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Casi no hay periodo de la historia en que en alguna parte
significativa del planeta no haya habido grandes migraciones,
pueblos enteros o segmentos relevantes de esos pueblos que cambiaron
su habitat, se movieron de una tierra a otra, a veces yendo de un
extremo a otro de un continente, otras atravesando anchos océanos.
Son muchos, casi todos, los países cuyas poblaciones son el producto
de migraciones, de movimientos muy lejanos o más cercanos, o con
sucesivas capas de traslaciones masivas. Las Américas son el
producto de posibles migraciones muy lejanas (las de las poblaciones
denominadas indígenas), otras lejanas pero no tanto (los
colonizadores), otras intermedias (la población negra cazada,
trasladada y esclavizada) y unas muy cercanas, las grandes
migraciones europeas que -desde el último tercio del siglo XIX hasta
pasada la mitad del siglo XX- invadieron las tierras más al norte de
la América del Norte y las más al sur de la América del Sur. Ahora,
en las últimas décadas, la América ibérica vive el fenómeno inverso,
la migración de las poblaciones de este hemisferio hacia las tierras
europeas, particularmente de España. Y este contramovimiento del
péndulo es el eje de la XVI Cumbre Iberoamericana de esta semana.
El territorio de la República Oriental del Uruguay se conforma
con una muy escasa población indígena original, una migración no
cuantificada dentro de la región (el desplazamiento de indígenas y
criollos entre lo que hoy son Argentina, Brasil, Paraguay y
Uruguay), la migración colonizadora (española y portuguesa) y las
dos grandes olas migratorias modernas: la predominantemente italiana
de 1870 a 1920 por un lado y por otro la que va desde los
prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, pasa por el fin de la
Guerra Civil Española y llega a los comienzos de la posguerra
mundial. Estas dos olas o esa gran ola continua y oscilante de 1870
a 1956, conforman entre el 65% y el 75% de la población actual de la
República Oriental (ese 10% de diferencia está en los criterios que
se establezcan para definir la pertenencia o no a esta gran ola
migratoria)
Las inmigraciones europeas de la gran ola final están impulsadas
fundamentalmente por el hambre, la persecución política y la
persecución religiosa. Y esos emigrantes forzados encontraron en
esta tierra comida, protección, dignidad y oportunidades. Las
historias conocidas por esos hijos, nietos y ahora bisnietos de esos
migrantes son relatos sobre las bondades de esta tierra, donde esos
inmigrantes prosperaron a fuerza de trabajo y sacrificio, en un país
que no los discriminó, ni siquiera a los que no conocían el español,
que constituían la gran mayoría. Aunque están lejos de esa gran ola,
no está demás remarcar que las bondades de esta tierra no existieron
para los migrantes forzados con destino a la esclavitud.
A menos de siglo y medio de comenzada la gran ola, y a medio
siglo de su culminación, el movimiento continúa pero con la flecha
invertida. En realidad la flecha se invirtió apenas una década y
poco después de culminada la oleada. El camino que sirvió de venida
se transformó en camino de retorno. Hay dos cambios fundamentales
entre la odisea de los vinientes y la peripecia de los andantes. Los
que vinieron debieron afrontar travesías en duras condiciones,
azotes de plagas y pestes, consecuentemente la incertidumbre sobre
si se llegaba salvo y sano a tierra, el dolor de la pérdida en
travesía de seres queridos o amistades formadas en las cubiertas;
pero esas odiseas encontraban su punto final con el arribo del
barco. Los que se van lo hacen en las relativamente confortables
condiciones de la clase económica de las aerolíneas actuales, pero
la peripecia comienza al llegar a destino y al permanecer en él,
porque no sabe si va a poder trasponer la migración, y si lo hace,
no sabe si va a poder afincarse y trabajar en la nueva tierra, que
en tanto continente es la tierra de sus antepasados nada lejanos.
Diferente pues la travesía y diferente la situación en destino. Y
tambén diferente (tercera diferencia) que los que llegaban lo hacían
a una tierra deseosa de recibir inmigrantes y los que se van lo
hacen a tierras que poco los quieren.
Europa tiene grandes contradicciones en el tema de la nueva
inmigración hacia sus tierras. Una es que toda inmigración cambia al
país que lo recibe y afronta el dilema entre resistir el cambio o no
poder resolver el dilema demográfico. Otro es entre la defensa de
los valores de la cristiandad (valores que van más allá de lo
religioso y aún de la creencia en Dios) y la aceptación de la
multiculturalidad, que en realidad quiere decir aceptar la
especificidad y diferenciación del otro. También lo difuso que es
definir qué es Europa y quiénes son los europeos, en momentos en que
La Unión Europea considera que son europeos, o que pueden serlo, los
habitantes de algunos países asiáticos, pero no considera europeos a
los israelíes hijos o nietos de europeos, o a los rioplatenses hijos
o nietos de europeos (afirmación con excepciones por el jus
sanguinis).
Como la Cumbre es Iberoamericana, las contrapartes europeas son
España y Portugal. Por eso hay que focalizar en España y decir que a
esas mismas contradicciones de Europa, la Hispania añade la misma
ajenidad con que considera a los pueblos de la América Española, el
continente mestizo según Ruben Darío, que al decir del poeta rezan a
Jesucristo y hablan en español. Es decir, tienen simiente de España
(hoy se debería decirse que tienen ADN de España), hablan el
español, profesan su misma religión y comparten los valores de una
misma civilización. Y esto quizás sea más importante señalarlo para
otros pueblos americanos, por ejemplo los ecuatorianos, que llegan
masivamente a la península.
Para los uruguayos en particular la controversia pendiente es
otra: la vigencia del Tratado de 1870, que dispone el libre tránsito
y establecimiento de (para decirlo en el propio lenguaje del
Tratado) de “Los ciudadanos de la República en España y los súbditos
Españoles en la República Oriental del Uruguay”. Tratado que según
Uruguay se aplicó en beneficio de los españoles cuando la senda de
la carretera oceánica era de venida y no se aplica a favor de los
uruguayos cuando la senda es de ida.
Tratar hoy en una Cumbre el tema de la migración es remover
asuntos muy fuertes en las relaciones entre los pueblos de un lado y
del otro del Atlántico, pero además afrontar diversos temas que
afectan a la identidad de la europeidad, la españolidad y la
americanidad.
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