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La
presidencia o liderazgo del Frente Amplio es una función asaz
compleja, ya que es el líder de todo el conjunto partidario –
reconocido como tal por todos, aceptado por todos - pero no lidera
directamente ninguno de esos sectores. No hay un solo legislador
frenteamplista sentado en el Senado o la Cámara que esté allí porque
su nombre haya sido escrito en una lista por Tabaré Vázquez o
anteriormente por Liber Seregni. Hay siete corrientes con
representación parlamentaria y una octava fuera del Parlamento pero
con peso en las bases, y cada una de ellas tiene su propio líder o
su propia dirección. La diferencia sustancial entre Vázquez y
Seregni es que el actual mandatario goza de una base electoral
propia, difícil de cuantificar con exactitud, pero significativa:
hay una proporción importante de los votantes que lo hicieron
exclusivamente por la persona de Tabaré Vázquez y luego canalizaron
ese voto a través de una de las listas, pero a las listas como
opción secundaria. Quizás Seregni tuvo un peso similar al de Vázquez
en el electorado (proporcionalmente hablando) en los comicios de
1984 y un peso similar o aún mayor en la opinión pública en la
primera mitad de los ochenta (más exactamente entre 1982 y segundo
semestre de 1985 o primer semestre de 1986).
Cuando fue presidente, Luis Alberto Lacalle no solo era el
presidente de la República sino el líder de los seis décimos del
Partido Nacional. En la misma función, en su segundo mandato, Julio
Ma. Sanguinetti era el primer mandatario y el líder de los ocho
décimos del Partido Colorado. Jorge Larrañaga es el presidente del
Partido Nacional y el líder de los seis décimos de esa colectividad.
Ninguno de los tres es o era el líder aceptado como tal por la
totalidad de su propio partido. La gran mayoría de los legisladores
blancos bajo el gobierno de Lacalle o la presidencia partidaria de
Larrañaga se sentaron en sus bancas porque su nombre fue puesto con
nombre y apellido por el líder, o necesitaron del explícito respaldo
del líder para convocar a los votantes. La gran mayoría de los
legisladores colorados bajo la presidencia de Sanguinetti se
sentaron en el Palacio Legislativo de la misma forma.
El
liderazgo en los partidos tradicionales tiene la ventaja de partir
de un peso propio y automático mayoritario, se puede decir que la
obediencia debida (obediencia voluntaria) de la mayoría de los
legisladores del partido. Su relación con la minoría tiene un algo
de pacto, de negociación, de concesión recíproca, sin perjuicio que
en esa negociación el presidente (de la República o del partido)
tiene mayor peso y está en ventaja; pero no cuenta con todo un
partido ciegamente detrás suyo. El liderazgo frenteamplista parece a
priori más fuerte en tanto todos aparecen como fieles seguidores del
líder, pero no hay seguimiento automático ni obediencia debida. Es
un complicado juego de mando y de negociación con los líderes del
segundo nivel.
Por otro lado, los líderes mayoritarios en los partidos
tradicionales compiten contra los líderes de las fracciones
minoritarias de su propio partido. En el Frente Amplio el líder en
principio no compite con nadie, pero por un lado está sometido a la
competencia de los sectores entre sí y de los líderes sectoriales
entre sí, y por otro lado en esa competencia de segundo nivel surgen
rivalidades y competencias soterradas con el líder general. Siempre
el líder frenteamplista cuenta con sectores más independientes y
adversos, y con sectores más alineados, ya fuere por largo tiempo o
temporalmente. Y esas apoyaturas muchas veces tienen algo de pacto y
suponen alguna concesión.
Parece que en este momento el presidente de la República ha
ingresado en la etapa en que la falta de apoyatura propia le
significa costos y el juego competitivo entre los sectores y los
líderes de segundo nivel le afectan el gobierno y su conducción. Hay
un juego de Astori, cada vez más fuerte, más claro y con más nítidas
pretensiones electorales. Hay un juego anti-Astori que tiene mucho
de divergencia ideológica y un tanto de oposición a su estilo
personal e inconsulto. Hay un juego de Mujica que para la opinión
pública aparece como el gran componedor, el que comprende a todos y
encuentra las soluciones, pero que ese juego y esa imagen supone un
desplazamiento de la figura presidencial: no es el presidente ni los
que actúan en su nombre los que componen o encuentran soluciones,
sino un líder de segundo nivel, casualmente quien encabeza el sector
más votado tanto en las elecciones preliminares como en las
nacionales y en las internas del FA.
El presidente cuenta con el apoyo
casi incondicional de Alianza Progresista, que como contraparte
cuenta con una fuerte sobre representación en el gobierno. Pero por
más proximidad que haya, no es su sector. Por otra parte falló el
operativo al interior del Partido Socialista. El tabarecismo logró
la Secretaría General, un cuarto del Comité Ejecutivo Nacional y un
cuarto del Secretariado. Pero no logra controlar al partido, el cual
está más dividido (o son más parejos los alineamientos) sobre
cuestiones de personas y estilos de conducción que sobre cuestiones
ideológicas. Es bastante claro que en temas como el TLC más de dos
tercios del Comité Central adhieren a posiciones altamente
desconfiadas de los Estados Unidos. Pero el presidente necesita
lograr lo que Seregni no logró: tener un apoyo propio e
incondicional, en que los apoyantes no tengan otro interés ni otro
objetivo que el éxito de Tabaré Vázquez. Por ahí parecen andar
algunos de los movimientos en torno a la propuesta reeleccionista.
Hay un proyecto tabarecista a la vista como hubo en sus momentos – y
naufragaron, porque fueron más de uno – proyectos seregnistas.
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