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Fiel
a su estilo, Tabaré Vázquez sorprendió a propios y extraños con una
profunda jugada política: la revitalización de la Oficina de
Planeamiento y Presupuesto y la designación a su frente del
renunciante senador Enrique Rubio. También fiel a su estilo despidió
al hasta ahora director, el economista Carlos Viera, como a un mozo
de cuadra.
El cargo de director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto
es un cargo de competencias muy abiertas, casi adaptable a las
medidas del hombre que la ocupe. De hechura constitucional, nace
como una heterodoxia sistémica al calor del desarrollismo de los
años sesenta y de las tesis planificadoras. Para un sistema
institucional con fuerte contenido parlamentario es bastante
sorprendente un cargo de rango de ministro, cuyo titular debe reunir
las condiciones para ser ministro, pero que no es ministro y, por
tanto, no requiere contar con apoyo parlamentario, no es
interpelable ni censurable por el Parlamento, no puede asistir a las
sesiones del Parlamento, es de particular confianza del presidente
de la República y, por ende, no puede ser ocupado – como el resto
del gabinete – por un parlamentario en actividad. En los casi 29
años de vida constitucional del cargo, ésta es la segunda vez que es
llamado al mismo un legislador en activo, que para ocuparlo debe
pedir anuencia a la cámara que integra y renunciar a la misma. La
primera vez fue Aquiles Lanza, diputado, el 19 de marzo de 1969.
¿Qué dicen las crónicas de la época? ¿Cómo se interpretó esa
designación? Como que el presidente Pacheco Areco había designado un
primer ministro. He aquí una clave: el director de la OPP puede ser
un técnico que no pese en la definición política (y hasta despedido
por el secretario del presidente) o puede ser el primer ministro, y
entre uno y lo otro, cabe todo lo imaginable.
Cuando asumió el gobierno, Vázquez entregó a Danilo Astori la
administración plena e incondicional de la economía y del equipo
económico. A diferencia de lo ocurrido en las cuatro
administraciones anteriores, ni la Presidencia del Banco Central ni
la Dirección de la OPP fueron parte efectiva de la conducción del
equipo económico.
Ahora pone en el cargo al conductor del cuarto grupo político
frenteamplista, uno de los senadores sobre los que recaía el peso de
operar en favor del gobierno, un hombre de sólido perfil intelectual
y claras convicciones políticas. Esta descripción es en sí un signo
del peso que ahora el primer mandatario da al cargo. Además el
presidente explícitamente le indica el ser parte de la conducción
económica.
Si las competencias de la OPP son plásticas, más lo es el
objetivo principal que le atribuye el primer mandatario: pilotear la
reforma del Estado. Bajo este rótulo cabe lo que quien conduzca esa
reforma quiere que quepa (y los demás dejen que quepa). Lo que no
cabe duda es que tiene más que ver con las grandes definiciones
estratégicas que con ocuparse de las reformas de detalle.
Esta reforma del gabinete es sin duda uno de los hechos políticos
más relevantes de estos 25 meses de gobierno, por el impacto en la
correlación de fuerzas al interior del gabinete. Hay dos grandes
temas estratégicos que dividen a la izquierda: la inserción
internacional del país y el cuánto de Estado y cuánto de mercado.
Los diversos matices que componen las siete grandes corrientes
frenteamplistas y la decena larga de subcorrientes, en estos temas
quedaron reflejadas en dos posiciones, que con un exceso de
simplificación se puede decir que son encabezadas por Reinaldo
Gargano y Danilo Astori.
Gargano ha quedado como la cabeza visible de una línea
fuertemente estatista y partidaria del Mercosur, y del Mercosur
ampliado en la dirección política en que ha caminado. Sin duda este
gobierno a impulsos del canciller ha sido un factor clave en el
ingreso de Venezuela a la organización regional. Astori, por su
lado, encabeza una línea de fuerte apuesta al libre mercado y
partidaria de lo que se denomina la apertura al mundo, que pasa en
primer lugar por las relaciones comerciales más estrechas con los
Estados Unidos de América. Es una dicotomía dura en términos de
concepción política, pero llevada adelante por dos hombres que no se
sienten políticamente subordinados al caudillismo de Tabaré Vázquez,
por historias diferentes. El presidente del Partido Socialista puede
sentirse casi un inventor del Tabaré candidato a intendente y del
Tabaré líder frenteamplista. El líder de Asamblea Uruguay pudo
sentirse llamado a suceder a Seregni en el liderazgo indiscutido del
Frente Amplio, cuando encabezó la totalidad de las listas al Senado.
Para cada uno de los dos, Vázquez es un convidado de piedra.
Enrique Rubio aparece como posible referente de una línea
intermedia, que no necesariamente implica que navega entre Astori y
Gargano, o que desempata ora a favor de uno, ora a favor de otro,
sino que significa que impulsa una línea propia. Esta línea puede
resumirse como la apuesta a un Estado relativamente fuerte pero
cambiado y modernizado (la tecnología, lo digital, son la clave para
el pensamiento de la Vertiente Artiguista), bastante abierto al
mundo pero a partir del concepto que el destino geopolítico de
Uruguay está unido a la región.
El debate pasa a ser esencialmente un juego de tres, que es lo
más cómodo para un líder. Imponer la autoridad entre dos, arbitrar
entre dos, es un juego desgastante. Entre tres la posibilidad de
combinaciones es más amplia, y mucho más los distintos tipos de
juego. Con esto el presidente se fortalece, por las solas
consecuencias estructurales.
La ruptura del juego binario al interior del
gabinete puede contribuir además a liberar a otras fuerzas políticas
en sus propias definiciones y en sus propios apoyos, en momentos en
que las relaciones con Estados Unidos y el Tratado de Libre Comercio
en particular, habían ido abroquelando las posiciones. Ahora sí, con
este cambio, se puede decir que comienza efectivamente una segunda
etapa del gobierno de Tabaré Vázquez.
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