|
Aunque
no de manera sincrónica, por un lado, como anfitriones del
presidente de los Estados Unidos de América George W. Bush, aparecen
el presidente de la República que es el líder del Frente Amplio, un
ministro que es el presidente del Frente Amplio y tres ministros que
son los líderes de las tres corrientes más votadas del Frente
Amplio: Movimiento de Participación Popular, Asamblea Uruguay y
Partido Socialista. Por otro lado, en una marcha convocada bajo la
consigna “Fuera Bush”, aparecen parlamentarios y dirigentes del
Movimiento de Participación Popular, Partido Socialista, Vertiente
Artiguista, Democracia Avanzada (Partido Comunista-Fidel) y alguna
otra corriente frenteamplista con representación parlamentaria, más
dos tercios de las coordinadoras de Montevideo del Frente Amplio y
su departamental de Canelones. Como dijeron importantes dirigentes
en medio de la marcha: “Es contra el imperialismo, pero apoyamos al
gobierno”. Lo primero tuvo como escenario la Estancia San Juan,
alias Anchorena; lo segundo la Plaza Cagancha, alias Plaza Libertad.
En términos sencillos: una persona tiene un invitado en el living, y
la misma persona sale al jardín a gritarle que se vaya. Hay algo que
no funciona y como no funciona es necesario buscar la racionalidad
que hay detrás de esa contradicción.
Antes que nada es imprescindible remarcar que hay grupos
representados en la Estancia San Juan, no representados en la Plaza
Libertad; pero la mayoría de las corrientes políticas están en ambos
lados, y algunas que están sólo en el centro de Montevideo es porque
no tienen ministros cuya temática corresponda a la que se aborda en
la estancia presidencial. Gargano estaba en Anchorena y una de los
dirigentes más cercanos al canciller hablaba por televisión en Plaza
Libertad; Mujica en la estancia, su esposa en el acto. Para el caso
de Astori, su sector y algún otro, sí es dable sostener que estaban
en Anchorena y no estaban ni hubiesen estado en la convocatoria
político-sindical. No es pues la confrontación entre dos bloques ni
tres, ni acerca de divisiones internas en los bloques. Se puede
decir en forma simbólica que son las mismas personas que se
desdoblan y están en ambos lados, en el mismo momento reciben y
echan al visitante.
Entonces ¿qué ocurre? En primer lugar está la evidente tensión
entre la estrategia de privilegiar el Mercosur como opción única y
la estrategia opuesta de abrirse al mundo, con las menores ataduras
posibles para la región. Vázquez tiene, más que un objetivo, un
sueño: tanta apertura al mundo como sea posible, tanto comercio con
Estados Unidos como se pueda lograr, tanta pertenencia al Mercosur
como se pueda conservar. En este camino de “exploremos todos los
caminos y veamos a dónde nos lleva”, cuenta sin duda con el apoyo de
algunas corrientes significativas del Frente Amplio, que comienzan a
buscar el salir de una confrontación bipolar. Si se analiza con
detenimiento hay sectores claramente jugados a la apertura al mundo
(como Astori y Asamblea Uruguay) y otros claramente jugados al
Mercosur como única opción (como Democracia Avanzada), pero en la
mayoría de los casos no solo hay corrientes internas con énfasis
diferentes, sino que los mismos actores oscilan hacia un lado y
hacia el otro en un tanteo de terreno y enfrentamiento de sus
propias contradicciones.
Junto a esta tensión hay otra, la que opone la raison d’Etat a la
razón ideológica, el crudo pragmatismo a la ética de los valores. En
esto la izquierda tiene por recorrer un largo camino. Pero no hay
que confundir: oponerse al TLC no es necesariamente una razón
ideológica, ni tampoco es realpolitik apoyar el TLC. Hay muchos
partidarios del TLC – y se observa no solo en el campo político sino
especialmente en el empresarial – cuya adhesión es más ideológica
que racional. Porque la realpolitik significa apoyar u oponerse al
TLC en función del balance de beneficios y perjuicios, balance que
sin duda puede ser controversial y generar partidarios y contrarios,
entre otras cosas porque en todo libre comercio hay en cada país
sectores ganadores y sectores perdidosos. Pero una cosa es esto y
otra el enfrentamiento a Estados Unidos por Irak o Afganistán; en
esto lo que pesa es la ética de los valores, independientemente de
la conveniencia o inconveniencia para Uruguay de defender esos
valores y rechazar al demonio de esos valores. Desde el punto de
vista de la raison d’Etat, Irak está muy lejos y nada tiene que ver
con las conveniencias o inconveniencias nacionales. La contradicción
entre raison d’Etat y ética de los valores explica mucha de las
tensiones interiores no solo al interior de la izquierda, o de cada
sector, sino al interior de la conciencia de cada dirigente.
Un tercer elemento significativo es
la opción entre representar a un segmento de ciudadanía o conducir a
ese mismo segmento. En otras palabras, entre la representación como
reflejo y el liderazgo. Liderar, conducir, significa hacer docencia,
guiar. Sin apartarse demasiado del sentir de los seguidores,
explicar hacia dónde hay que llegar. Si el dirigente se aparta
demasiado del sentir de su gente, deja de ser líder y pasa a ser
profeta. Pero si mide la temperatura y se guía estrictamente por
ella, entonces también deja de ser líder para ser exclusivamente un
portavoz, un representante. Liderar significa ir más allá de la
gente, muchas veces por senderos o hacia objetivos de los que
inicialmente la gente no gusta. Para hacer la reunión de Anchorena y
no ir a la Plaza Libertad se requería de un formidable ejercicio de
docencia y liderazgo, que implica largo tiempo de explicación a su
gente. Y ese ejercicio no se ha hecho o no se ha querido hacer.
Además, en tanto no fue hecho por el conjunto de la izquierda, cada
sector y cada dirigente queda prisionero de lo que hace el otro:
nadie quiere ceder credenciales de antiimperialista. Por lo que lo
de la Plaza Libertad pasa a ser una necesidad para justificar lo de
Anchorena. Como quien dice, es el acto virtuoso que justifica el
pecado.
|