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Para
entender la política exterior de este gobierno es necesario
clarificar dos puntos: qué se entiende por política exterior y dónde
se toma la decisión o se construye la estrategia. Por política
exterior corresponde entender todo lo que atiene al relacionamiento
del país con el mundo exterior, es decir, todos los actos y gestos,
formales e informales, que implica relacionarse con otros países,
conjunto de países, organismos internacionales y poderes
trasnacionales (estos últimos fundamentalmente económicos). Esto
quiere decir que política exterior – en sentido lato – implica el
relacionamiento internacional en lo político y en lo diplomático, el
relacionamiento económico, financiero y comercial con otros países,
organismos internacionales o poderes trasnacionales, el
relacionamiento social y cultural, el militar, el policial, las
interconexiones infraestructurales. Todo ello constituye la política
exterior, la cual no es una suma de campos diversos sino la
interacción de esos campos diversos. Son actos de política exterior
la suscripción de convenios diplomáticos con otros países, la forma
de votar en Naciones Unidas, la realización de acuerdos comerciales,
la emisión de títulos de deuda para su colocación en el exterior o
la inclusión o supresión de la enseñanza de algún idioma en la
educación estatal. El trazado de la política exterior (latu senso),
o el diseño de la estrategia al respecto, tiene en este gobierno
tres grandes fuentes: la Cancillería, el equipo económico y la
Presidencia de la República.
La Cancillería, o en este caso con más exactitud corresponde
hablar del canciller, tiene todo el poder político e institucional
que deviene del cargo, además del peso propio como líder del tercer
grupo frenteamplista en electorado y el segundo en representación
parlamentaria. Cuenta para llevar adelante su política con el
relacionamiento que el cargo le posibilita con los ministros de
exteriores de los otros países y con el aparato del Ministerio de
Relaciones Exteriores, en particular del Servicio Exterior.
El equipo económico, y en este caso con exactitud cabe hablar del
ministro de Economía y Finanzas, tiene el poder político e
institucional que se ha ido generando en torno a esta cartera, en
forma paulatina a lo largo de los últimos 48 años, en particular en
decisiones de política exterior ligado a lo macroeconómico y lo
financiero, y en disputa con la Cancillería en materia de comercio
exterior. A lo que cabe sumar el peso propio como líder del segundo
grupo frenteamplista en electorado y el tercero en representación
parlamentaria. Cuenta con el relacionamiento que el cargo le da con
los ministros de Economía o de Finanzas de los otros países, con el
relacionamiento privilegiado con los organismos financieros
mundiales e interamericanos y con el fuerte staff del Ministerio de
Economía.
Tanto el canciller como el titular del departamento de Economía
cada uno impulsa una línea nítida y absolutamente coherente en
política exterior. Ocurre que son dos líneas no solo diferentes,
sino contradictorias, casi sin espacios comunes. Con los errores
propios de toda simplificación, puede decirse que el canciller
impulsa una política latinoamericanista, tercermundista, de fuerte
lejanía de los Estados Unidos de América y gran desconfianza del
mundo desarrollado (de los países poderosos y de las poderosas
empresas trasnacionales), cuyo eje es el fortalecimiento político e
institucional del Mercosur y la ampliación del Mercosur en toda la
extensión posible (es decir, un Mercosur numeroso en cantidad de
países, fuertemente político y altamente institucionalizado). Cree
que en la región se vive un momento histórico sin precedentes desde
la independencia, donde hay un grupo numeroso de gobiernos ubicados
dentro del mismo espectro ideológico. El ministro de economía
impulsa en cambio una política globalizante (valga el neologismo),
con el horizonte puesto en entendimientos con los países mas
desarrollados, más poderosos o más grandes; manifiesta alta
decepción de ambos vecinos, poco enamorada de la Venezuela de Chávez
y bastante favorable a abandonar el Mercosur, o a reconocer que el
Mercosur abandonó al Uruguay. Quizás ve como modelo de inserción
internacional el que practica Chile. A su vez el canciller es un
hombre inspirado en el marxismo y el titular de Economía en los
últimos tiempos aparece muy cercano al libremercadismo. Lo
importante es que ninguno considera que el otro es quien tiene el
poder de trazar la estrategia, sino que cada uno considera, con
argumentos valederos, que es a él a quien corresponde el diseño y la
instrumentación de la política exterior.
El tercer jugador es la Presidencia de la República, en un doble
sentido: la figura del presidente y el entorno presidencial. El
entorno presidencial tiene el poder que le da la cercanía física con
el primer mandatario y tratarse del círculo de su mayor confianza.
Cuenta con sus hombres en la Cancillería y con un puñado de
embajadores situados en cargos importantes que en lo sustantivo
reportan directamente al Edificio Libertad o a través de los hombres
del presidente en el Palacio Santos. La política exterior que puede
inferirse de este entorno tiende a coincidir más con el ministro de
Economía que con el canciller, excepto en el tema Venezuela; este
entorno no solo es un fervoroso defensor del estrechamiento de
relaciones con Chávez sino que dirige el relacionamiento económico
comercial entre Uruguay y Venezuela. Entre el entorno presidencial y
el canciller hay además una confrontación de poder – del campo de
gobierno y del campo político partidario - y más de una vez logró
desplazar al canciller o a la Cancillería del manejo de temas clave
(y alguna vez ese desplazamiento devino en boomerang).
Por su parte el primer mandatario juega pocas veces con la
iniciativa y como ocurrió con el tema del TLC con Estados Unidos, no
siempre se expresa a través de su entorno. Tampoco juega a la
síntesis entre la línea del canciller y la de Economía. Más bien ora
apoya íntegramente a uno u ora apoya íntegramente al otro. Juega
esencialmente un papel arbitral. Lo que determina el apoyo a uno o a
otro son más bien los resultados que percibe puedan obtenerse o se
hayan obtenido, o las dificultades de apoyo político o de opinión
pública.
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