Sucedió
en la Plaza Bolívar de La Candelaria, el centro histórico de
Bogotá, la capital de Colombia. Allí están, además de la
Catedral, la Nunciatura y la Alcaldía, la sede del Congreso,
de ambas ramas legislativas. Al pasar frente a la fachada
del Senado, una señora de mediana edad dijo a su hijo: “Aquí
están los ladrones que nos roban”. Esta imagen pudo darse en
el mismo momento en múltiples partes de América y del mundo,
y sin duda se dio en muchos momentos de muchos lugares.
Para que exista esta imagen tienen que haber sedimentado
capas y capas de denuncias, de escándalos, de acusaciones,
de rumores, de chismes. Ciertos unos, falsos otros. Pero lo
más importante, más allá de la certeza o falsedad de las
versiones, deben ser creíbles para la gente. Una vez que un
rumor obtuvo credibilidad, esa pasa a ser la realidad, con
absoluta independencia de la otra realidad, la de los
hechos. Y esta nueva realidad virtual o realidad real es
sobre la que opera la gente a la hora de emitir juicios y
opiniones, a la hora de valorar instituciones y
representatividades.
En esta tierra desde hace un buen tiempo se sedimentó esa
imagen, creída por buena parte de la población y
especialmente por los militares, que se sintieron llamados –
entre otros temas, subversión incluida – a ser los custodios
morales de la nación y a efectuar una intervención
quirúrgica para limpiar la política y los partidos de los
políticos corruptos. Imágenes sedimentadas por capas y capas
de denuncias parlamentarias y periodísticas, alimentadas por
los dirigentes políticos y los comunicadores políticos. En
menos de una década volvió esa política y esos partidos con
los mismos políticos, ahora libres de culpa y pena,
re-valorados por la población, entre otras cosas porque los
militares no pudieron encontrar ni demostrar ni el mar de
corrupción que esperaban ni tampoco demasiadas gotas
sueltas. A poco de restaurada las instituciones
democráticas, fuera de todo peligro de retorno hacia ese
paréntesis autoritario, el pueblo oriental y su dirigencia
política comenzaron a ser víctimas de una amnesis, de
olvidar lo que había ocurrido.
Así fue como dirigentes colorados
emprendieron la descalificación de dirigentes blancos. Y
dirigentes blancos buscaron descalificar a dirigentes
colorados. Pero a su vez dirigentes colorados jugaron a la
descalificación de otros dirigentes colorados. Y dirigentes
blancos también jugaron a lo mismo, a la descalificación de
otros dirigentes de su mismo partido. En todo ello la
izquierda puso su voluntarioso granito de arena, en todas y
cada una de las acusaciones, denuncias o rumores. La
ciudadanía creyó a todos los descalificadores. El resultado
es la descalificación ética de buena parte de los dirigentes
de los partidos tradicionales. Ahora la izquierda trata de
completar el ciclo, buscar su victoria definitiva, con la
descalificación final de dirigentes y administradores
blancos y colorados. Pero ahora – esto es lo nuevo - recibe
como réplica la descalificación de blancos y colorados
contra sus administradores y dirigentes.
Desde hace una década larga las
dirigencias políticas han elegido al sistema judicial como
la cancha para jugar al ping-pong de estas acusaciones y
contra acusaciones, lo que supone que el sistema político se
confiesa incapaz de poder dirimir sus diferencias en el
terreno y dentro de las reglas del propio juego político. Y
ahora, después de una pausa, se vuelve con feroz intensidad
a convocar al sistema judicial a ser el árbitro de la ética
del sistema político.
Con ello se tienta a magistrados
judiciales y magistrados del Ministerio Público a sentir la
misma tentación que tuvieron hace tres décadas y medias los
oficiales militares, la de sentirse los custodios morales de
la nación. Todo custodio moral pone por delante el
cumplimiento de su objetivo ético, sagrado, que deviene en
misión ante la historia, de sanear un país; y cuando se
cumple una misión de tal naturaleza es necesario buscar los
instrumentos para el imprescindible cumplimiento del
objetivo, porque siempre en algún lugar hay alguna
herramienta perdida a la que se puede recurrir. En el tiempo
militar uno de esos instrumentos fue procesar y condenar por
“ataque a la fuerza moral de las Fuerzas Armadas”, es decir,
si no hay nada concreto pero existe la convicción moral de
la necesidad de la limpieza, allí está ese artículo para
cumplir la misión. Y se aplicó reiteradamente. Ahora, en el
tiempo judicial civil, se le llama “abuso innominado de
funciones”, es decir, la existencia de un abuso que nadie
puede saber cuál es ni cuando se comete, porque precisamente
no está nominado ni precisado.
La izquierda hoy puede tener éxito
en crear la demostración última y definitiva de cuán
corrupto son los blancos y colorados, como forma de
concretar un apoyo prevalente de la ciudadanía. No es claro
si hay una evaluación precisa de con qué fuegos se está
jugando y cuán pírrica podría llegar a ser esa victoria.
Para que la victoria no sea pírrica necesita que el sistema
judicial sostenga que lo que no es sancto en Florida sea
sancto en Maldonado, o lo que no fue sancto ayer lo sea hoy,
en las mismas circunstancias y parecidos lugares. Y necesita
además que los custodios morales no se sientan por encima de
los denunciantes. Pero si la vara de medir es la misma o los
custodios se sienten por encima de todos los custodiados,
entonces la victoria puede devenir pírrica.
Siempre hay
que salir de la comarca y mirar al mundo, bucear en el mundo
de hoy o en las lecciones de la historia. Lo uno y lo otro
enseñan que ningún sistema político resultó indemne cuando
buscó resolver sus diferencias fuera de sí mismo o cuando
confió en otras instituciones la calidad de custodios
morales de la nación o de la sociedad. La historia enseñanza
que a la larga nunca hubo ganadores políticos entre los
políticos que como parte del juego político golpearon las
puertas de los cuarteles o las puertas de los tribunales.
Porque los dueños de casa, de las casas cuyas puertas se
golpean, cuando se convencen que son los custodios morales,
sienten que todos los que golpean esas puertas son culpables
por igual, y que su misión es de aquéllas que de tanto en
tanto se otorga a unos pocos elegidos.