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Parece que en este país se discute mucho; sin embargo, cuando se
analiza en profundidad, se detecta que el debate se centra en largo
periodos y con ángulos diferentes sobre los mismos dos o tres temas,
en un ritornelo incesante. Son muchos los asuntos sobre los que en
realidad no existe debate, contraposición de ideas, sino a veces
algún que otro estallido puntual y efímero. En materia de política
exterior no ha habido ninguna discusión profunda y omnicomprensiva
de la misma, en particular hacia la definición del objetivo
estratégico de esa política exterior, sobre cuál y cómo debe ser la
inserción de Uruguay en el mundo, visto en una perspectiva de
durabilidad de un periodo histórico, más allá de los arrebatos
pasionales de un ocasional presidente argentino o de los trenes que
pasan o dejan de pasar; hay pocas intervenciones y escasos artículos
de fondo (aunque los pocos, son muy buenos). Muchos ríos de tinta y
de saliva se vierten al confundir discutir la política exterior con
estar atentos a los gruñidos o a la parquedad del Canciller. El
objetivo estratégico de la política exterior, el objetivo final de
la inserción de Uruguay en el mundo, es multidimensional y abarca
aspectos políticos, diplomáticos, económicos, financieros,
comerciales, culturales, sociales, logísticos y también militares.
El
área de conflictos internacionales que concita la preocupación de
más gobiernos y que más acapara la atención de la opinión pública es
el oriente medio. Hoy, el conflicto específico que involucra a los
estados de Israel y el Líbano, y al grupo armado Hezbollah, ha
desplazado a cualquier otro del epicentro. Las Naciones Unidas han
logrado un cese del fuego, uno de cuyos elementos capitales para su
conservación es la presencia de una fuerza internacional de paz en
el marco del Capítulo VII de la Carta de la organización, vale
decir, es una misión de imposición de la paz, con alta probabilidad
de participar en operativos bélicos. Como se sabe, ha resultado
difícil armar esta fuerza multinacional, por la escasez de países
aceptables para todas las partes, ora porque unos lisa y llanamente
ni siquiera reconocen la existencia del Estado de Israel o éste los
considera hostiles o poco amigables, y otros por ser considerados
fuertemente parcializados a favor del referido estado. Entre los
pocos países convocados por el secretario general de las Naciones
Unidas con aceptación por las partes se encuentra Uruguay, que ya
integró anteriormente la Fuerza Internacional de Nacional Unidas en
el Líbano, conocida por la sigla FINUL. Y esta vez Uruguay rechazó
el ofrecimiento, sin discusión alguna, ni siquiera sin comentarios u
opiniones periodísticas, con escuetas y crípticas declaraciones del
ministro interino de Defensa. Un hecho de tal trascendencia careció
de explicaciones claras, no se supo la opinión de los demás
involucrados en un hecho de tal trascendencia en política exterior,
y no quitó el sueño a la oposición. En realidad las carencias son
más profundas: falta un debate a fondo sobre la participación del
país en las misiones internacionales de paz y, más aún, falta
discutir el papel que en el nuevo mundo que se configura en el
tercer milenio deberán tener en Uruguay las fuerzas armadas, cuál va
a ser la doctrina y misión militar.
Participar en la nueva FINUL tiene para cualquier gobierno problemas
y costos significativos. En primer lugar, Uruguay tiene una cantidad
importante de efectivos en el exterior, en particular en el
Congo-Kinshasa y en Haití - en ambos casos en misiones de imposición
de paz – y desde el Ministerio de Defensa y el comando del Ejército
se sugiere que el país estaría al límite de su capacidad en cuanto a
la presencia de efectivos en el exterior (tema que debería
determinarse con mayor exactitud, en el pendiente debate global
sobre misiones de paz). En segundo lugar, el escenario de conflicto
es potencialmente mucho más peligroso, globalmente más peligroso,
que cualquiera de los anteriores escenarios donde se asentaron
efectivos militares uruguayos, y en esa afirmación se incluye además
de Congo y Haití, a lugares que resultaron complicados como
Kampuchea, Georgia y Ruanda; el sur del Líbano, la separación de
fuerzas entre Israel y la guerrilla de Hezbollah, tiene la
potencialidad de provocar muchos más muertos de las fuerzas de paz
que cualquiera de los otros teatros de guerra y paz en que haya
habido presencia uruguaya. En tercer término, el gobierno afronta el
riesgo de tener un alto costo político si el número de soldados que
retornan muertos es alto, en una dimensión de alto para un país
pequeño y alejado de todas las guerras como Uruguay. Y cuarto, no se
conoce cuál es el número de víctimas que la sociedad uruguaya en
general y los colectivos militares en particular pudieren estar
dispuestos a tolerar.
Por otro lado, participar significa para el país ganancias
importantes. En primer lugar, la de toda misión militar
significativa en el marco de las Naciones Unidas, tanto en lo que
representa en renovación de material y armamentos como en
experiencia para oficialidad y tropa; no existen ejercicios,
maniobras ni operativos que suplan en formación a la presencia
efectiva sobre un terreno bélico, posbélico o potencialmente bélico.
En segundo lugar, y el más relevante, la importancia que le daría al
país su presencia codo a codo con potencias mundiales del calibre de
Francia e Italia, y la posibilidad de ser la única fuerza extra
europea significativa en la composición de la Fuerza Internacional.
Esta importancia no es solamente para la alimentación del ego
nacional, sino que se traduce en contactos más significativos y a
mayor nivel con dos de los cuatro países de mayor peso en la Unión
Europea, todos ellos miembros del G-8, a su vez países muy
enraizados en la historia y la sociedad uruguayas.
No
es fácil la opción entre los potenciales costos y las potenciales
ganancias. Pero en un momento que el país se encuentra en una
encrucijada histórica en la búsqueda de su inserción en el mundo, la
decisión de participar o no participar en el Líbano debió merecer
una consideración más profunda, de todo el sistema político, de
todos los formadores de opinión y de la sociedad en su conjunto. Da
la impresión que se tomó muy a la ligera y en sordina una decisión
de esta trascendencia.
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