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Una solución a la uruguaya es aquélla que conlleva el menor nivel
de riesgos, los cambios menores, el ritmo más lento, la menor
conflictividad, no provoca grandes alegrías ni tampoco enormes
decepciones. Como quien dice, lo más acorde a la clásica definición
escolar de país suavemente ondulado, de clima templado y sin
temperaturas extremas. Así, dentro de los más clásicos parámetros de
la uruguayidad, fue que el presidente de la República definió qué
hacer en relación a una negociación comercial con los Estados Unidos
de América. Se desestimó ir directamente a un Tratado de Libre
Comercio mediante la vía rápida (fast track) y se optó por un
Acuerdo Marco de Comercio e Inversión (Trade
Investment Framework Agreement), alias TIFA. Con ello despejó la
conflictividad al interior del Frente Amplio, así como al exterior
del país con Argentina, Brasil y Venezuela.
Para quien analizase detenidamente la forma de operar de Tabaré
Vázquez, el entramado de juegos de poder en la fuerza política
gobernante y las distintas aristas de la política exterior, este
resultado no fue para nada inesperado. No era previsible la forma
exacta, pero un dato de la realidad era que Uruguay no iba a firmar
un TLC clásico. Sin embargo, la visión trasmitida al país por la
abrumadora mayoría de los medios de comunicación y por los
representantes empresariales fue otra, como otra fue la convicción
de que el país iba inexorablemente a un TLC. La pregunta es ¿qué
pasó? ¿por qué hubo un despiste tan grande de comunicadores y
empresarios?
En primer lugar y lo más relevante es que más que nunca el deseo
propio y la ideología propia llevaron a mucha gente a captar mal los
hechos y las señales. Un sector del país se basó en la teoría del
pensamiento único, es decir, en que hay un único camino obvio,
sensato, y lo que no va por allí es irracional. Esa forma de ver la
realidad, el no entender que hay gente que ve las cosas de manera
diferente, con objetivos distintos y propósitos también diferentes,
es una forma de autismo. Para colmo se simplificó todo por efecto de
la garganofobia, que puede sintetizarse en: hay un canciller viejo y
gruñón, que piensa chapado a la antigua y es el único que se opone
al TLC. Una frase reiterada fue: “solo Gargano se opone al TLC”.
Y de aquí vienen varios errores de diagnóstico. Uno fue la
sobrevaloración del peso del equipo económico, sobrevaloración
sustentada en los mensajes que partían hacia los formadores de
opinión desde el propio equipo económico y desde figuras integrantes
del o cercanas al entorno presidencial. Dos, la subestimación del
peso del canciller, sobre el cual se llegó a decir que cuenta cero
en la política de este gobierno. Tres, el no percibir que más de una
vez los mensajes que parten del entorno presidencial o de su
cercanía no coinciden con lo que termina haciendo el presidente de
la República, que es un hombre mucho más solitario y menos
manipulable de lo que se cree (o nada manipulable). Cuatro, que el
canciller no era un hombre solitario sin representatividad alguna,
sino que expresaba el pensamiento de muchos dirigentes y muchos
militantes de la izquierda, se transformó en el referente del
pensamiento dominante en la militancia de izquierda.
La oposición a un TLC clásico contó desde el inicio con una
sólida mayoría en el Partido Socialista, la totalidad de Democracia
Avanzada (Partido Comunista y aliados) y al menos la mitad del
Movimiento de Participación Popular (mitad que luego devino en clara
mayoría). Pero además contó con figuras influyentes como el senador
Alberto Couriel (que no pertenece a sector alguno, con la fuerza que
ello da) y como el economista José Manuel Quijano, hombre
independiente, que votó al Frente Amplio en 1984 y nuevamente en
2004, pero en el ínterin estuvo por fuera y en confrontación con el
FA, considerado un hombre de izquierda moderada, nada radical.
También apareció en escena un politólogo del nivel de Gerardo
Caetano (normalmente alejado de la toma de posiciones políticas)
para sembrar dudas sobre la conveniencia de un TLC ahora y plantear
la conveniencia de un gran debate nacional sobre el tema. Más una
actitud dura y militante del PIT-CNT. Se fue pues conformando un
vasto espectro de posturas cuestionadoras o dubitativas, con puntos
de partida diferentes y énfasis diversos. Al final, la definición de
la Vertiente Artiguista termina por fortalecer la balanza opositora.
El apoyo al TLC, que tuvo su máximo auge cuando la Conferencia de
las Américas en Punta Cala el 9 de agosto, comienza a declinar en la
discusión pública. Astori, el equipo económico, el vicepresidente
Nin Novoa, la Alianza Progresista, el ministro de Industria Jorge
Lepra, parecen ir perdiendo fuerza en su argumentación. La
interpelación del líder de la oposición a los ministros de Economía
y Relaciones Exteriores sirvió para que Astori diese el primer paso
hacia el debilitamiento de su férrea defensa del Tratado de Libre
Comercio.
Por su parte, el presidente de la República partió de dos datos:
no tenía claro lo que quería, pero sí sabía con exactitud que
buscaba un mejoramiento comercial con Estados Unidos y pretendía
evitar una ruptura con el Mercosur. Y siguió su estilo habitual de
emitir declaraciones contradictorias, algunas tajantes (el TLC no
está en la agenda del gobierno) y la mayoría crípticas. Hasta el
discurso en Punta Cala que fue leído como una decisión de ir al TLC,
estuvo lleno de párrafos ambiguos y con escapatorias. Tabaré Vázquez
como siempre no se encerró en ningún corral de ramas, esperó a tener
todas las cartas sobre la mesa y a partir de allí, con un panorama
muy claro, tomó en solitario la decisión final.
El análisis de los sucesos lleva además a la verificación de
algunos cambios significativos, cambios que podrán ser duraderos o
fugaces, pero que hoy existen. En primer lugar aparece el
debilitamiento del ministro Astori y del equipo económico: es la
primera derrota de Astori en el año y medio de gobierno. En segundo
lugar el fortalecimiento del canciller; los hechos llevaron a una
polarización Astori-Gargano, en que el titular del Palacio Santos
resultó victorioso (la otra victoria del Espacio 90 es haber logrado
su anhelado sueño de construir una polarización socialistas-Astori,
que siempre les fue esquiva). En tercer lugar, el papel secundario
de José Mujica, que por primera vez en estos dieciocho meses no
aparece en los primeros planos de la decisión.
Estos cambios seguramente impactarán hacia las elecciones
internas del Frente Amplio del 12 de noviembre, y el resultado de
esas elecciones impactará sobre el peso específico de los
principales dirigentes, y verificará si estos cambios son duraderos
o fugaces. El presidente, por su parte, logró salir airoso del juego
interno.
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