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La figura del Fiscal de Corte y Procurador General de la Nación
hasta hace pocos años era conocida por los cultores del derecho y
los más conspicuos hombres políticos, así como por alguien
particularmente informado. Años atrás, en los tiempos de odio,
adquirió fugaz notoriedad un fiscal de Corte por el hecho de haber
sido secuestrado por el MLN y sobre todo por haber hecho
declaraciones consideradas lesivas para el decoro de La Justicia.
Luego el cargo volvió al anonimato, hasta que comenzó a ser centro
de discordias en la última década. Por dos veces en ese tiempo el
disenso tiene que ver con la selección del titular. El primero lo
fue de manera un tanto asordinada, cuando el presidente Sanguinetti
(en su segundo periodo) intentó designar a Miguel Langón. Ahora, con
mucho más ruido, con el intento de nombramiento de Mirtha Guianze.
Hay algunas cosas en común y varias diferentes entre uno y otro
episodio. Lo primero en común es que se trata de dos fiscales
penales. Lo segundo es que el uno como la otra son considerados, por
sus objetores, como personas altamente ideologizadas, con una visión
politizada del Ministerio Público. La diferencia primera es que en
esa ideologización se sitúan en las puntas opuestas del eje. La
segunda diferencia, la más significativa, tiene que ver con lo que
hizo cada Poder Ejecutivo en uno y otro caso, cuando la designación
del anterior fiscal de Corte y en el actual proceso.
El fiscal de Corte es designado por el Poder Ejecutivo, previa
venia otorgada por los tres quintos del Senado. En buen romance
quiere decir – salvo situaciones excepcionalísimas que no se han
dado en las últimos seis décadas - que no puede nombrarlo el partido
de gobierno por sí solo, ni aún con mayoría absoluta en la rama
alta; necesariamente requiere de una negociación que le otorgue un
mayor respaldo político. Si se agrega que el titular de ese cargo
tiene prohibida toda actividad política pública o privada, con la
sola excepción del voto, se termina de delinear la intención del
constituyente: evitar que la cabeza del Ministerio Público sea o
actúe como una figura al servicio del presidente de la República o
de la mayoría política. Va de suyo que el gobierno debe seguir un
procedimiento completamente distinto cuando tiene la potestad de
designar por sí (o con el requerimiento de un respaldo o venia de
la mayoría absoluta) que cuando esa potestad está limitada por la
exigencia de una venia de tres quintos. En el primer caso es una
decisión privativa de la mayoría de gobierno, en el otro caso es
imperativo ir a una negociación.
Negociar quiere decir reunirse dos o más actores que parten de
puntos de vista diferentes con el objetivo de buscar un
entendimiento. Ese acuerdo puede lograrse de diferentes maneras y la
negociación puede transcurrir por distintos caminos. Lo que es de
previa necesidad es que cada una de las partes concurra a la
negociación con la finalidad expresa de perseguir un entendimiento,
no importa si esa búsqueda es por voluntad propia o por imperio de
las circunstancias; lo realmente relevante es que exista ese
objetivo. Y para ello se requiere flexibilidad: no hay negociación
alguna si no hay disposición a transar. No cabe lo de aquel abogado
que propuso a su contraparte: acepte todo lo que demando, hágase
cargo de costas y honorarios, y transo de inmediato.
En el caso Langón, el entonces presidente Sanguinetti insistió
con su candidato todo lo que pudo. Cuando su verbo resultó escaso
para convencer a sus socios, cambió de nombre y propuso a Peri
Valdez. Más allá de las virtudes o defectos del segundo postulante,
el presidente corrió con una ventaja en esa segunda etapa: no es
cómodo interponer el veto más de una vez, casi imposible dos veces.
En este caso la actitud del oficialismo fue otra: propuso de primera
a Mirtha Guianze, obtuvo el inmediato y además conocido rechazo de
parte de todo el Partido Nacional, de todo el Partido Colorado y del
Partido Independiente, sin una sola vacilación. Y cuando le resultó
imposible su designación, buscó todos los subterfugios imaginables:
pensó en aprobar una ley que hiciese un puente a la constitución y
finalmente optó por la encargaturía, en una original tesis que
diferencia la subrogación de la encargaturía, pero que tiene como
trasfondo el que no se cumpla el esencial requisito constitucional
de que el Fiscal de Corte no sea hechura per se de la mayoría. No le
fue fácil, porque tropezó con recursos varios de otros fiscales
heridos y puso en riesgo el propio funcionamiento del sistema
judicial, a la vez que dio a la oposición una fuerte bandera para
embestir unida. Y entonces sí, dio señales de estar dispuesto a
negociar, en lo que es el sentido natural y obvio de esta palabra.
Lo curioso es que fue por el camino de la confrontación, cuando
pudo ir por el de la habilidad negociadora. No se le ocurrió al
gobierno dejar en reserva el nombre de Guianze, hasta desgastar a la
oposición en uno o varios vetos a otros candidatos que le fueren
impotables, y sacar a relucir su candidata preferida cuando la
oposición ya hubiese gastado todos sus cartuchos.
Cabe recordar una anécdota que relataba José Claudio Williman. En
1926, batllistas y colorados independientes debían acordar un
candidato común para la Presidencia de la República, sobre tres
bases: el candidato debía ser colorado independiente, el coloradismo
independiente proponía una terna y el batllismo elegía un nombre de
esa terna. José Batlle y Ordóñez quería que el candidato fuese su
amigo Juan Campisteguy. Sabía que si él proponía el nombre, jamás
iba a aparecer en la terna. Entonces, cuando se reúne con él una
delegación colorada independiente para ultimar detalles, al
despedirse, en los escalones de la quinta de Piedras Blancas, don
Pepe les dice: “Y no se les ocurra proponerme el nombre de
Campisteguy”. Dicho y hecho: los independientes mordieron el anzuelo
e incluyeron el presunto nombre impotable en la terna. A veces, una
buena dosis de sagacidad puede más que embestir a ciegas.
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