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Cuando El Observador pegaba su primer vagido, el país discutía el
tamaño y el papel del Estado, el cuánto de Estado y el cuánto de
mercado, la necesidad de modernizar y reformar el Estado, las
relaciones laborales, más genéricamente el modelo de sociedad y el
modelo de Estado, el desafío de modelo en cuanto a producción, la
necesidad de reformar la educación y el sistema de salud, la
preocupación por las señales de división social en la sociedad
uruguaya y la alarma producida porque en ese entonces el 40% de los
niños nacían por debajo de la línea de pobreza. Todos estos temas,
algunos con enfoques diferentes o diversos énfasis, están
pendientes. En otros se ensayaron caminos y fueron frenados, o se
ensayaron y fracasaron, o hubo ensayos quinquenales, todos partiendo
de cero y hacia rumbos no coincidentes.
Lo único claro en aquel final de octubre de 1991 era la inserción
internacional del país: la sociedad había consensuado contruir el
cuarto bloque económico del mundo, que del arranque mismo situaba al
país ante un mercado de 200 millones de habitantes y, además, lo
hacía el lugar más atractivo para la radicación de empresas
destinadas a servir y a producir para el consumo de esos 200
millones de habitantes. El optimismo mercosuriano llevó a estampar
en el pasaporte el nombre de este bloque, devenido en bloque
político a partir de este acto de imprenta. Apenas cuatro años
después, la inserción internacional recibía un segundo espaldarazo:
la firma de Julio Ma. Sanguinetti y Felipe González, presidentes pro
tempore del Mercosur y la Unión Europea, que abrían así el camino
hacia la conformación del primer bloque económico del planeta,
antesala además de un gran bloque político. Los puentes sobre el río
Uruguay apenas descortados días atrás, son el símbolo de la
necesidad de agregar la inserción internacional del país a los temas
pendientes.
En estos tres lustros, además, se acentuaron las divisiones sobre
la autopercepción del país y de la sociedad uruguaya. Por un lado ha
ido perdiendo fuerza el imaginario dominante de un país básicamente
europeo, moldeado por la inmigración, a la cabeza de y distinto a
todo el resto de América Latina; ha perdido peso, pero subsiste en
un segmento significativo de la sociedad. Por otro lado revive la
simbología del país hispano-criollo, enancado en el discurso
telúrico nacionalista más lo que agrega el creciente peso de la
izquierda de sintonía histórica blanco-herrerista. Pero lo más
significativo es la aparición de un tercer segmento, creciente,
quizás dominante en algunas áreas, que concibe a esta sociedad como
típicamente latinoamericana, promedialmente latinoamericana, con sus
mismas carencias y limitaciones, necesitada de la ayuda y el
conocimiento que pudiesen aportar Cuba o Venezuela para resolver
problemas como la salud o la educación. En estos lustros nació y
murió, o se redujo a un segmento cuantitativamente reducido, quien
apostó a una sociedad con mucha imagen y semejanza a la
norteamericana, a los modelos latinos-norteamericanos, de la mano
del más puro liberalismo económico. No hay proyecto de futuro si no
hay acuerdo sobre el diagnóstico de qué es la sociedad presente.
Para saber a dónde se va, primero hay que tener claro qué se es y de
dónde se viene.
Para los próximos 15 años, hacia el 2021,
quedan pues muchas incógnitas a despejar. Hay un conjunto de temas
clave que el país debe debatir y la sociedad uruguaya resolver:
Uno. El
destino geopolítico en un mundo que camina hacia la conformación de
grandes bloques. Porque la inserción internacional del país no es
solo un tema de comercio y aranceles, sino que es en principio de
comercio y aranceles y a partir de allí de interrelacionamiento
económico y político, de asociación en lo económico y en lo
político. Lo único decidido en los últimos días (quizás decidido) es
hacia dónde no va el país. Lo demás son un conjunto de aspiraciones,
cuyo emprendimiento depende más de la voluntad ajena que de la
propia, aunque depende y mucho de la capacidad de diagnóstico de la
realidad internacional que la dirigencia nacional tenga, y luego, de
la capacidad de operar sobre esa realidad.
Dos. El
modelo de sociedad y de Estado. Por un lado tiene que ver con cuánto
de Estado y con cuánto de mercado, pero por otro lado tiene que ver
con cuánto de partidos políticos y cuánto de corporaciones, con
cuánto de regulación estatal y con cuánto de libre juego de los
actores económicos y de los actores sociales, con cuánto de
diversidad y cuánto de pensamiento único.
Tres.
El desafío de modelo en lo relativo a
producción. Qué va a producir el país, para qué, para vender a
quién. Cuál es el destino del agro, cuál el de los servicios, cuál y
cuánto el de la alta tecnología.
Cuatro.
Cómo va a ser la educación. Qué se va a
enseñar, cómo, por quiénes y a quiénes. Debate que debe comenzar con
el consenso de que ningún plan educativo puede ofrecer resultados si
se lo cambia cada cinco años y también debe discutirse si, como
muchos creen, el problema más importante del sistema educativo es
cómo se eligen las autoridades de la educación
Cinco.
Cómo se enfrentan las diferencias sociales y se combate eficazmente
la pobreza, porque combatir la pobreza es sacar a la gente de la
pobreza para que no sea más pobre.
Sexto. Si
el país sostiene una alta presencia y gravitación de las capas
medias, que fue la característica nacional a lo largo de todo el
siglo XX, o si las capas medias tienden a debilitarse, a perder el
lugar que tuvieron a lo largo de esa centuria.
Y por
supuesto, unas cuántas claves más.
El país sigue necesitado, como lo estaba en
1991, de ser repensado. Y la forma de repensarlo debe ser a través
de la sociedad toda, a partir de la aceptación de la diversidad de
la sociedad, de la diferenciación de pensamiento, valores y
creencias al interior de esa misma sociedad, de la búsqueda de
puntos comunes como forma de dirimir el disenso, en definitiva, de
crear un imaginario en torno al cual haya un gran consenso nacional,
con el que se identifiquen – en todo o en su gran parte – todos los
uruguayos, los distintos segmentos de la sociedad.
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