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El gobierno pasa por una situación crucial; seguramente en el
correr de este semestre se decida la suerte del mismo, para bien o
para mal del gobierno, de la izquierda y del país. Hay profundas
divergencias al interior del gobierno sobre la política económica,
la reforma tributaria, la política exterior, el derecho de huelga y
su corolario en cuanto a ocupación de empresas, la política de
seguridad pública. El mayor problema es que esos conflictos no se
resuelven y aparentemente no tienen formas ni ámbitos claros para su
decisión. A lo que hay que sumar la bomba potencial del tema aborto,
donde ya no hay una división interna de la mayoría, sino de un lado
la totalidad del Frente Amplio (con algunas excepciones a título
personal) y del otro lado en solitario y en posición intransigente
el presidente de la República.
Por lo pronto como ámbitos de decisión existen el dictat del
presidente de la República (que para que resulte eficaz requiere del
insoslayable acatamiento por todos y cada uno de los gobernantes,
administradores y legisladores de la mayoría), el Consejo de
Ministros, la bancada de senadores, la bancada de diputados, la
Agrupación de Gobierno, la Mesa Política (más el Plenario y
eventualmente el Congreso), las reuniones de cabezas de lista. La
correlación de fuerzas entre las siete corrientes frenteamplistas y
el peso personal del presidente de la República son diferentes según
cual fuere el ámbito elegido. Para complicar aún más la situación
–con independencia de razones y de culpas– no funciona la relación
entre el vicepresidente de la República y la mayoría parlamentaria
en tanto nexo del gobierno con su soporte legislativo; tampoco
funciona con eficacia el rol del presidente del Frente Amplio en
tanto nexo del gobierno y del presidente de la República con la
estructura frenteamplista. El problema se agrava si se observa que
en dos de las siete corrientes comienzan a darse serios problemas
internos: en uno casi ya no puede hablarse de que es una sola
corriente, sino que está a mitad de camino entre la separación de
cuerpos y el divorcio vincular; en el otro caso, hace impredecible
el rumbo de esa corriente. Y en las demás corrientes, sin riesgos de
divisiones, hay concepciones e intereses divergentes
A esto hay que agregar estilos personales, del presidente y de
varios líderes. El presidente es una persona que no gusta del
diálogo, ni del mano a mano ni en grupo; por naturaleza no es un
zurcidor, ni alguien que destine horas a departir con sus ministros.
El ministro de Economía tampoco gusta del diálogo; cuando habla es
para explicar cómo son las cosas y qué debe hacerse, con criterio de
clase magistral, sin dejar lugar alguno al diálogo. A lo que hay que
sumar algunas características complicadas de otros líderes
sectoriales o de los propios sectores. Más de la cuarta parte del
tiempo de gobierno es suficiente para advertir que este es el
problema más importante y urgente que tiene el oficialismo para
resolver. Puede haber opiniones muy diversas sobre qué debe hacer el
gobierno y a dónde debe ir. Parece que no puede haber opiniones
divergentes sobre la necesidad de un cambio urgente de
procedimientos; que por este camino la cosa no va. Tampoco puede
haber opiniones demasiado divergentes (dejando de lado las que
surgen de los naturales deseos de la competencia política) en que
para el país es muy peligroso que este gobierno fracase, a tan corto
tiempo de lo que la gran mayoría de la sociedad entiende como
fracaso de los partidos tradicionales y sin que esa gran mayoría
sienta que aparecen soluciones alternativas. En estas condiciones,
guste o no, el fracaso del Frente Amplio podría llevar a una
argentinización de la política uruguaya, a una anomia, al que se
vayan todos.
En política y en el gobierno hay muchos estilos y formas de
conducir y de tomar decisiones. La elección de un estilo o de otro
depende más de las características personales de quienes tienen
sobre sí la responsabilidad de decidir, y también de la complejidad
del entramado de apoyo político. El Frente Amplio generó durante
mucho tiempo y en diversas etapas un ámbito central de toma de
decisiones, con diferentes nombres y protagonistas. Así fue que
entre 1971 y 1973 ese ámbito lo presidió Seregni, integrado además
por Arismendi, Cardoso, Michelini y Terra. En 1984 lo compusieron
Seregni, Batalla (un tiempo), Cardoso, Massera y Young. Luego por
casi cinco años fue integrado por Seregni, Batalla, Gargano,
Gerschuni Pérez y Lescano. Hubo otros, en el medio y después. Y
funcionaron lo mejor que pudieron funcionar. Tabaré Vázquez no es
Seregni y Seregni no es Vázquez. En un doble sentido: Seregni tenía
una capacidad de zurcir, hablar y escuchar, destinar las horas de
las horas a buscar soluciones, cosa que le es ajena por temperamento
a Vázquez. A su vez Vázquez tiene un poder de convocatoria popular,
una fuerza popular que (casi) nunca tuvo Seregni. El general solo
pudo imponer su decisión a título de dictat desde la salida de la
cárcel y por no mucho más de un año. Vázquez ha demostrado hasta
ahora ganar todas las veces que impuso el dictat. Esa es una gran
diferencia.
Pero sea cual fuere el método, la composición del ámbito, la
forma de decidir, el papel del conductor, el tiempo que destine a
zurcir, la cantidad de veces que imponga su decisión a rajatabla, lo
que aparece como urgente es que se decida la construcción de un
ámbito superior único, decisor en última instancia, sin apelación.
Que se sepa que es así y cuáles son las reglas de juego. Le va la
vida al gobierno, le va la vida al Frente Amplio, en que esto se
procese con la mayor velocidad.
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