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A lo largo de casi todo el siglo XX México tuvo un partido
político hegemónico, primero denominado Partido Nacional
Revolucionario, luego como Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y
desde 1946 como Partido Revolucionario Institucional. Por varias
décadas controló no solo el gobierno nacional sino la totalidad de
los municipios y recién en 1989 perdió por primera vez una
gobernación. Existe la percepción que durante largo tiempo sus
triunfos electorales fueron auténticos, pero cuando comenzaron a
flaquear paulatinamente se apeló al fraude, que llegó a ser
generalizado en último tercio de siglo, hasta alcanzar su punto más
alto 1988 cuando Carlos Salinas de Gortari fue proclamado presidente
mientras el mundo quedó convencido del triunfo de Cuauhtémoc
Cárdenas, fundador del Partido de la Revolución Democrática, hombre
del cerno del PRI, hijo del legendario presidente Lázaro Cárdenas,
cuya escisión puede considerarse el principio del fin de la
hegemonía priista.
Si
es difícil pasar de elecciones fraudulentas a elecciones
trasparentes, más difícil aún es lograr la confiabilidad en el
resultado de las urnas. Siempre el fantasma del fraude va a estar
presente. Hacia fines de siglo, México hizo un profundo proceso de
reforma política tendiente a constituir una efectiva poliarquía, es
decir, un régimen político de los conocidos como democracias
liberales, democracias pluralistas o democracias plenamente
competitivas. Es que enfrentaba una insostenible inconsistencia
entre la modernidad de su economía y la obsolescencia de su
estructura política, que terminó mediante un esfuerzo que contó con
la decisión política del propio régimen, la presión de la oposición
y el apoyo técnico y financiero de las Naciones Unidas. De México y
de la ONU se volcaron ingentes recursos, se construyó un Instituto
Federal Electoral moderno y eficiente, y en particular se desarrolló
una legislación muy refinada en materia de procedimientos y
garantías electorales. Uruguay no es ajeno, como que destacados
expertos nacionales colaboraron en la tarea. Por eso no es mera
casualidad el parecido del régimen mexicano con el uruguayo en una
parte considerable del procedimiento de organización de elecciones,
registro de votaciones, cómputo de votos, impugnaciones al
escrutinio, decisiones y apelaciones sobre votos y mesas observadas.
La
última elección mexicana fue tan reñida como parece ser la norma en
las últimas elecciones en el mundo. La diferencia porcentual entre
Calderón y López Obrador fue más o menos la misma que permitió a
Vázquez triunfar en primera vuelta (aunque la diferencia de Vázquez
sobre todos los demás contenientes sumados fue muy grande, de cuatro
puntos porcentuales). El candidato del PRD y la coalición Por el
Bien de Todos cuestionó la elección por dos tipos diferentes de
fundamentos: uno por entender que no se cumplieron las reglas de
condiciones equilibradas de campaña electoral para todos los
candidatos (impugnaciones rechazadas por el Tribunal Electoral del
Poder Judicial de la Federación y que absorben prácticamente las
tres cuartas partes del fallo final); y dos, de inconsistencias en
el escrutinio de votos. En general la palabra fraude se aplica
sustancialmente a la existencia de manipulaciones técnicas que
llevan a que existe una distorsión sustantiva entre los votos
emitidos o a emitirse y los votos escrutados, entre otras cosas por
distorsión en el recuento de votos (mediante anulaciones ilegítimas,
agregados ilegítimos o cambios en los totales). El análisis
minucioso del proceso electoral mexicano permite concluir con
claridad que la suma de errores (algo mayor que los habituales en
Uruguay, pero no demasiados), no fueron producto ni de una
conspiración para provocar fraude ni determinaron cambios en el
resultado final. La lectura de todas las actuaciones, que son varios
cientos de páginas, es concluyente. Entonces ¿por qué la oposición
se resiste a la aceptación del resultado?
Por un lado las autoridades electorales cometieron dos graves
errores de confiabilidad. Uno fue del Instituto Federal Electoral
(encargado de la organización de las elecciones) al realizar por sí
y sin resultado un trabajo que por su naturaleza corresponde a
privados: la proyección de escrutinio, que en México se llama
“conteo rápido”. En Uruguay las proyecciones de escrutinio la
realizan institutos privados por cuenta de los canales de TV. Cuando
en 1994 la Universidad de la República anunció el triunfo de Tabaré
Vázquez (que salió tercero), el yerro afectó al canal y a la
institución, que nunca más incursionaron en este terreno. Cuando en
2004 Factum anunció tempranamente y en solitario que Vázquez había
sido electo, el riesgo fue por cuenta y riesgo de la consultora y
del canal. Cuando la proyección de escrutinio la hace el responsable
de organizar las elecciones, como en México, y llega a la conclusión
que no puede dar ningún dato, la sombra se yergue sobre la entidad
que otorga confiabilidad al proceso electoral. Esta es una primera
lección invalorable, especialmente importante para todos quienes
hace casi dos años cuestionaron que en Uruguay fuesen los privados
quienes adelantasen el resultado de la elección. La lección es que
hay que separar plenamente los anuncios con valor comunicacional
sujeto a errores por su propia técnica, de los anuncios oficiales
con valor jurisdiccional, que deben ser confiables e inapelables.
El
segundo yerro estuvo en que el Tribunal Federal actuó en la forma
más restringida, aunque lógica, al revisar una muestra de las mesas
(casillas) impugnadas, la décima parte. Procesalmente fue correcto,
pero no se atuvo a la máxima que ante la duda conviene dar las
señales de mayor trasparencia; lección que en Uruguay a veces no
tuvo presente la Corte Electoral y otras, ante denuncias
administrativas y no electorales, no tuvieron autoridades nacionales
o municipales. La desconfianza requiere que se la despeje
contraponiendo la mayor trasparencia.
Pero sustancialmente, el problema de fondo es de carácter cultural:
la confiabilidad en las elecciones requiere no solamente de
procedimientos precisos y trasparentes, sino además de una cultura
ciudadana (de elites y de pueblo) de plena confiabilidad en las
elecciones, en sus procesos y sus resultados. Quizás esto explique
por qué en México los derrotados todavía hoy no aceptan el
resultado, y en Uruguay los perdedores lo aceptaron a tan solo dos
horas de cerradas las urnas, ante la simple proyección de escrutinio
de dos consultoras privadas.
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