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Hay tres grandes modalidades de salida desde un régimen
autoritario: la salida otorgada, la salida pactada y la rendición
por derrota fáctica. La salida otorgada es aquélla en que el régimen
se retira solo, o cambia desde dentro, por decisión fundamental de
sus propios componentes, a veces por la necesidad de adecuarse a un
mundo del cual quedan marginados o al cual resultan extraños, pero
sin que hayan adversarios que obliguen a esa salida (fue el caso de
España en 1975-78). La salida pactada es la que surge como un
entendimiento, con o sin pacto explícito, muchas veces con la mezcla
de algunos acuerdos explícitos y muchos implícitos, en que quien se
va lo hace conservando una cuota de poder o de fuerza. El tercer
camino, en cambio, es la huida, ya fuere por rendición ante un
triunfador interno por la fuerza (Portugal, 1974; Nicaragua, 1980) o
por la derrota militar ante una potencia extranjera (Grecia, 1974;
Argentina, 1982-83).
Cuando hay huida la rendición adquiere visos de incondicionalidad y
abre la puerta a los Nüremberg; aunque a veces la incondicionalidad
es más aparente que real, y hay condicionalidades invisibles que
aparecen a poco de andar, como ocurrió en Argentina. Pero cuando hay
salida otorgada o consensuada, no hay rendición sino retiro, y quien
se retira conserva una parte de poder, al menos el poder suficiente
para su autoprotección; allí no hay Nüremberg, ni significativas
revisiones del pasado. En España, salida otorgada, no ha habido una
sola investigación judicial ni un solo juicio que revisara las casi
cuatro décadas de franquismo, pese a que algunos episodios
ocurrieron a días escasos de la muerte del generalísimo; en medio de
la ebriedad de la apertura, algunos jueces lograron prestigio por
perseguir cuanto violador de derechos humanos encontrasen, siempre
que las violaciones hubiesen ocurrido fuera de España.
En
la salida consensuada de Uruguay no hubo espacio para juicios como
los de Argentina o Grecia, y ello era una condicionante histórica,
más allá de la voluntad de los protagonistas de la salida, y de
pactos explícitos o implícitos. Es la única lectura científica
posible. Pero el sistema político no se enfrentó a un único camino,
sino que tuvo varias opciones. Una fue la del hermetismo a toda
investigación, todo juicio y toda depuración, fundamentado en la
necesidad de dar vuelta la página, cerrar el pasado y construir el
futuro. Otra fue la de buscar algún juicio, alguna pena, alguna
depuración; y es claro que se buscó algo, pero no el todo. Ese algo
pudo ser la autodepuración de las Fuerzas Armadas mediante
procedimientos de un nuevo Supremo Tribunal Militar, como lo propuso
Liber Seregni. Pudo ser el juzgamiento para los casos de muerte y
lesiones gravísimas (o quizás también graves), como lo tentaron
Wilson Ferreira Aldunate y Hugo Batalla. Puso ser excluir los
procedimientos realizados o iniciados fuera del país. Pudo ser la
elección de un número de máximos responsables de las peores
violaciones para que recibiesen una pena, como condena paradigmática
de un periodo y un régimen. Un aparte: este camino, cuyas vías
jurídicas nunca terminaron de desarrollarse, se basaba en una lista
de 12 nombres de militares (lista que este autor tuvo en sus manos),
en las cuales figuraban todos los que fueron procesados o estuvieron
a punto de ser procesados en estos días, y cinco nombres más. Cada
opción tenía sus beneficios y sus costos, sus logros y sus riesgos.
Y se impuso la opción de privilegiar la salida segura, sin
sobresaltos, mediante el hermetismo absoluto.
Lo
cierto es que se conjugaron varias cosas. Uno, que la ley que
pretendió cerrar el tema no lo hizo, entre otras cosas por su
heterodoxia jurídica, de difícil clasificación y exégesis, con el
agravamiento de sus graves defectos de redacción. Dos, las
investigaciones que la ley permitía no se hicieron o fueron hechas
de manera imperfecta. Tres, que se mantuvo un reducto de
intransigentes que peleó en silencio muchos años y en el último
lustro y medio logró abrir espacios significativos. Pero la variable
principal que jugó fue la historia, el devenir de las sociedades. En
los cuatro lustros y medio transcurridos desde el comienzo de la
apertura institucional, mucho cambió en esta sociedad: la izquierda
pasó de dos décimos a la mitad del país, pero además ganó el
gobierno; con el avance de la izquierda se fue produciendo un cambio
significativo en el talante y el vector de la sociedad; ese cambio
permeó al sistema judicial y al sistema militar; el paso del tiempo
hizo que los máximos responsables de los hechos duros ya no
estuviesen en la conducción militar, y que la nueva oficialidad
correspondiese a gente de otra época, con otras preocupaciones y
valores, poco dispuesta a asumir la carga de cosas hechas por sus
antecesores, de difícil defensa en la sociedad de hoy; y finalmente
con el triunfo de la izquierda perdió total peso el sostenimiento
político de la línea del hermetismo. Es claro que hoy no hay una
sociedad dividida, que hay una apabullante mayoría que se congratula
y apoya estos hechos y una minoría muy reducida que se opone o se
molesta con ella; dicho esto en cuanto corresponde a nivel de la
sociedad, de la gente.
Esto es lo que hay que entender que sucedió. No se puede juzgar los
sucesos de 2006 con ojos de 1986. Tampoco se pueden juzgar los
sucesos de 1986 con los ojos de 2006. Cada época tuvo su lógica, su
razón de actuar para producir los resultados necesarios a la misma.
La historia no se puede leer de manera contrafáctica. No hay forma
de probar cómo hubiesen sido las cosas, cuáles las consecuencias, si
en cada momento se hubiese hecho algo diferente. Lo que queda ahora
es ver hasta dónde se va: hasta dónde permite ir la Ley de Caducidad
sin violar ni su letra ni su espíritu; o si más allá de la ley cabe
arrasar con la ley de caducidad, la prescripción y hasta el non bis
in idem; o si en algún lugar se considera que hay un límite (más acá
o más allá del límite de la Ley de Caducidad), y en ese caso cuál es
esa frontera. Queda también la necesidad calibrar en los pasos
sucesivos cuánto es lo que se gana, cuánto es lo que se pierde y
cuánto es lo que pueda comprometer principios y valores hacia el
futuro. Todas estas respuestas no es posible darlas hoy con
facilidad, pues sed irán viendo sobre la marcha. Estos últimos años
enseñan cuán mutante es la vida.
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