|

Uruguay se encuentra en la encrucijada de definir su lugar en el
mundo, en un mundo cambiante que emite señales opacas y
contradictorias. Desde que Lord Ponsonby fuese decisivo para que
este pedazo de tierra deviniese en un estado independiente, y más
acentuadamente a partir del último tercio del siglo XIX, este país
giró en la órbita del Imperio Británico; al decir de Eric Hobsbawn,
Uruguay (como Argentina) fue un “dominio honorario” de la corona,
situación querida por unos y malquerida por otros. Y terminó de
girar con los últimos estertores del Imperio, entre mediados de los
años cincuenta y mediados de los sesenta del siglo pasado.
Quince años atrás, la creación del Mercosur supuso haber
encontrado un destino para el país, con la conformación de un bloque
regional cuyos dos grandes brazos constituían las dos bases
históricas de conformación de este país. Once años atrás ese destino
quedaba sellado con un segundo gran paso: la histórica decisión de
la Unión Europea y el Mercosur de pasar a un conformar un gran
bloque, el de mayor peso a escala planetaria. Ya avanzados seis años
de este Tercer Milenio, los entendimientos entre Europa y Mercosur
están más cerca del punto de partida que del punto de llegada,
mientras que el propio Mercosur amplía sus instituciones y sus
miembros, sin lograr hacer funcionamiento el escalón más primario de
toda asociación comercial internacional: la zona de libre comercio.
Ante esta realidad el gobierno anterior apostó a un Tratado de Libre
Comercio con Estados Unidos, y este gobierno caminó y desencaminó
por esa vía.
Un primer hecho que llama poderosamente la atención es que no hay
un debate nacional con la profundidad y la amplitud que exige el
momento histórico. Porque está en juego el destino del país por un
largo tiempo. El gobierno debate en torno a medidas concretas sobre
problemas concretos y la oposición cuestiona esas medidas concretas
y no sale de ver problemas concretos. Pero el debate plantea una
encrucijada previa a la encrucijada del país, la de cómo se debe
procesar una decisión de esta envergadura, si se va por el camino
del cardenal Richelieu o del emperador Fernando de Habsburgo.
Hace cuatro siglos, Fernando II de Habsburgo, emperador del Sacro
Imperio Romano Germánico, defensor de la Fe, de la Santa Madre
Iglesia y del Vicario de Cristo, se alió exclusivamente con quien
compartiese sus concepciones religiosas y combatió a todos aquellos
que pensasen o creyesen de manera diferente. No hizo una sola
concesión a esta concepción ideológica de la política internacional
y subordinó cualquier interés nacional de Austria al interés global
del catolicismo romano. Esa visión del hombre que concibe el juego
político entre estados como un choque de ideas se expresa también
hace medio siglo en John F. Kennedy, cuando proclama que
"los Estados Unidos pagarán cualquier precio,
soportarán cualquier carga para asegurar el triunfo de la libertad
(...) allí donde se encuentre amenazada".
Enfrente a Fernando se situó Armand Jean du
Plessis, cardenal de Richelieu, cabeza del gobierno de Francia,
quien encarnó la línea pragmática. Proclamó la “raison d’Etat” Como
la base de su política exterior y así fue como el príncipe de la
Iglesia Católica Romana se alió con todos los principados y ducados
protestantes de la Alemania del Norte contra el Sacro Emperador,
defensor de la Iglesia, además apoyado económicamente por el Papa.
Para el cardenal no existió aliado mayor que aquél cuyo interés
coincidiese con el interés nacional francés o fuese funcional a los
intereses franceses. Y así como Richelieu fue la contracara de
Fernando, Richard Nixon lo fue de Kennedy. El gran conservador, el
gran cazador de brujas, fue quien en pos del interés nacional
norteamericano realizó la apertura hacia China, la distensión con la
Unión Soviética y el retiro de Viet Nam (y eso quizás fue lo que en
verdad le hizo perder el cargo)
La República Oriental debe debatir, sus
elites políticas, económicas, sociales e intelectuales, su sociedad,
cómo ve al mundo, al país y la relación del uno con el otro, del
país con el mundo. Porque hay un punto de previo y especial
pronunciamiento de cómo se cree que funciona el mundo, y en especial
las relaciones internacionales. Si se ve las relaciones
internacionales como el frío juego de intereses nacionales o como el
apasionado juego de concepciones ideológicas. De un lado, la
concepción tipo Richelieu, si se entiende que lo que predomina es la
búsqueda de la “raison d’Etat” de cada país, que supone oponerse a
todos cuyo interés nacional fuere en sentido contrario, y aliarse
con quienes tuvieren intereses nacionales coincidentes. Del otro
lado, la concepción tipo Fernando, que supone trazar mapas
ideológicos de los países, fronteras ideológicas, descubrir enclaves
y exclaves ideológicos, en el supuesto de que todos aquellos países
que piensan igual, o que tienen el soporte de la misma ideología,
tienen intereses coincidentes en la política exterior.
Las recientes discusiones sobre el Tratado
de Libre Comercio con Estados Unidos o sobre la ampliación del
Mercosur (con la incorporación de Venezuela), revelaron la alta
ideologización de gobernantes y opositores en el análisis. En el
caso de la ampliación del Mercosur se fundamentó poco (a favor o en
contra) las conveniencias o inconveniencias de la tal ampliación, se
argumentó bastante en cuanto a las ventajas y desventajas de la
presencia de Venezuela, pero por sobretodo que se discutió en torno
a la bondad o maldad de asociarse con Hugo Chávez (y la mar de las
veces la palabra Venezuela no invocada un país, sino una figura). Y
en el caso del Tratado de Libre Comercio, jugaron dos factores
altamente subjetivos: la simpatía o antipatía por el país del norte;
la adhesión o rechazo al libre mercado más libre. Lo curioso es que
al hacer argumentos ideológicos, todos pretendieron hacerlo como si
razonasen exclusivamente a partir de la “raison d’Etat”.
|