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En
cuatro décadas, los partidos tradicionales en conjunto pasaron del
91% del electorado afirmativo al 43%. La caída fue persistente,
elección tras elección, sin una sola excepción. Vale recordar las
cifras: 91% (1962), 90% (1966), 81% (1971), 76% (1984), 69% (1989),
64% (1994), 55% (1999) y 46% (2004). También vale la pena repetir
que a lo largo de estos cuarenta años el país vivió años de vacas
gordas y años de vacas flacas, gobiernos democráticos y dictadura,
presidencias coloradas, blancas y de sustento militar. Y en esos
ocho lustros los colorados fueron conducidos o representados por
Gestido, Pacheco, Batlle Ibáñez, Sanguinetti, Tarigo, Stirling; y
los blancos por Etchegoyen, Gallinal, Heber Usher, Ferreira Aldunate,
Lacalle, Pereyra, Zumarán, Volonté, Ramírez, Larrañaga. Cada
elección en particular ofreció una explicación y encontró sus
respectivos culpables. Cuarenta años en una misma tendencia obliga a
salir de las anécdotas y de los personajes. También hay que salir de
la búsqueda de causas por la economía, el empleo, la inflación o el
ingreso de los hogares, porque en ese periodo hubo de todo, de todo
lo bueno y de todo lo malo.
Y lo que aparece son dos grandes líneas explicativas. Una va por
el lado de lo ideológico, en el sentido estructuralista del término:
los partidos tradicionales fueron perdiendo sintonía con los
valores, las demandas y los imaginarios de buena parte de los
uruguayos, sintonía que fue paulatina y persistentemente lograda por
la izquierda, en valores, comprensión de las demandas y
estructuración de los imaginarios. La otra línea explicativa va por
la forma de hacer política, incluidas en ella las percepciones de
corrupción (que merecen un análisis propio).
La sociedad uruguaya, como buena parte de las sociedades socialmente
desarrolladas, no se resignó ni a la caída del welfare state ni al
fin del modelo fordiano de producción. El imaginario deseado es de
un fuerte estado de bienestar que proteja al individuo desde el
nacimiento hasta la muerte, que asegure atención gratuita de la
salud, educación gratuita, trabajo de por vida y al margen de toda
zozobra, jubilación adecuada. Y ese trabajo desarrollado en relación
de dependencia en centros de gran concentración de asalariados, como
el Estado, los bancos o las viejas fábricas de miles de obreros y
empleados. Oficinas o empresas donde el trabajo se asegurase de por
vida, y hasta hereditario, ya que se generó la costumbre que los
hijos ocupasen la plazas vacantes. Para la funcionalidad de ese
modelo, o de parte del mismo, fue necesario instrumentar el régimen
de sustitución de importaciones con el consiguiente bloqueo de las
importaciones. Más o menos así fue o más bien se cree que funcionó
el país en su momento más ideal, en ese Nirvana que habría ocurrido
entre los años cuarenta y la primera mitad de los cincuenta. No
importa cómo fue en realidad, sino cómo se cree que fue.
Un buen día ese modelo se desplomó. Las consecuencias más fuerte
fueron la incapacidad del Estado de mantener el welfare state en
niveles adecuados a las exigencias y, por sobre todo, el cambio
fundamental en la estructura laboral: la pérdida de un porcentaje
muy elevado de puestos de trabajo estables y su sustitución por el
trabajo por cuenta propia, las empresas unipersonales, el empleo
precario, la venta callejera (o en ferias y mercados), los carritos
de recolección privada y manual de basura con la consiguiente
clasificación manual de deshechos. Para segmentos significativos de
la población se operó un cambio en la calidad del trabajo (aunque no
necesariamente en la cantidad de la retribución, ya que a lo largo
de toda una década, la de los noventa, los ingresos crecieron de
manera sensible). Pero por encima de todo lo que sobrevino fue la
imprevisibilidad, el tener siempre la amenaza de la pérdida o
disminución del ingreso, o lisa y llanamente la pérdida de la fuente
de trabajo. También creció de manera significativa la
competitividad, recibida como un factor positivo por algunos
segmentos minoritarios, particularmente por los de mentalidad
emprendedora e innovadora, en gran mayoría jóvenes de elite, pero
percibida como un factor indeseable por los más.
Este cambio opera progresivamente desde mediados de los setenta, con
un gran impulso en los noventa. Aquí la izquierda encontró su
espacio. La sociedad uruguaya mayoritariamente continuaba atada a la
utopía de los cuarenta y cincuenta. Los partidos tradicionales
comenzaban a abandonar el discurso defensor de esa utopía y a
proclamar – en general de manera inconexa y contradictoria – la
necesidad de cambios, de algunos cambios o de cambios profundos. La
izquierda hizo el gran viraje: en los cuarenta, cincuenta y sesenta
combatió duramente el modelo, hasta el punto que surgieron sectores
que se alzaron en armas contra el mismo, al que consideraban
injusto. En los ochenta y particularmente en los noventa la
izquierda se alza como el gran defensor del imaginario, apuesta al
restablecimiento pleno del welfare state y del empleo seguro, de por
vida y hereditario. Y además fue exitosa en endilgarle a los
partidos tradicionales el mote de “neoliberales”, quizás
parcialmente válido en lo atinente a la apertura de la economía y
cierta desregulación fáctica del trabajo (como es válido endilgarlo
a la política económica del gobierno actual), aunque nada válido en
relación al papel y el peso del Estado.
El libremercadismo reformulado – definición más exacta que la de
neoliberalismo – fue impulsado en el Partido Colorado por Jorge
Batlle y en el Partido Nacional por Lacalle. En su momento
comenzaron a obtener consensos, al punto que la sociedad uruguaya en
1996 aceptaba mucho más fácilmente que en 1992 formas de
tercerización, privatizaciones periféricas y apertura económica. El
Foro Batllista y el resto del nacionalismo oscilaron entre el
impulso a cambios y la defensa del viejo imaginario o de parte de
él, es decir, un manejo que apareció como contradictorio entre el
alejamiento y el mantenimiento de la vieja utopía. Hubo pues dos
cosas que afectaron a ambos partidos. Por un lado las
contradicciones interiores entre posturas fuertemente
libremercadistas y posturas relativamente estatistas. Por otro la
contradicción propia de los sectores menos libremercadistas entre la
defensa y el cambio del modelo de estado fuerte. Faltó la
construcción plena de un nuevo imaginario y el lograr que sectores
mayoritarios de la sociedad creyesen y se entusiasmasen en ese nuevo
imaginario.
Mientras los partidos tradicionales sigan creyendo que el
enfrentamiento a la izquierda es estrictamente un problema de
encontrar líderes y candidatos, seguirán sin estar en condiciones de
plantear combate.
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