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En
Europa, cuando el jefe de Gobierno debe hacer un anuncio importante
como escenario elige el Parlamento. Desde allí, generalmente desde
el rostrum de la rama baja expone a los representantes del pueblo,
al pueblo, al país y al mundo, cuáles son sus preocupaciones y sus
propuestas. Cuando un jefe de la Oposición cuestiona al gobierno, o
promueve una iniciativa, o desea reforzar el apoyo al gobierno
detrás de una causa nacional, lo hace desde la misma tribuna. Va de
suyo que todos los países europeos son sistema de gobierno
parlamentarios o semi-parlamentarios. En estos últimos, Francia es
el caso paradigmático, el jefe de Estado cuando anuncia por sí mismo
– y no a través del primer ministro – generalmente se dirige en
forma directa al pueblo a través de la televisión. Pero aún en
regímenes presidenciales los jefes de Estado en circunstancias
extraordinarias dirigen su mensaje al y desde el recinto del Poder
Legislativo (el Congreso en la jerga dominante en este hemisferio),
como en los Estados Unidos. Cuando en Europa o los Estados los jefes
legislativos, las figuras de relieve, los popes de partido, quieren
fijar su posición ante su pueblo y su país, eligen como escenario
los hemiciclos parlamentarios. En todos los casos mencionados la
simbología apunta a marcar el papel central que tienen los cuerpos
parlamentarios o legislativos en una democracia, como los máximos
representantes del abanico de posiciones, valores, ideologías e
intereses que componen una sociedad.
En Uruguay los anuncios se hacen en los almuerzos de la
Asociación de Dirigentes de Marketing (ADM) o excepcionalmente en
algún otro seminario o lugar, como por ejemplo el salón de Punta
Cala. Lo de ADM es el premio a la profesionalidad de sus dirigentes
y a la cabal demostración de sus virtudes en el plano del marketing,
porque ADM no es la federación nacional del empresariado, ni un
organismo representativo del poder económico, ni del poder social,
ni del poder comunicacional, sino una entidad de profesionales de
una disciplina determinada. Entre el peso político de la entidad y
el peso político obtenido por su escenario media un abismo, lo cual
es una gran virtud de los dirigentes de la institución. El
presidente Lacalle intentó jerarquizar el mensaje anual al emitirlo
ante el Parlamento y se vio frustrado cuando en lugar del mensaje
ser seguido por un profundo debate, devino en una ceremonia
protocolar, abandonada por sus sucesores (y restablecida por el
actual mandatario pero ya no ante los representantes del pueblo,
sino ante el público, que no es el pueblo, sino una pequeña fracción
de pueblo, y ante el pueblo en tanto teleaudiencia)
Pero desde el punto de vista democrático e institucional el
problema es que resulta desdoroso para las instituciones que un
hotel de la costa montevideana y una asociación profesional
desplacen al Parlamento de una de sus funciones naturales, como el
centro del debate político. La cosa es más profunda aún: cuando el
centro del debate está en el Palacio Legislativo, son las
entrevistas en el ambulatorio y no los debates en sala los que
concitan la atención de los periodistas y llegan al público. Y la
cosa se complica cuando no todos los líderes políticos se sientan en
el Parlamento o peor aún, cuando siendo electos renuncian a sentarse
allí. Hay pues figuras de peso político cuyo ámbito de acción y
comunicación está fuera de los carriles orgánico institucionales
Además de eso, seguir el funcionamiento parlamentario es difícil
para cualquier mortal, hasta para los especialistas. En primer lugar
porque salvo raras excepciones no hay trasmisión directa de las
sesiones (algo se ha avanzado vía internet), no hay un canal de
cable dedicado exclusivamente al Parlamento, los sitios web de las
cámaras se actualizan mucho más lentamente que los sitios europeos,
las versiones taquigráficas de las sesiones demoran en estar en la
red. En esto cabe señalar el esfuerzo de la Televisión Nacional que
ha puesto a disposición del público el seguimiento de importantes
debates parlamentarios. En última instancia, vía Televisión
Nacional, vía un mejoramiento de las trasmisiones por internet, vía
una mayor rapidez en la actualización de datos, todo es solucionable
con algo de esfuerzo y un tanto más de dinero.
Lo de difícil solución es otro problema: que cuanto más caminos
hay para seguir al Parlamento, más difícil es seguirlo. Porque aún
siendo un especialista en el tema, cuesta tiempo y paciencia seguir
las horas de las horas larguísimos discursos. Quien siga los debates
parlamentarios que se emiten – con mayor o menor frecuencia – por la
televisión española, italiana, británica o francesa, o quien siga de
esos u otros países por internet, podrá observar dos cosas: que el
jefe de gobierno y el de oposición hacen sus planteos en no más de
20 minutos cada uno, a los que sigue un juego de réplica y dúplica
de escasos minutos cada uno, que las demás figuras políticas
(líderes de partido, líderes de corriente) resumen toda su posición
política en 10 minutos. El debate anual en el Parlamento español
insume en total un par de horas, y otro tanto es la duración normal
de las investiduras de gobierno en Italia.
Este planteo puede parecer formal y menor. No es así. Si los
parlamentos no adaptan su funcionamiento a los ritmos del tiempo
presente no lograrán sintonía con los ciudadanos; ello implica que
los representantes no logran comunicarse ni ser seguidos por los
representados. Si los representantes en una democracia
representativa no son seguidos por sus electores, se abre una
creciente brecha que consolida y aumenta el desprestigio de una
institución esencial para el sistema democrático republicano
representativo.
Es curioso que los principales líderes
políticos y parlamentarios son conscientes de ello y de lo
inadecuado de los tiempos parlamentarios. Pero son conscientes en el
plano verbal, no actitudinal. Desde las iniciales propuestas de
Enrique Tarigo como presidente del Senado se han ensayado muchos
caminos para mejorar los tiempos parlamentarios y todo sigue igual.
Hay un divorcio entre lo que los legisladores sienten que debe
hacerse y lo que efectivamente hacen; y ese divorcio es letal para
los propios legisladores en tanto conjunto.
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