La
lectura de la arquitectura y de la dinámica políticas del
oficialismo son harto complejas. Por un lado hay un partido
con un líder fuerte que cuenta con una masa ciudadana que
responde directamente al conductor, pero que se apoya en 8
corrientes cada una con una dirección o liderazgo
independiente del líder común, corrientes que a su vez se
dividen en un total de entre 14 y 17 subcorrientes. Por
otro lado ese juego de corrientes y subcorrientes no da como
resultado la existencia de dos, tres o cuatro bloques
válidos para todos los temas, sino que se asiste al
persistente alineamiento y realineamiento de corrientes y
subcorrientes en función de cada tema o de cada bloque
temático. Valga como ejemplo pensar en las alineamientos que
se dan en relación al fortalecimiento o debilitamiento del
Mercosur o, lo que tiene mucho de espejo, la calidez o
frialdad en relación a un Tratado de Libre Comercio con los
Estados Unidos de América; y compárense estos alineamientos
con los que se dan en relación a qué hacer con el pasado,
con las violaciones a los derechos humanos habidos entre los
años sesenta y setenta. Sectores que apoyan con firmeza la
política del equipo económico están a la vanguardia en
intransigencia respecto a las violaciones a los derechos
humanos cometidas desde el o al amparo del Estado. Y grupos
o personas muy críticas del equipo económico sostienen a su
vez posturas muy flexibles en el otro tema.
Este es un conjunto o varios conjuntos de complejidades
del oficialismo, que podemos calificar como complejidades
del presente hacia el presente o hacia el futuro inmediato.
Pero luego vienen otras complejidades, mayores, más
profundas, estratégicas, hacia el futuro mediato. De la
multiplicidad de matices que arroja la paleta de colores
ideológicos, de cosmovisiones, de la combinatoria de
valores, ideales y modelos de país, sobresalen tres o cuatro
grandes líneas estratégicas.
Una de ellas, la que cabe calificar de revolucionaria en
el sentido más exacto del término, referido al fondo y no al
método, es la que ve el acceso del Frente Amplio como un
primer paso en la lucha de poder con los poseedores del
poder verdadero. El poder efectivo y real es el poder
económico, con el que cuenta la oligarquía, apoyada por el
imperialismo. El Frente Amplio, entonces, se encuentra en el
gobierno y no en el poder, en disputa por ese poder. Por
tanto, las políticas que el gobierno debe llevar a cabo
tienen que tener por finalidad erosionar el poder con que
cuenta esa oligarquía, debilitarla y llevarla de a poco a la
pérdida de ese poder. En una de las más modernas
clasificaciones socio-políticas, esta postura podría
integrar lo que se denomina socialismo de medios, es decir,
que los medios de acción política son por sí socialistas.
Una variante de esta línea, más clara en la metodología
presente que en las divergencias de llegada, apuesta a un
país socialista, a un socialismo de fines, a un país con la
mayor equidad o igualdad social, que puede pasar por un
Estado fuerte o por un tejido social fuertemente organizado
y dinámico (la diferencia entre lo primero y lo segundo no
es menor, y marca también diferencias sustanciales al
interior de esta misma línea estratégica). Y para llegar a
esta meta se plantea caminos graduales, el dar pasos
profundos de a uno, pero que uno a uno conduzcan siempre a
la meta; y ante la resistencia de los grupos poderosos, los
beneficiarios de la actual ecuación de poder, algunos de
estos pasos deben ser incisivos.
Una segunda línea estratégica apuesta a un país con
economía de mercado pero fuerte accionar planificadora del
Estado, que marque prioridades en base al interés nacional,
que estimule y desestimule inversiones y actividades, pero a
la vez tenga siempre presente la equidad social. Se puede
definir a esta línea como de una socialdemocracia renovada.
Una tercera línea estratégica se basa esencialmente en
una economía libre de mercado, con la menor presencia
posible del Estado, salvo en lo que sea asegurar activas
políticas sociales. Es una línea de alto libremercadismo con
énfasis social, que puede tener como referente a la Tercera
Vía encarnada por el saliente premier británico Tony Blair.
Estas tres grandes líneas, o cuatro (si se considera que
hay más que matices en las dos versiones de la concepción
revolucionario-socialista), no resisten el intento de
clasificar a las ocho grandes corrientes y encajonarlas en
tres o cuatro líneas; ni siquiera es fácil encajonar a todas
y cada una de las 14, 15, 16 ó 17 subcorrientes en estos
caminos estratégicos. Porque hay algunas corrientes y
subcorrientes cuya clasificación es inequívoca, pero en
muchos casos son los propios individuos los que oscilan
entre una concepción y otra, la mar de las veces producto de
la tensión entre los ideales básicos sostenidos desde la
juventud hasta la llegada al gobierno, o hasta la proximidad
del gobierno, y los límites que impone la realidad, los
condicionamientos de la realidad y hasta el ver que la
realidad es mucho más matizada y compleja que lo que surge
de los axiomas iniciales.
En el verano de 1967 aquella estrella
periodística que fue Omar Defeo, el conductor del primer
programa periodístico de la radiofonía nacional, preguntó al
presidente electo general Oscar Gestido cómo iba a resolver
las contradicciones en su gobierno, entre un ministro de
Hacienda (hoy se llama Economía) de fuerte impronta
económica liberal como Carlos Vegh Garzón y un director de
la flamante Oficina de Planeamiento y Presupuesto de no
menos fuerte impronta planificadora y desarrollista, como
Luis Faroppa. Y el general contestó algo así como: creo que
ambos son patriotas y van a dejar sus diferencias académicas
para trabajar juntos por el bien del país. Creía que las
diferencias entre uno y otro debían dirimirse ateneos
filosóficos, en juegos poéticos florales y poco tenían que
ver con la vida. No pasaron cuatro meses sin que la
contradicción entre el uno y el otro estallase, como volvió
a estallar con algunos otros y algunos mismos actores a los
ocho meses.
La anécdota vale
por si alguien cree que esta clasificación y
subclasificación se mueve en el terreno de la teoría y poco
afecta a la cotidianeidad del gobierno. Por el contrario,
estos cruces estratégicos están presentes o subyacentes en
todos los grandes actos de gobierno, y a veces en algunos no
tan grandes. Van desde la reforma tributaria, la rendición
de cuentas, el impulso o el no impulso a políticas
económicas sectoriales, la reforma de la salud, la inserción
internacional del país, el seguir siendo miembro pleno del
Mercosur o pasar a ser miembro asociado, el asimilarse a
Chile o no, y un sinfín de temas de primera relevancia.