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Está a punto de culminar el segundo año civil de los cuatro que
componen el tiempo útil de gobierno, es decir, el periodo completo
menos el año dedicado al ciclo electoral. Como quien dice, el primer
gobierno frenteamplista se encuentra en la mitad de su periodo
efectivo. Desde el ángulo de la opinión pública el balance de este
tiempo es claramente favorable para el presidente, algo favorable
para el gobierno como conjunto y con matices muy diversos para las
diferentes políticas. Sin embargo, esto no es demasiado relevante:
el juicio que realmente importa de la opinión pública es el que se
vierte al final de estos cuatro años de tiempo útil, en el momento
en que cualquier gobierno puede exhibir realizaciones o la orfandad
de realizaciones; ese es el juicio verdaderamente importante. La
gente en general tiende a juzgar al gobierno en función de los
resultados que le afectan a sí mismo y a su entorno, y esos
resultados son siempre evaluados subjetiva y no objetivamente. Y en
esa subjetividad pesa mucho la postura política, la ideología,
creencias y valores de cada cual. Por tanto, siempre se da que es un
conjunto el que considera positivo al gobierno y otro conjunto el
que lo considera negativo; lo realmente definitorio es cuál es el
porcentaje de cada uno de los conjuntos.
Pero más allá de resultados y también más allá de posturas
políticas, es posible analizar éxitos y falencias desde el punto de
vista procedimental, de los elementos que hacen a la gestión. Cuando
se hace un alto a mitad de camino – y se está a mitad del camino –
vale la pena examinar primero las falencias de procedimiento, cuya
corrección es necesaria para el mejoramiento de esa gestión. Cuatro
elementos saltan a la vista como déficits en la gestión: el zigzag,
los cortocircuitos, las dificultades de aterrizaje y los escollos
para encontrar vías fluidas para la definición de un claro rumbo
común.
El zigzagueo es connatural a la estructura de personalidad de
Tabaré Vázquez. Por tanto, es un dato de la realidad cuasi
inmodificable. Lo importante es que ese atributo existe y genera
problemas: fundamentalmente siembra desconcierto en propios y
extraños. El desconcierto puede ser positivo cuando es producto de
una estrategia deliberada, pero es desgastante cuando no tiene
ningún propósito en sí, sino que es el resultado de la forma de
operar. El reciente episodio de lo que se ha llamado - con
exageración - la militarización y desmilitarización de Botnia, en
pocos días, es un claro ejemplo de los desgastes que supone ese
zigzag. Y éste es producto de comenzar a operar, o a formular
anuncios, o a transitar caminos, cuando todavía no se ha definido
con absoluta claridad cuál es el destino, cuál es el objetivo, o no
se han sopesado ventajas y riesgos de cada acción. El zigzag denota
inseguridad, improvisación, falta de meditación. Es aquello de que
no hay viento favorable para el que no sabe a dónde quiere ir. Lo
importante a esta altura no es querer evitar ese zigzagueo, porque
no es modificable, sino evitar que el zigzagueo se haga en público.
Todas las dudas del gobernante, mientras no trasciendan, mientras no
generen hechos, no son negativas; si a la luz pública trasciende el
momento final de la decisión y nada más que ello, no hay desgaste en
absoluto.
Los cortocircuitos en el oficialismo son otro de los problemas a
abordar. Hay choques en función de diferencias políticas o
ideológicas, y hay desinteligencias exclusivamente en función de
métodos. Estos últimos tienen que ver con el juego de muchas
personalidades avasallantes y de la pérdida de una cultura – que fue
connatural a la izquierda – del diálogo profundo, del debate intenso
y prolongado, quizás duro, en busca del consenso. En estos dos años
se ha usado en exceso la creación de hechos consumados o la
formulación de anuncios como política de gobierno, que no son
producto de una decisión global del oficialismo, sino el intento de
un sector o de un ministro de imponerle al conjunto el rumbo propio.
Esto ha generado cortocircuitos entre los ministros y entre los
ministros y los parlamentarios. El presidente cultiva hacer mutis,
dejar que los segundos se enzarcen en disputas, para luego aparecer
con la decisión irrevocable e inapelable; sin duda una de sus
grandes virtudes es saber ejercer la autoridad en el momento y el
lugar oportunos. El problema es que esas continuas greñas en el
oficialismo acentúan los vaivenes y producen un desgaste
generalizado hacia dentro y hacia fuera.
A ello hay que sumar los cortocircuitos con la oposición. Que un
partido cuente con mayoría absoluta conlleva sus ventajas y sus
desventajas. Como se demostró en España con el segundo gobierno
Aznar, la mayoría absoluta para el Partido Popular devino a la larga
en una gran desventaja, la que produce la embriaguez de poder, la
soberbia. Contar con mayoría absoluta hace pensar que no se depende
más que de sí propio, y ese pensamiento se ha extendido (como lo
demuestra el caso de la Fiscalía de Corte) hasta en los temas en que
la propia Constitución exige la coparticipación opositora.
Las dificultades de aterrizaje, reconocida con la frase de
“estamos aprendiendo”, le han hecho perder al gobierno un tiempo
valioso. Tardó en aterrizar el Plan de Emergencia, el que tocó
tierra con objetivos y métodos completamente diferentes a los
pensados originalmente, aunque finalmente logró hacerlo con éxito.
También ha sido muy largo el aterrizaje de la reforma tributaria. Y
siguen en sobrevuelo, sin siquiera pedir pista, la reforma de la
salud, la reforma educativa y la inserción internacional del país.
Estas dificultades de aterrizaje, más los cortocircuitos causados
por procedimientos, se agravan cuando se enmarcan en fuertes
diferencias ideológicas o políticas. Estas diferencias no son
minimizables, ni siquiera reducibles a dos bloques enfrentados, como
simplifican muchos, sino que son el producto de un muy rico
matizamiento de posturas. Que haya lucha por imponer el propio
objetivo o la propia posición es connatural al disenso político,
inclusive que cada uno intente crear los hechos para mejorar su
postura; pero para el gobierno como tal, para el oficialismo en su
conjunto, es perentorio definir los ámbitos y los procedimientos
donde dirimir el disenso.
Todo esto no es
un balance de de la labor de gobierno, y mucho menos la conclusión
de que le va mal. Es solamente un inventario de dificultades que el
oficialismo debe necesariamente encarar y superar, para mejorar su
accionar en la segunda mitad del tiempo útil que le queda.
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