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El Plan de Emergencia fue concebido como la nave insignia del
primer gobierno de La Izquierda en Uruguay. En lo proclamado
implicaba erradicar en un plazo de 24 meses la indigencia, la
pobreza extrema. En una definición más estricta implicaba un
objetivo reducido, que suponía levantar a quienes se situaban en el
último escalón de la sociedad y llevarlos al penúltimo; y esa gente
a rescatar no pasaba de las 80 ó 100 mil personas. Y además se
imaginó que esa erradicación de la indigencia iba a tener efectos
visuales significativos sobre la sociedad o, en otras palabras, que
el mirar la sociedad en forma panorámica iba a verse un paisaje
claramente diferente al anterior, mejor. Con ello se iba a demostrar
que bastaba voluntad política y una orientación definida en favor de
los más necesitados, para que las cosas se hiciesen.
Pero
además se partía de otra base complementaria. Los estudios de las
políticas sociales en Uruguay tienden a coincidir, en una mayoría
muy grande, en que el país hace mucho tiempo que gasta mucho dinero
en esas políticas, pero que lo hace mal, con superposición de
prestaciones y de servicios, con exceso de intermediación o de
estudios de diagnóstico, que hace – lo uno y lo otro – a que haya un
resultado muy bajo por cada peso invertido. De donde, una buena
coordinación de los recursos existentes, una mayor eficacia en la
distribución del gasto, una mayor profesionalización en la
ejecución, multiplicaba los resultados con la misma inversión.
Entonces el Plan de Emergencia venía a dar resultado por la
inversión de cien millones de dólares por un lado y de la
multiplicación de efectos de los dineros ya existentes y aplicados.
Además, en gran medida concentrado el gasto en menos del 3% de la
población del país, parecía asegurar resultados inmediatos, con la
inmediatez que supone un tiempo de escasos 24 meses.
La
realidad fue otra y de ahí vino la primera sensación de hundimiento
del buque insignia. En primer lugar porque no había ningún plan de
Emergencia, sino lo que había era un objetivo y una sensibilidad de
atacar al problema. Al no haber plan, no había tampoco pensado los
instrumentos. Así se fue improvisando sobre la marcha. El órgano
coordinador de políticas sociales devino en un nuevo ministerio, el
de Desarrollo Social; por tanto, de coordinador pasó a unidad
ejecutora. La coordinación de las políticas sociales nunca siquiera
se intentó, al punto que el nuevo Ministerio comenzó a cumplir
servicios ya previstos y de competencia de otras reparticiones
públicas; así pasó a ejecutar políticas de salud que corresponden a
un voluminoso departamento estatal como lo es de Salud Pública
(ahora llamado simplemente de Salud) y empieza a dar pasos hacia la
invasión de potestades de la Administración Nacional de Educación
Pública. No solo no hubo coordinación, sino que se amplió la
superposición de prestaciones y de servicios. No había plan ni
instrumentos, pero tampoco había una categorización clara de lo que
se quería atacar. Y ese último escalón devino en último, penúltimo y
más, y así más que se duplicó el número de hogares objeto del
programa. Esa ampliación, producto del cambio de objetivo, intentó
ser explicada desde el gobierno como el descubrimiento de más
pobreza de la medida, lo cual no tiene asidero, porque lo que falló
no fue la medición de la pobreza sino la conceptualización de qué
cosa se catalogaba como qué. Además, se complicó la comunicación, y
se simplificó la idea en la prestación de un cheque por algo más de
mil trescientos pesos sin contraprestación efectiva alguna. Todo
esto, en un marco de improvisación en el sentido literal del
término, de comenzar a planificar sobre la propia marcha, cuando la
gente acuciaba con las demandas, generó la sensación de caos y
fracaso del plan.
Sin
embargo, a un año y cuarto de funcionamiento se aprecia que lo que
comenzó a funcionar es otra cosa, otro plan de emergencia, es decir,
un plan producto de su elaboración sobre la marcha, con mucho ensayo
y error, en medio de aciertos y desaciertos, y con objetivos
reformulados. Y esos objetivos reformulados implican varias cosas.
La primera es que ya no se trata de un plan fulminante para
erradicar de la indigencia a tan solo 80, 90 ó 100 mil personas,
sino un plan para atacar los niveles de indigencia de unos y de alta
pobreza pero no indigencia de otros, que en conjunto trepan cerca de
los 300 mil. La segunda es que el combate no es exclusivamente por
el logro estrictamente económico, sino a través de otro tipo de
ganancia o enriquecimiento de los individuos.
Y
aquí vienen cosas muy interesantes. La primera es el combate a la
indocumentación. Uruguay dejó crecer sin darse cuenta un sector,
pequeño pero relevante, de personas sin existencia civil, o con
capitas diminutio: unos por siquiera estar inscriptos en el registro
de nacimientos; otros porque luego de haberse registrado su llegada
al mundo, allí quedaron, y jamás tuvieron una cédula de identidad.
Esa falta de cédula de identidad los llevó a una situación
jurídicamente absurda: carecer de atención de salud en un país que
la definición de Salud Pública es el derecho universal a esas
prestaciones: todo individuo tiene derecho a asistirse en los
hospitales y policlínicas estatales, y a hacerlo gratuitamente si
está por debajo de determinada línea económica; resulta que esa
universalidad quedaba cortada por la indocumentación. La
documentación otorga al individuo dignidad, pero además derechos a
la salud, la asignación familiar y otras prestaciones. Este sin duda
ha sido un primer logro de este plan que comenzó casi como un buque
hundiéndose.
Luego viene la incursión en las áreas de salud y educación, y con
ello han llegado dos líneas de alta discusión. En esencia supone que
Uruguay no tiene capacidad, o no tiene profesionales adecuados, o
los mismos no están dispuestos a brindar los servicios con criterio
social en algún área de la salud (como la oftalmología) y en una
parte de la educación, como la alfabetización de la población real o
técnicamente analfabeta. Esa es una primera discusión, si ese punto
de partida del gobierno es compartido o no por el grueso de la
población y de los actores de la salud y la educación. Una segunda
discusión es si efectivamente Cuba tiene niveles superiores como
para ayudar al Uruguay, y si Uruguay ha decaído tanto como para
necesitar ayuda médica y pedagógica de un país tradicionalmente más
atrasado que éste en ambas áreas. Estas son dos discusiones abiertas
que todavía no se han dado.
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