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A lo largo de las casi dieciocho décadas de existencia como
estado independiente, este país ha tenido ante sí tres papeles en
relación a la región. El primero, desde la firma de la Convención
Preliminar de Paz que creó el Estado de Montevideo hasta el fin de
la Guerra de la Triple Alianza, fue un territorio dentro del cual se
prolongaron las luchas internas de los vecinos, fundamentalmente de
Argentina. Luego sobrevinieron dos tipos de roles: el de aislamiento
respecto a la región y naturalmente a los vecinos, y el que existió
hasta hace muy poco tiempo, de fiel de la balanza entre Argentina y
Brasil, de pendular aliado condicional de uno o del otro, de estado
neutral entre ambos, de amigable componedor. Este último papel es
sin duda el que más cuadra en la mente de la sociedad, para el que
más están preparados los gobernantes y diplomáticos uruguayos; es
una especie de destino manifiesto. Destino complementado con el de
gestor de buenos oficios, solucionador de controversias y además
beneficiario de las disputas por cargos y sedes: es la sede natural
de un organismo regional, es el candidato natural a un cargo
codiciado por los poderosos enfrentados entre sí.
Hace unos pocos años la realidad cambió y
sencillamente este país se encuentra en una posición para la cual
carece de oficio o, más aún, que le resulta contranatura: ser parte
en un conflicto, sentirse agredido, ser acusado por otro de ser un
agresor; para peor, ser considerado agresor del medio ambiente,
precisamente uno de los bienes preciados de este país. Y como
siempre supo ser buen componedor, es mal confrontador; toda su
habilidad negociadora y su peso negociador se derrumban al ser parte
en un conflicto y ser ignorado – como dicen los jóvenes,
“ninguneado” – por quienes hasta hace poco reclamaban los oficios de
este amigable gestor.
A esto se suma otro hecho: la pérdida de peso
en el Mercosur que significó el ingreso de Venezuela. Gobierno y
oposición han fundamentado el ingreso de Venezuela en torno a los
aportes positivos o negativos de esta Venezuela de Chávez, desde el
gobierno voces hay que han fundamentado el ingreso en el equilibrio
que los petrodólares podrían hacer al peso de Brasil. Pero más allá
de Chávez, de Venezuela y de su actual embriaguez de petrodólares,
hay un tema que poco se ha discutido, y es que cualquier ampliación
del Mercosur por sí sola le restaba protagonismo al país en el
bloque regional; cualquier ampliación, de quien fuere. Uruguay supo
jugar en un esquema de tríadas, porque esencialmente eso era el
Mercosur, un juego entre Argentina, Brasil y Uruguay. No está
acostumbrado a que haya otra tríada (Argentina-Brasil-Venezuela) y
pasar a cumplir un papel más cercano al que hasta ahora cumplía
Paraguay.
Si esto pareciese poco, hay que agregar otro
elemento. Uruguay y Argentina discuten en distinta frecuencia de
onda. Cuando el fallo en La Haya aquí se escribió: “Argentina
como país, como sociedad y como gobierno tiene una cultura de baja
credibilidad en el imperio de la norma, de la norma misma y del
sistema judicial como ingeniería para que la norma efectivamente
impere. La tradición del país vecino privilegia la fuerza y la
astucia por sobre la judicialidad. Cultura producto de muchas cosas,
pero entre otras de la politización en algunos casos y la corrupción
en otros de las instancias judiciales, Suprema Corte de Justicia
incluida, y también del gusto y regusto por la primacía de la
fuerza. La tradición uruguaya es lo contrario y dicho
despectivamente puede decirse que es una tradición leguleya; no hay
controversia política por fuerte que fuere, que en gran medida no se
plantee como una lucha de interpretaciones jurídicas. Como país
pequeño, integrado, con cierto grado de homogeneidad social,
mediatizador, de clima templado y suelo suavemente ondulado, el
uruguayo tiende a apelar al juicio o al arbitraje, a la vigencia de
la norma, por encima de la imposición de la fuerza” (El Observador,
16 de julio de 2006)
Pero la diferencia de frecuencia de onda se
potencia con lo que los periodistas de la vereda de enfrente
denominan “El estilo K”. Estilo que solo es entendible desde dos
ángulos: la psicológica del personaje y su concepción del juego de
poder. El juego de poder de Kirchner y su psicología coinciden en
partir de escenarios dicotómicos, en que se ve a sí mismo (y por
ende a su gobierno y su país) en posición de dominante o de
dominado, sin concebir la existencia de una postura intermedia, de
compartir el poder (salvo quizás en relación a potencias que
considere superiores, en donde salir de la posición de inferioridad
y situarse de igual a igual es funcional a su visión de poder). En
los juegos de poder, en las definiciones militares, hay dos
concepciones frente al vencido: “a enemigo que huye, puente de
plata” y la otra, a la que adhiere K, que a enemigo en huída se le
persigue y se le aniquila. No hay triunfo sin la rendición
incondicional del vencido y su plena sumisión al vencedor, o en caso
contrario, sin la aniquilación del vencido. Y no hace distingos de
poder o estatus, pone el mismo empeño y asume los mismos costos y
esfuerzos en aniquilar a un competidor presidencial como al
intendente de un ignoto departamento de una poblada y lejana
provincia. No admite una derrota, sin importar el costo de no
admitirla.
A esto debe sumarse su concepción del Uruguay
y de Tabaré Vázquez. Más de un gobernante argentino (y más de uno
brasileño) ha jugado la política rioplatense a partir del concepto
de “la provincia que perdimos”, pero que sigue siendo provincia y
como tal hay que tratarla. Por otro lado cree que Tabaré Vázquez es
presidente gracias a él, lo que parte de un error de concepto:
Tabaré no ganó por un margen de 10 mil votos, que es lo que le
permitió eludir el balotaje, sino por una diferencia de más de 70
mil votos (ver análisis en El Observador del 26 de marzo de 2006);
los votantes que vinieron desde Argentina, quizás 15 mil, no fueron
decisivos para el resultado sustantivo. Pero lo que es cierto es que
Vázquez le pidió ayuda y Kirchner se la dio generosamente: en
facilidad para que los uruguayos cruzasen el charco a votar, en
mensaje a los empresarios argentinos para que abriesen generosamente
sus billeteras (que las abrieron y a raudales). A partir de estos
datos considera que el presidente uruguayo debe rendirle la misma
obediencia que el gobernador de Santa Cruz. Y como no lo hace, actúa
con la furia con que enfrenta a un desertor o un desleal.
En este cuadro es que Uruguay debe empezar a
construir una estrategia de larga duración, basada en la realidad de
que la confrontación con Argentina no es pasajera ni episódica.
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