|
La
mitad del tiempo efectivo de gobierno es el periodo del valle en la
popularidad de un gobernante, de ese valle entre el gran pico con
que asume el poder (generalmente muy alto) y el pico (mayor o menor)
con que en circunstancias normales se alejará del mando. El valle es
el tiempo más difícil, pues es cuando ya ha gastado los haberes de
la expectativa y se encuentra, con el mínimo capital, para
administrar el lapso que resta y – en paráfrasis de la célebre frase
de un ministro de Economía – esperar que los tiempos económicos
calcen con los tiempos políticos. Más o menos así puede definirse la
norma general.
Tabaré Vázquez es un hombre que funciona en una órbita diferente
a la órbita media o standard de los gobiernos semejantes, vale
decir, de países con alto desarrollo político, democracias
consolidadas, sistema político sólido. Ese funcionar en órbita
diferente aparece en todo su esplendor al comenzar la segunda etapa
de su tiempo efectivo de gobierno, su 25° mes de mandatario. No está
en el valle sino más bien cerca del pico. Al revés de las tendencias
esperadas, cuando la norma es registrar a esta altura una cierta
caída, logra lo contrario: frena la caída, recibe un fuerte repunte
de apoyo ciudadano y casi alcanza los niveles en que navegó a lo
largo del primer año, de 2005. En datos: a lo largo de ese primer
año flotó entre el 62% y el 63% de aprobación efectiva, que bajó al
57% en el primer semestre de 2006 y nuevamente cayó al 55% en el
segundo semestre. Este fue su valle. Ahora trepa al 60%[i].
¿Qué ha ocurrido entre el último trimestre de 2006 y este mes de
marzo, cuando entre uno y otro corrieron las últimas semanas del año
y el verano? Las luces y sombras del gobierno, los logros y
frustraciones, las autopistas y los caminos sin huella, todo ello es
prácticamente lo mismo. La gente no descubrió en el verano que
aumentó su salario real, consiguió empleo, salió de la pobreza o de
la indigencia, mejoró la economía de su negocio; tampoco fue en el
verano que comenzaron los temores por el impuesto a la renta
personal, o por los incrementos tributarios por los reaforos
inmobiliarios, o por las tercerizaciones. Se puede decir que todo
ello estaba consolidado cuando se acercaba el final del sexto año
del milenio.
Las cosas que han ocurrido desde el verano o al cabo del verano
operan más en el plano simbólico, en el de los mensajes, que pueden
servir para catalizar los elementos favorables y neutralizar o
mitigar los desfavorables. Entre esas cosas que ocurrieron una de
las más significativas es el cese de la conflictividad pública al
interior del elenco gobernante, que en 2006 tuvieron momentos
extremadamente fuertes como por ejemplo en la discusión sobre el
Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos de América, debate
que alcanza sus mayores decibeles entre agosto y setiembre.
Por otro lado, el Frente Amplio y el gobierno dieron finalmente el
necesario paso atrás para salir de la conflictividad con la
oposición, abandonar los caminos oblicuos para imponer una fiscal de
Corte sin el necesario consenso político exigido por la Constitución
y abrieron el camino a un gran acuerdo. El mensaje trasmitido fue el
de un gobierno y un oficialismo que buscan el diálogo y el
entendimiento.
Pero parecería que el gran elemento central estuvo en la política
exterior, pese a la derrota sufrida en La Haya y a lo que ella
descubrió: el grave error estratégico de haber recurrido a la Corte
Internacional en busca de estas medidas cautelares. La derrota en La
Haya y la presentación de la demanda argentina impactaron más en los
ámbitos cerrados de la cancillería y las más altas esferas
políticas, que en la gente, quizás porque el periodismo no calibró
demasiado la importancia de lo primero, pero sobretodo de lo
segundo.
En cambio Tabaré Vázquez exhibió un país que salió del aislamiento,
del arrinconamiento contra el océano que quedó el año pasado, tras
los desplantes de Argentina, Brasil y Venezuela cuando la Cumbre
Iberoamericana y el autoaislamiento en relación a los Estados
Unidos. Esta salida del aislamiento obviamente se logra no solo por
los méritos propios, sino por la contrapartida ajena. Pero la
contrapartida nunca se obtiene si uno no juega con el objetivo de
obtenerla y lo hace en la forma y en el momento adecuados.
En una quincena viene un presidente Lula distinta, casi desconocido,
o más bien un presidente que habla por un Brasil desconocido,
dispuesto a hacer concesiones unilaterales, a buscar una relación
fraterna con Uruguay. Sin duda ello es producto de otros hechos: el
debilitamiento del eje con Argentina, el enfriamiento con Venezuela,
el acercamiento a Estados Unidos y la eventualidad de un TLC entre
la potencia mundial y la potencia regional.
Y luego viene un presidente de los Estados Unidos que se relaciona
con el presidente uruguayo en términos joviales, con trasmisión de
imágenes de dos pares que mandan dos países amigos y quizás aliados.
Una gran señal es la foto de Bush y Vázquez caminando distendidos
por el parque de Anchorena, con ropa sport, rumbo a navegar y
pescar. A lo que hay que sumar el dato no menor de un presidente
norteamericano que visita Uruguay y no Argentina, en medio del
conflicto entre ambos países, mientras en el mismo medio Argentina
es visitada por el presidente Chávez.
En las dos instancias, Lula y Bush, el
presidente uruguayo trasmitió imágenes de un estadista que puede
moverse por lo alto en el nivel internacional. A lo que cabe sumar
los gestos hacia Lula y hacia Bush, y los de Bush y de Lula, y los
gestos desde y hacia Chávez, un ausente presente. Todo lo cual
conforma un cuadro que coincide con los reclamos de la oposición.
Por tanto, el presidente resulta inatacable, salvo para lo que puede
beneficiarlo ante la opinión pública: la izquierda más dura. Para
coronar, resulta que la mayoría de los uruguayos considera positiva
la venida de Bush y una muy pequeña minoría la considera negativa.
[i]
Datos de la Encuesta Nacional
Factum
|