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Desde que asomó a la vida pública al despuntar el invierno de
1989, Tabaré Vázquez asombró a propios y extraños. Para empezar,
logró para el Frente Amplio lo que le había sido esquivo en las dos
oportunidades anteriores: el gobierno municipal de la capital de la
República. Desde entonces su manera de tomar la política y la
administración, la forma en que usa su tiempo, han motivado muchos
comentarios, análisis y reflexiones.
Es que como primer mandatario va poco por su despacho (mucho
menos que cualquiera de sus tres antecesores); declara que no le
gusta la política; debe ser el primer jefe de Estado y el primer
jefe de Gobierno del mundo, en muchísimo tiempo, que ejerce el cargo
en régimen de múltiple empleo. También a veinte meses de asumir el
mando obtiene la aprobación de la mayoría absoluta de la ciudadanía
(siempre ha estado por encima del 50%), así como crece la economía
del país, la recaudación fiscal y el ingreso de los hogares, a la
vez que cae la pobreza. A la vista de estos datos contradictorios,
en particular la distancia que hay entre su dedicación y la
valoración de la gente, entre su vocación y los resultados, es
conveniente comenzar a desmenuzar las distintas complejidades del
primer mandatario, en particular la dedicación a su cargo, el uso de
su tiempo, su relación con la política.
El presidente pasa mucho tiempo ausente de su despacho. También
pasa mucho tiempo en salidas a pescar. Y esto cada vez es más objeto
de comentario. Viene a cuento la pregunta que formulaba el
antropólogo brasileño Luiz Marins: ¿por qué creen que esos
directivos de empresas multimillonarias ganan sueldos de seis
cifras, cuando se pasan todas las tardes jugando al golf? La
respuesta surge obvia: porque les pagan para pensar, para despachar
papeles les sobran ejecutivos, gerentes y secretarias. También viene
a la memoria la imagen de ministros y presidentes de empresas
estatales, actuales y pasados, que llegan a su despacho apenas
amanecer y se retiran cerca de la medianoche, largas jornadas entre
reuniones y atender gente; y uno se pregunta: ¿y cuándo tiene tiempo
para pensar? ¿cuándo tiene la serenidad necesaria para tomar
decisiones cruciales?
El eficiente uso del tiempo de un gobernante, de un administrador
o de un empresario, implica también tomarse las horas suficientes
para meditar, sopesar y decidir en calma. Nunca hay que olvidarse
que cuanto más alto se está más soledad se tiene, por gregario que
sea el individuo. Y que las decisiones de un presidente siempre son
decisiones en solitario, que él es el único y último responsable de
las decisiones que tiene que tomar. Entonces, el tema no es cuánto
va el presidente a su despacho ni cuántas horas destina a pescar,
sino qué hay en su cabeza en ese tiempo en que no va a su despacho,
en ese tiempo en que está a la vera de un río. Ahí está el quid, lo
que en definitiva hay que averiguar.
Otro cantar – en cuanto a dedicación al gobierno – es el tiempo
que dedica a la medicina o a la lectura de la medicina, porque ahí
la cabeza del presidente gira en torno a medicina, enfermedades,
pacientes, salud, vida y muerte. Y ese sí es un tiempo mental que le
roba al pensar el país, a pensar el gobierno, a sopesar decisiones.
No solo es tiempo mental, la libido está en otro lado, no está
puesta en gobernar.
La relación con la política es otra cosa complicada. Es un hombre
extraño al mundo político e incluso al mundo parapolítico, como
pueden ser disciplinas como derecho, ciencia política, sociología,
economía o historia, o el mundo militar. Esa ajenidad supone un gran
déficit de conocimiento, no solo del que emana de los libros, sino
del que surge de la experiencia, del aprendizaje de una vida en que
se observa cómo se actúa y cómo se decide, cuáles son las reglas y
cuáles son los códigos. Pero esa misma ajenidad es una gran ventaja
hacia la gente, y en una doble vía. Porque la gente lo siente como
alguien diferente y en esa diferencia lo percibe como más cercano a
sí mismos; y además porque la percepción que el presidente tiene de
la gente no aparece contaminada por códigos y claves. Esa relación
particular de Vázquez con el hombre y la mujer comunes es lo que lo
catapultó a primera fila del escenario, apenas llegado a él; y es lo
que le permitió generar esa fuerte adhesión mayoritaria que aún
conserva, pese al desgaste de casi dos años de gobierno. Es que
desde el punto de vista de la opinión pública, el oficialismo
estaría en una situación mucho más difícil si no fuese por el fuerte
soporte que da la adhesión personal de la gente a la figura de
Tabaré Vázquez. Además, en un periodo histórico en que las
sociedades desconfían de los políticos, el percibir al presidente
como un hombre ajeno a la política deviene en un activo.
El tema es que como es auténtico en su ajenidad a la política,
eso supone que tiene fuertes resistencias a aprehender reglas y
códigos, a leer en profundidad las lecciones de la historia. Y eso
determina que sus éxitos y fracasos estén mucho más ligados que en
otros gobernantes al acierto o al error en la elección de sus
colaboradores, de sus ejecutores, de sus asesores, ya fuesen hombres
de su entorno personal o ministros o presidentes de empresas
públicas. Hasta ahora, tanto en la Intendencia de Montevideo como en
estos veinte meses como presidente, ha sido mucho más lo que ha
funcionado su olfato que lo que ha fallado. En pocos meses, o pocas
semanas, le va a tocar poner a prueba una vez más esa capacidad para
calibrar a la gente. Y en las decisiones que tome en solitario, con
muy pocas consultas, quizás sí con mucha reflexión a la vera de un
río, se va a definir y mucho la suerte de un gobierno en el momento
de encarar lo que prácticamente es el comienzo de la segunda mitad
de su mandato, del tiempo efectivo de realizaciones.
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