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La
palabra “Nunca más” ha quedado asociada en los últimos tiempos al
deseo de marcar la necesidad de no repetir cosas indeseables, o lisa
y llanamente atrocidades. El Consejo de Ministros ha resuelto que el
19 de junio, además del Natalicio de Artigas, pase a considerarse el
día del “Nunca más”. Un primer punto es que las conmemoraciones
nacionales son atribución de ley, por lo cual es una decisión de un
gobierno con valor más simbólico que formal, que puede ser cambiada
por una simple resolución de otro gobierno. Para que quede
consagrado en el calendario oficial, el “Nunca más” debe ser
declarado por ley, lo cual parecería ser el paso necesario siguiente
a este primer paso importante impulsado por Tabaré Vázquez. Un
segundo punto es “nunca más” a qué.
En su discurso el presidente afirmó: “… es
deseo seguramente de la enorme mayoría de los uruguayos, que podamos
avanzar hacia el futuro en un terreno de reconciliación y de
reencuentro de todos los uruguayos para que todos juntos, no sólo
busquemos darles mejores condiciones de vida a nuestros
compatriotas, sino para que todos asumamos que estos tristes y
negativos hechos que han sucedido en este país nunca más vuelvan a
suceder. (…) Nunca más un hermano contra otro hermano en este
país”. Las palabras del presidente sugieren la tesis de que en el
país hubo un enfrentamiento entre bandos; en una formulación por la
positiva, es la misma formulación de la tesis de los dos demonios
(expuesta reiteradamente entre otros por Sanguinetti), o la
concepción tupamara de la guerra entre dos contenientes
beligerantes.
Pero como se sabe, las normas se autonomizan
de sus autores. Y el decreto parte de un visto: “las actuaciones
cumplidas por la Presidencia de la República en materia de
investigación de lo ocurrido con los detenidos-desaparecidos en
territorio nacional”. Que luego de resultandos y considerandos
centrados en el mismo tema, dispone: “A efectos de que el país pueda
mirar al futuro y encontrar caminos de reconciliación nacional,
fíjase el día 19 de junio como única fecha conmemorativa de que
nunca más deberán ocurrir estos episodios entre uruguayos”. Como
surge de manera inequívoca e indubitable, los episodios a que hace
referencia son la detención y posterior desaparición de personas. El
decreto está en la misma línea que la actuación de la Intendencia
montevideana de Mariano Arana, cuando centró el recuerdo de la
dictadura en un Memorial a los Detenidos Desaparecidos.
En consecuencia, surgen aquí dos temas
diferentes. Uno es cuál es la explicación del pasado y otro a qué se
le dice nunca más. Sobre la explicación del pasado hay tres tesis
diferentes. Una es la mencionada por el primer mandatario, la del
enfrentamiento de uruguayos contra uruguayos. Otra es más
unilateral: lo único significativo es que en determinado momento las
Fuerzas Armadas, o un grupo de civiles que ocupaban el gobierno, o
ambos en conjunción persiguieron, torturaron y mataron a un número
significativo de personas. Una tercera tesis es más compleja: hubo
primero uno o varios grupos que en nombre de concepciones
revolucionarias se alzaron contra el régimen institucional, de
características democrático-republicano-representativas y en esos
alzamientos violaron derechos humanos, mediante homicidios o
secuestros; luego la represión de esas acciones guerrilleras derivó
en un papel preponderante de las Fuerzas Armadas y en esa represión
practicaron sistemáticas violaciones a los derechos humanos,
fundamentalmente la tortura y también la muerte; posteriormente la
represión continuó contra grupos políticos legales en tiempos
constitucionales, que no se alzaron en armas, muchos de cuyos
miembros fueron torturados, muertos y muertos con desaparición. Como
se puede observar, estas tres tesis no son compatibles entre sí, y
aquí hay un gran debate nacional pendiente, que debiera darse sin
apasionamiento.
El otro tema es a qué se le dice “nunca más”. Ya entre el decreto
del Poder Ejecutivo y el discurso presidencial aparecen dos
visiones. A título de inventario, desde lo más reduccionista a lo
más abarcativo, pueden listarse los siguientes “nunca más”:
a.
a la detención de personas por parte del Estado, su
muerte, ocultamiento de la muerte y desaparición de rastros
b.
a la detención y muerte de personas por parte de fuerzas
estatales o paraestatales, con o sin desaparición
c.
a la detención, muerte y tortura de personas por parte de
fuerzas del Estado o paraestatales
d.
a toda forma de persecución arbitraria del Estado
(detenciones, prisión, destituciones, amenazas) o aún en una
persecución no arbitraria, la realización de la misma con violación
de los derechos a la vida e integridad física y psíquica
e.
a todo tipo de privación de libertad, padecimiento físico
o psíquico, muerte y cualquier forma de amenaza o persecución, ya
fuere ocasionada desde el Estado o desde grupos políticos o civiles
organizados contrarios a las instituciones estatales existentes
f.
al golpe de Estado por sí mismo o asociado a cualquiera de
las cinco categorías anteriores
g.
al enfrentamiento entre fuerzas del Estado y grupos
políticos opuestos a esas instituciones, en una especie de guerra
civil
Puede considerarse que esta prolija enumeración es producto de la
obsesión de un obseso clasificador. Lo cual es correcto. Pero
también la elección de cualquiera de estas categorías es una opción
clara e inequívoca de valoración del pasado. Y en tanto forma de
valoración del pasado, es una forma de ver por dónde y cómo se debe
caminar hacia delante. No es lo mismo decir “nunca más a las
desapariciones”, que “nunca más al golpe de Estado”, que “nunca más
a todo lo que combata y ataque la democracia”, que decir – lo que no
es contradictorio y es complementario de lo anterior” – “nunca más a
ningún tipo de violación de derechos humanos, parta de donde parta”.
El “nunca más” proclamado por el gobierno parece ser un punto de
partida para estos dos debates que la sociedad uruguaya se debe a sí
misma. Y estos dos debates, el qué pasó y el nunca más a qué, pueden
perfectamente darse en el marco o con el objetivo señalado por el
presidente de la República: para el país “pueda
mirar al futuro y encontrar caminos de reconciliación nacional”.
Como paso previo e ineludible aparece la necesidad de crear el clima
de paz espiritual, de calma en los espíritus, para que ese debate
pueda darse, clima del que hoy se está distante. |