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El año pasado se cumplió el 60° aniversario de la finalización de
la Segunda Guerra Mundial, lo que en Italia supuso conmemorar “La
Liberación”, es decir, la rendición de las tropas alemanas en
territorio itálico y el fin último del régimen fascista cuyos
residuos se expresaban en la República Social Italiana, también
conocida como la Repubblica di Salò.
Esa conmemoración supuso la existencia de conferencias,
actos públicos, mesas redondas, debates televisivos. La sorpresa
para un observador desde estas tierras remotas fue advertir - a seis
décadas de ocurridos los acontecimientos - el grado de pasión, de
furia y de dolor, latiente entre los hijos de los partisanos y los
hijos de Salò, los hijos
de los fusilados y de los torturados por los camisas negras, y los
hijos de los fusilados y de los humillados por los partisanos. La
frase de Mujica – habrá que esperar a que estemos todos muertos – en
Italia no había funcionado en plenitud, porque los dolores y las
rabias las mantenían vivas los hijos de los unos y de los otros, o
algunos hijos de los unos y de los otros.
El pasado reciente de esta tierra es un
fantasma que ronda sobre una sociedad en la que muchos individuos
sufrieron y esos muchos son distintos muchos. Porque están los hijos
de los desaparecidos y los hijos de los muertos por distintas
causas, distintas razones y desde posturas ideológicas diferentes,
que son varios cientos. Los de los muertos notorios (cuya muerte
conmueve mucho) y los que el senador Lorier llamó los hijos
anónimos, de cuyas muertes no se habla, como los ocho comunistas de
la seccional 20, fusilados en el Paso del Molino, sin haber
participado en un solo hecho ilegal o violento, sino fusilados por
sus ideas. Pero están las víctimas vivientes, los que en carne
propia sufrieron tortura, prisión, despidos - que quiere decir que
en sus hogares se padecieron duras penurias materiales, que es una
forma de tortura – y destierro. Porque cabe no olvidar que el exilio
puede ser más dorado o más negro, pero hace dos milenios que los
griegos concibieron que una de las mayores penas era la que se
escribía en una concha de ostra (el ostrakon), la pena de destierro,
que por eso pasó a llamarse ostracismo. Todos estos dolores y
rencores están en ese pasado que ronda.
Hace unos pocos años - ¿tres, cinco, siete? –
de estos temas se hablaba y se escribía con la frialdad de los
hechos históricos, en el afán de buscar qué es lo que ocurrió, cómo
sucedieron los hechos, cuáles fueron las causas. Se pudo hablar y
escribir, y se pudo leer y escuchar, sin que las pasiones aflorasen.
El presidente Vázquez llegó a hablar de que “Todos somos
culpables”. La pregunta que uno mismo se hace es: ¿hoy es posible
escribir sobre el pasado con la frialdad de investigador, es posible
que sea aceptada una actitud tal? La respuesta parece ser que no, el
pasado está tan vivo como el presente, y al ver las pasiones que se
suscitan, capaz que está más vivo el pasado que el presente.
En este tema, El Pasado, con mayúscula, que
quiere decir un periodo bien determinado de la vida del país, la
sociedad uruguaya está profundamente dividida. Pero no hay un eje
sino varios ejes de división. Un primer eje, un primer clivaje, es
el que tiene que ver con las causas de que haya existido El Pasado,
si fue producto de una fascistización o gorilización de segmentos
importantes del poder y de la sociedad, si fue la consecuencia del
haber desatado acciones guerrilleras en medio de una democracia
liberal en pleno funcionamiento, si hubo dos demonios enfrentados
que fueron cocausantes, o un conjunto mayor de teorías y
explicaciones. Un segundo eje tiene que ver con qué se hace con El
Pasado, si se cierra de un plumazo, se deja atrás, para pacificar el
país y construir el futuro, o si la construcción del futuro solo es
posible a partir de revisar el pasado, juzgar lo juzgable, penar lo
punible, en definitiva hacer justicia; es la dicotomía entre la
famosa frase de Vlacav Havel “que el pasado no nos impida construir
el futuro” y la frase de un viejo pensador “si no hay justicia, ni
pervivirán los buenos valores”. Un tercer eje es entre quienes
piensan que hay que equiparar los hechos de la dictadura (y también
de la pre-dictadura) con los hechos protagonizados por los grupos
guerrilleros; y quienes consideran, con Jiménez de Asúa, que el
delito de Estado es más grave e imperdonable que el delito que se
comete con un propósito de justicia y de progreso (y va de suyo que
se considera que lo hecho por grupos guerrilleros fue en afán de
justicia y progreso, no así lo hecho desde el Estado).
Pero además de clivajes hay tonalidades. Una
cosa es estar dividido en función de uno, dos o tres ejes con el
espíritu de comprender al que está del otro lado, y además, como
pasa en momentos de alta tolerancia, admitir un degradé en las
posiciones; y otra cosa es considerar que sólo se es bueno si se
está de un lado y se es grave pecador si se está del otro, que de un
lado hay razón y del otro sinrazón.
Es claro que si El Pasado ha revivido es
porque en la sociedad no se logró el consenso para dejarlo atrás, y
las fuerzas para revivirlo fueron crecientes y eficaces. También es
claro que pasada la ansiedad por la vida en democracia y con
libertades, el ver qué pasó y horrorizarse por muchos hechos de ese
pasado termina impactando a una mayoría de la sociedad. Y asimismo
es claro que el comenzar a ahondar en El Pasado lleva
inexorablemente a que surjan reclamos de mayor ahondamiento, que
todo se indague, que todo salga a luz, que todo se divulgue.
Entonces, aquí vienen los dilemas para la
sociedad, las dirigencias política, el gobierno, el presidente: ¿se
tiene claro a dónde se quiere llegar? ¿se tiene claro hasta dónde se
intenta profundizar y dónde se quiere parar? ¿se quiere parar en
algún punto? ¿se evalúan los límites de aceptación de los diferentes
segmentos de la sociedad? ¿hay consenso en cuáles son las lecciones
del pasado que se quieren trasmitir hacia el futuro?
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