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La
crisis abierta en el gobierno italiano de centro-izquierda alienta a
analizar brevemente las similitudes y diferencias entre esa
experiencia de gobierno de nueve meses y los dos años de gobierno de
la izquierda en Uruguay. Son dos agentes políticos complejos
(“coaliciones”) que expresan parecidas evoluciones socio-políticas
en dos países de fuertes similitudes en sus culturas políticas y en
sus culturas societales.
Las mayores similitudes pueden darse en tres elementos:
Uno. Un sistema de partidos
altamente complejo, con agentes de diversos niveles, donde resaltan
un primer nivel de agentes que en Uruguay se denominan “lemas” y en
Italia “coaliciones”, y un segundo nivel que en esta tierra pueden
denominarse “sublemas” o “listas” (según el caso) y cruzando el
océano son conocidos como “partidos” o también como “listas”.
Dos. Un sistema electoral de
estructura similar, de dos niveles, con fuerte proporcionalidad al
interno de cada bloque (lema, coalición). Con tres diferencias: a)
que al primer nivel (lema, coalición) en Uruguay deviene
proporcional puro para el parlamento y mayoritario para el gobierno,
y que en Italia deviene plenamente mayoritario para el parlamento;
b) que aquí las dos ramas parlamentarias presentan exactamente la
misma composición a nivel de lemas, mientras que en Italia la
composición de cada cámara es diferente; c) que el sistema uruguayo
está integrado a la cultura de la sociedad y al razonamiento de voto
del ciudadano individual (como que es casi centenario) y el nuevo
sistema italiano no es entendido ni siquiera por la dirigencia
política ni en profundidad por una parte mayoritaria de los
académicos (como que fue establecido cuatro meses antes de los
últimos comicios)
Tres. Una cultura política –
tanto a nivel de dirigencia (“la clase política”) como de sociedad –
fuertemente matizada, filigranática, herederas acá y allá de la
vieja escuela florentina. La diferencia está en que esa complejidad
es de pacífica aceptación en estas tierras, mientras que la
dirigencia italiana (y la academia italiana) sueña con un grueso y
simplificado bipartidismo anglosajón o germánico, con
desconocimiento o rechazo a que la diversidad no es producto de la
perversidad de los políticos sino de la complejidad de la sociedad.
Cuatro. Ambos países son
gobernados por entidades políticas compuestas, de amplio espectro,
de izquierda o centro-izquierda: el Frente Amplio en Uruguay,
L'Unione en Italia.
Una diferencia sustancial es el sistema de gobierno. En Uruguay –
más allá del razonamiento jurídico – el sistema opera como
presidencial puro, en el doble sentido del término: como gobierno
unipersonal (pese al concepto colegiado que emerge de la
Constitución) y como Poder Ejecutivo (casi) absolutamente
independiente del Poder Legislativo. En Italia subsiste uno de los
sistemas parlamentarios más puros, con un gobierno que es por un
lado colegiado (donde el premier es un primum inter pares) y por
otro derivación del Parlamento.
Bien, con las similitudes anotadas y diferencias sustanciales
¿qué elementos pueden apuntar a explicar la diferencia entre la
estabilidad y fluidez del gobierno uruguayo a lo largo de
veinticuatro meses, y la perpetua inestabilidad del gobierno
italiano de apenas nueve meses, y además dudas sobre su permanencia?
En principio surgen tres grandes diferencias: la amplitud del
abanico ideológico, la estructura partidaria y el liderazgo. A lo
que hay que sumar la diversidad del papel del líder-jefe de gobierno
y las antigüedad de enlace de los elementos componentes del bloque
gobernante.
El abanico ideológico representado en el Parlamento y con
capacidad de incidir en las decisiones de gobierno es más amplio en
L’Unione que en el Frente Amplio. Hacia la derecha (o el centro)
L’Unione cuenta con la Udeur de Mastella y con corrientes de La
Margherita, que en Uruguay estarían situadas en el Partido Nacional.
Hacia la extremidad de la izquierda, en L’Unione están representados
movimientos de sociedad civil o grupos fundamentalistas que o no
están en el Frente Amplio o no cuentan con representación
parlamentaria. Todas las corrientes frenteamplistas encuentran
identificación en elementos básicos de la izquierda uruguaya y
europea de fines de los sesenta, mientras que las corrientes del
L’Unione beben en fuentes sensiblemente diferentes, con posturas
opuestas en aquellos años cruciales.
Por otro lado, L’Unione nace explícitamente como una coalición,
mientras que el Frente Amplio nunca fue concebido como tal, al menos
en el sentido que Maurice Duverger da al término, como un
entendimiento puntual con fines electorales, de gobierno o
legislativos. En la terminología del constitucionalista y cientista
social francés, el Frente Amplio nace explícitamente como una
alianza, es decir, como un entendimiento con ánimo de permanencia
por un largo periodo histórico. Siempre contó con una estructura de
dirección y de base común, con decisiones por mayoría (mayorías
especiales, pero mayorías al fin) y con el principio del mandato
imperativo. Nada de ello existe en L’Unione. Además, el FA devino
sociológicamente en partido político, con una identidad propia,
diferente a la de sus elementos componentes, que une a todos sus
partidarios; salvo un porcentaje muy exiguo, los uruguayos de
izquierda son ante todo frenteamplistas.
En tercer término hay una diferencia nítida entre Romano Prodi y
Tabaré Vázquez. El profesor italiano es un relevante académico de
las ciencias humanas, con clara capacidad de conducción, entendida
como la capacidad para tener un horizonte claro, trazar un objetivo
y señalar un camino. Tampoco es un hombre que convoque por sí al
electorado, más bien es un producto de los aparatos políticos, como
lo fue Seregni en los orígenes del Frente Amplio. El médico uruguayo
no es un conductor, no diseña el horizonte, no traza el objetivo ni
señala el camino; es un caudillo, en tanto tiene un poder de
convocatoria popular por sí mismo, al margen y por delante de los
grupos políticos; y esa calidad de caudillo más su propia forma de
ser le permite arbitrar y decidir en última instancia, sin apelación
posible. Vázquez no conduce pero manda. Prodi conduce pero no manda
(aunque ahora, en el reciente pacto con el vértice de L’Unione,
logra una cláusula en que se le otorga mandato, pero es un mandato
otorgado y no obtenido per se).
Tampoco es de
desdeñar el poder jurídico que tiene Vázquez como presidente de la
República y del que carece Prodi como presidente del Consejo de
Ministros. Ni tampoco cabe olvidar que el Frente Amplio es una
trabajosa construcción de 36 años, mientras que L’Unione (contando
el precedente del Ulivo) está lejos de la decena.
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