elección a hoy ha dado dos señales opuestas,
contradictorias, sobre el modelo de país al que apunta: ha apelado
al consenso y en los últimos días apela (o vuelve a apelar) a la
polarización, al país dicotómico, donde solo se admite que se esté
de una parte o de la otra, sin posibilidad alguna de tierra de
nadie. Cualquier modelo es válido. Nada más alejado del consenso,
nada más paradigmático del país dicotómico, que España, donde el
jefe del Gobierno y el jefe de la oposición se tratan en público en
una forma que en Uruguay hubiese devenido en duelo (al menos hasta
unos años atrás, cuando todavía regía la ley de duelos), donde los
partidos se descalifican mutuamente; y nada de eso hace que merme el
carácter democrático liberal de España, o más exactamente su calidad
de poliarquía plena. Nada tiene de malo querer un país dicotómico
como tampoco lo tiene el querer un país de consenso. Son opciones
ideológicas, pero también son opciones de estructura de
personalidad: hay personas cuya propia personalidad los lleva a la
dicotomía, porque el mundo lo ven en blanco y negro, o con muchos
tonos de blanco y otros tantos de negro, y hay personas cuya propia
estructura psíquica los lleva a la consensualidad, porque ven el
mundo con una extensa gama de colores, y gustan y aprecian de los
matices. Además, más allá de las estructuras personales y de las
ideologías, hay momento en el mundo, hay espacios y tiempos en que
la historia lleva a la consensualidad y espacios y tiempos que
conducen a la polarización.
Pero más allá de contextos, un presidente debe elegir con claridad
hacia donde quiere apuntar. En un momento duro del país, que
preanunciaba los peores momentos de la historia moderna, Jorge
Pacheco Areco fue un presidente que apeló a la polarización, en
perfecta sintonía con una buena parte de la oposición que también
apelaba a la polarización. La confrontación entre “La Democracia”
contra “El Comunismo” o “La Patria” contra “La Subversión” tuvo su
correlato en la dicotomía “Oligarquía-Pueblo” o
“Imperialismo-Liberación”. Razones hay de una parte para sostener
que efectivamente su concepción de democracia o de patria estaba en
peligro ante su propia concepción de comunismo o subversión; y
razones hay de otra parte para sostener que su concepción de cambio
revolucionario o de liberación nacional obligaba a emprender un
combate frontal, por las vías que fuesen, contra su concepción de la
oligarquía y el imperialismo. Pero cada una de las partes no dudó en
jugar a la confrontación y Pacheco Areco como presidente fue un gran
manejador del poder en esa concepción, teniendo además absoluta
claridad de qué límites se autoimponía en esa confrontación. Y una
parte significativa de la izquierda también supo manejar la
confrontación y poner límites a la misma. Pero puede ser que Pacheco
no haya tenido claridad de ver que aunque él se autoimpusiese
límites, las mismas ruedas que puso a girar llevaban a que los
límites se sobrepasasen; y puede que esa gran parte de la izquierda
tampoco atinase a frenar las ruedas que ella misma, o sus aliados,
pusieron a girar. Pero como fuese, se entró en una dialéctica de
confrontación, con el crescendo propio de esa dialéctica, y con un
manejo de cada quien en función de la misma.
A partir de la restauración democrática, más bien luego de
promediarse el tiempo dictatorial, el país comenzó a virar hacia el
consenso. De ese viraje nacieron el Pacto del Club Naval, la
Concertación, la Entonación Nacional, los gobiernos de coalición. La
consensualidad en unos casos pudo ser plena, en otros casos
limitada, desprolija.
Un presidente, un gobierno, pueden tener un primer periodo, un
tiempo de rodaje, en que no tengan claro a dónde debe apostarse,
entre otras cosas porque apostar a lo uno o a lo otro requiere
también verse las respuestas de los demás. Así como no hay
matrimonio por la sola voluntad de una parte (en un país libre y
moderno), tampoco hay consensualidad porque uno solo aspire a ella;
aunque también es verdad que tampoco hay confrontación si uno quiere
confrontar y el otro no; también para pelearse se requiere el común
acuerdo de querer pelear entre sí. Pasado el tiempo de rodaje (y
transcurrir más de la cuarta parte de un periodo de gobierno lo es),
no cabe más juegos de ensayo y error, sino que la técnica del buen
gobierno – más allá de ideologías, valores y opciones políticas –
impone la necesidad de elegir un camino, o al menos de dejar clara
las señales presidenciales: el presidente quiere ir hacia la
polarización o el presidente quiere volver a la consensualidad.
Esta definición presidencial parece imprescindible para el propio
gobierno y también para el resto de los actores políticos y
parapolíticos. Surge la absoluta necesidad de que las cartas estén
arriba de la mesa, boca arriba.
Hoy hay un gobierno acosado por los cuatro lados, por las razones
más diversas y opuestas entre sí, donde cada lado tiene a una parte
del gobierno en su favor y a otra o varias otras en su contra. Hay
un gobierno dividido con una mayoría parlamentaria en confrontación
interna. El presidente juega desde la distancia, dejando que los
actores internos se desgasten, que ministros y parlamentarios hagan
su juego hasta que, desgastados, reciban el arbitraje presidencial.
Pero cuando el dictat presidencial se demora, el tiempo que se
pierde es tiempo de gobierno, tiempo del propio presidente, y la
demora en esta segunda cuarta parte del tiempo de gobierno implica
desgaste de ministros y parlamentarios, pero sustancialmente
conllevan al desgaste del gobierno y a la erosión de la figura
presidencial. La erosión de ministros, la erosión del gobierno, la
erosión oculta de la figura presidencial, tarde o temprano llevan al
desgaste fuerte del propio presidente. La técnica del buen gobierno,
como conclusión esencialmente técnica de una ciencia y un arte,
conlleva a ver que el presidente debe empezar a conducir, a tomar
decisiones por sí mismo, al costo que fuere, que seguramente será
mejor que el costo de no decidir.
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