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Desde que se avizoró la posibilidad de un tratado de
profundización comercial o de un Tratado de Libre Comercio con los
Estados Unidos de América, se supo que a la izquierda se le
planteaba el problema más difícil de política exterior y uno de los
dos o tres problemas más complejos en general de todo el periodo de
gobierno. En la izquierda, particularmente en su dirigencia y su
militancia, predomina un antinorteamericanismo visceral, profundo,
ideológico, que responde a visiones del mundo y concepciones
históricas muy arraigadas. Y también en la izquierda fue casi
unánime hasta poco tiempo ha una concepción ideologizada de las
relaciones internacionales.
La primera dicotomía es pues
entre la realpolitik y la política basada en principios e
ideologías. La segunda dicotomía va respecto al tema puntual, en
cuanto a una fuerte ligazón o no con los Estados Unidos. La tercera
dicotomía tiene relación con que un tratado individual de Uruguay
puede coludir con su pertenencia plena al Mercosur, lo que lleva
entonces a que las opciones tengan que ver con la permanencia total
en el bloque regional o desatar las ataduras, todas o algunas. Estas
últimas dos dicotomías se interrelacionan en el debate y plantean
una diferencia fuerte con la polémica en Colombia, Ecuador o Perú.
En estos países la discusión es sí o no a un TLC con la potencia del
norte; aquí la discusión va entre un TLC con Usa y cierta separación
de cuerpos con el Mercosur, o hacia la fidelidad integral al
Mercosur y la imposibilidad de un TLC comme il faut.
Estas dicotomías se
superponen con las divergencias entre concebir el gobierno
frenteamplista como un gobierno de cambio profundo, cuasi
revolucionario, o verlo desde una postura más pragmática, de
ajustes, modernizaciones y reformismo.
Pero además de las
controversias de fondo, a las tres dicotomías mencionadas, estas
negociaciones constituyen el escenario de múltiples juegos de poder,
algunos de los principales (y no todos) son:
Uno. La controversia entre
el poder presidencial (del presidente y de su entorno) y el poder de
los sectores políticos. En esta vieja puja aparecen cuatro tipos de
sectores: a) los de perfil propio que a la corta o a la larga
requieren actuar según su perfil, como MPP, Partido Comunista o
Asamblea Uruguay, sectores que coincidirán con el presidente cuando
su perfil y la postura circunstancial del presidente se encuentren
en el mismo meridiano; b) los que buscan como línea permanente el
seguimiento al presidente y la identificación con el primer
mandatario, como la Alianza Progresista en conjunto y por separado
sus tres elementos componentes; c) los que tienen en su seno una
fuerte controversia entre el perfil propio y el seguimiento
presidencial, como el Partido Socialista; y d) los dos con una
realidad más compleja y matizada, ya fuere por su posicionamiento
global como la Vertiente Artiguista o por la creciente complejidad
de su situación interna, como el Nuevo Espacio.
Dos. La controversia al
interior del Partido Socialista que enfrenta de un lado a los
seguidores de Gargano (o los que llevan una línea de cierto acuerdo
con el canciller) y del otro a los seguidores del presidente de la
República. Que es a su vez una confrontación entre la visión de un
PS con perfil propio, histórico y diferenciado y la visión de un PS
como “el partido del presidente” o “el partido de Tabaré”
Tres. La controversia que
lleva casi tres lustros, en torno a la figura de Danilo Astori y su
eventual posibilidad de candidato presidencial o de referente
principal del Frente Amplio
Cuatro. El juego específico
de poder en cuanto al control de la Cancillería, disputa que data
desde el día siguiente de las elecciones nacionales y continúa sin
interrupción, con sucesivos rounds. Como es obvio de un lado se
encuentra el Canciller Gargano y enfrente diversos contendientes,
que no necesariamente coinciden siempre, pero que primordialmente
son (dentro del Frente Amplio) el entorno presidencial y el equipo
económico.
Todos estos juegos de poder
tienen como marco un peculiar estilo de conducción de parte de
Tabaré Vázquez que, como se ha escrito en varios análisis, se
caracteriza esencialmente por una delegación plena de la conducción
en las áreas respectivas, el juego pendular entre las posiciones de
los diversos actores de segunda línea, el arbitraje de las
disidencias y en ocurrencias la imposición de una línea propia. Hay
tres cosas ajenas al estilo del actual presidente: salvo rarísimas
excepciones no marca el rumbo con claridad inequívoca y más allá de
toda duda; no trabaja en el silencioso y fatigoso zurcido y bordado
de diferencias internas; no realiza una acción didáctica para llevar
a la gente y a los dirigentes hacia la posición y el rumbo que el
gobierno quiera recorrer (no los realiza, entre otras cosas, porque
el rumbo la mar de las veces no está predeterminado y surge sobre la
marcha). Este estilo supone largos silencios.
Hasta ahora, la controversia
entre los actores del segundo nivel, del nivel inferior al
presidencial, servía para el desgaste de estos dirigentes y el abrir
espacio a la necesidad del dictat decisorio. La persistencia en este
camino está evidenciando sus límites, porque como pasa en la
actualidad, el nivel de compromiso de los dirigentes y de los
sectores, la solidez de las posiciones asumidas hacia un lado o
hacia el otro, el mutis del presidente, todo ello junto comienza a
señalar el riesgo de debilitamiento de la figura presidencial.
A lo que se suman otros
hechos. Uno es el juego de declaraciones contradictorias o evasivas.
Otro es cuando en relación al conflicto con Argentina queda
prisionero de una estrategia del entorno presidencial que lo lleva a
desplazar del tema al Canciller, al acuerdo con Kirchner (11 de
marzo en Santiago de Chile), a desdecir el acuerdo y finalmente al
fracaso de ese camino y devolver la conducción del tema al ministro
de Relaciones Exteriores. Otro, aunque el presidente no aparece
directamente involucrado, el segundo envión de figuras allegadas al
presidente de dar la estocada final al Canciller - declarando que su
papel tiene valor cero - que culmina en el fortalecimiento de quien
se quiso estocar. Pero además la suma de pasos y declaraciones
contradictorias, como la que pronuncia con Chávez a su flanco o la
que declara en la Casa Blanca. Y todos estos pasos débiles le han
impedido a su vez capitalizar en toda su dimensión grandes logros
como esa gira por México y Estados Unidos (reunión con Bush como
elemento principal), su actuación en la Conferencia de Viena o su
estrategia en relación al juicio en la Corte Internacional de
Justicia.
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