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Allá por 1920 un general francés recorría el sur de las Américas
en nombre de una Francia herida y empobrecida por la Gran Guerra.
Uruguay lo recibió con un gran regalo para el país de admiración de
las elites rioplatenses de entonces: le condonó la importante deuda
contraída durante la guerra. Treinta años después la historia se
parece: tras venderle carne, lana y cueros por seis largos años sin
pago alguno, Uruguay se encuentra con un considerable crédito contra
el empobrecido y en disolución Imperio Británico. La deuda era
demasiado importante como para condonarla, pero se traduce en pagos
en especie harto favorables a la decadente metrópoli. Este país que
presta dinero y perdona créditos a los grandes imperios, es el que
por esa época –al promediar el siglo XX– ostenta indicadores de
calidad de vida por encima de la totalidad de los países europeos.
Un país que creó uno de los primeros y más exitosos sistemas de
Welfare State, una de las primeras y más sólidas democracias
modernas. Un país que esencialmente se comenzó a poblar con
colonizadores recientes (arribados a mediados o fines del siglo
XVIII) y se inundó con descendientes de los barcos, aquellos
inmigrantes que llegaron a raudales entre las mitades de los últimos
dos siglos. Esta es una visión del Uruguay: el país poderoso,
europeo e integrado, que subsiste hasta hoy.
Hace cuatro décadas por estas latitudes comenzaron a sonar los
tiros y las bombas, también vino la lógica del cuartel, y este país
no se diferenció en colores ni matices de un continente poblado de
dictaduras militares, más nuevas o más viejas, más sanguinarias o
menos sanguinarias. En algún momento, los uruguayos se sintieron
pobres de solemnidad, lejos del consumo, con llagas sociales
abiertas y exhibidas: desnutrición infantil, analfabetismo,
desempleo, empleo precario, falta de protección social. Como
corolario, ausencia de futuro y el país de inmigrantes pasó a ser
país de emigrantes. Si alguna vez fue europeo, Europa dejó de
reconocerlo entre sus hijos. El país descubrió América Latina, se
sintió parte de ella, de su sufrimiento, de su lucha, de su dolor.
Como parte de esa América Latina se sintió explotada por el imperio,
el del norte del hemisferio. También sintió ver que en este país hay
gente que vive muy bien (pocos) y gente que vive muy mal (la
abrumadora mayoría). Esta es otra visión del Uruguay: el país pobre,
explotado, socialmente desigual.
En los noventa, en la década pasada, comenzó a renegarse del
Welfare State y de las rancias raíces europeas, pero también a
rechazar el latinoamericanismo y la identificación con la pobreza.
Más bien no se anclaba en ningún pasado sino en el culto al futuro,
a la búsqueda de la excelencia, al mejoramiento a través de la
competencia, el riesgo, la innovación. La libertad entendida como
libertad del individuo en todas sus manifestaciones, incluidas las
de comerciar, fundar y gestionar empresas, hacer negociar y
prosperar. Sin duda el modelo no se anclaba ni en la vieja Europa ni
en la clásica América Latina, puede decirse que estaba en los
Estados Unidos, o en países renovados de Europa o en países
renovados de Latinoamérica. Es una tercera visión del Uruguay, la
del país con un futuro por delante, en tanto deje de lado el
regodearse en la pobreza o las ataduras del pasado; es el país de
los desafíos, de las oportunidades a explorar.
Cada visión es producto de un conjunto de ideas y de valores de
cada quien en relación al mundo, al hombre y a la sociedad, es
decir, es el resultado de aplicar al Uruguay una cosmovisión
determinada. Pero más allá de las diferencias de cosmovisiones, sin
duda cada una de estas tres pinturas contiene elementos que todos
reconocen: cada uno dibuja una parte de la realidad del país.
Con la exageración que supone encerrar pensamientos diversos y
matizados en unos pocos trazos, en estas descripciones hay elementos
significativos de divergencias profundas sobre el país, divergencias
que no separan propiamente a los partidos, sino que atraviesan a los
partidos y a los grupos, incluso atraviesan las generaciones. No
necesariamente para unos es válido un modelo o el otro. A veces por
ejemplo se ata la nostalgia del welfare state con el culto a lo
latinoamericano.
Dicen los psicólogos que cuando uno describe una situación, no
solo dice lo que pasó, sino que expresa lo que quiere que sea. En la
multiplicidad de facetas de la vida, en las cosas buenas y en las
cosas malas que a cada uno le ocurren, como persona, como grupo,
como sociedad y como país, sin duda unos rescatan una cosa y otros
rescatan otra. Porque no solo cuentan cómo les fue, sino que en ese
relato, que puede ser una forma de contar, o de soñar, o de sentir,
expresan lo que desean ser.
Por aquí, al mirar el pasado y describir el presente, es como los
uruguayos se plantean el futuro, el qué quieren ser como colectivo,
el dónde quieren estar, el con quién quieren compartir los años por
venir, el a dónde desean apuntar. Y en esto sin duda hay
divergencias sustanciales en la sociedad, que van desde la
valoración de los maestros y planes educativos nacionales a la
gratitud por la importación de planes educativos y maestros cubanos,
desde la profundización del Mercosur hasta el abandono del mismo,
desde la identificación profunda con la historia latinoamericana a
la vivencia de las raíces europeas. Van desde valorar lo hecho por
las elites nacionales desde la creación del Estado hasta por lo
menos la mitad del siglo pasado (o hasta los noventa), hasta
considerar que hay un siglo y tres cuarto de sistemática
destrucción. El debate que Uruguay se debe sobre el futuro es mucho
más profundo que un tratado de comercio con Estados Unidos, la
asociación con Venezuela, la vigencia de cláusulas comerciales con
Brasil o el cierre de los puentes con Argentina. Porque siempre en
el rumbo del país va a ser muy importante lo que hagan o pretendan
hacer los demás, pero en primer término siempre importa hacia dónde
uno quiere dirigirse. Como decía un viejo baqueano, es difícil
llegar a algún lado si no se sabe a dónde se quiere ir.
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